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LA FECHA DE NAVIDAD Y EL DÍA DEL SOL INVICTO


EL CRISTIANISMO Y EL SOL INVICTO, O UNA CONTESTACIÓN A LOS ENEMIGOS DE LA IGLESIA EN LO CONCERNIENTE A LA NAVIDAD

Traducción del artículo publicado en RADIO SPADA.
 
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Si no fuese una construcción maliciosa y farsante que se hace pasar por la verdad más verdadera, la teoría según la cual la celebración de la Navidad el día 25 de diciembre no sería sino una sustitución cristiana de la fiesta pagana del Dies natális Solis Invícti sería también aceptable por parte de un católico. Sabemos ciertamente que la sabiduría y prudencia de la Santa Madre Iglesia muchas veces ha superpuesto las solemnidades del Señor, de la Virgen y de los Santos a fiestas paganas precedentes con el fin de exorcizar el poder de los demonios que a través de la idolatría tenían esclavizadas a tantas almas, y atraerlas así a Jesucristo.
  
El culto del Sol (o Sol Invicto), mezcolanza de varios cultos (desde el de Baal hasta el de Mitra), fue introducido en Roma en el año 220 por el emperador Heliogábalo (218-222), de la dinastía de los Severos, cuya madre, Julia Soemia, era precisamente hija del sumo sacerdote del dios solar El-Gabal, de Emesa (actual Homs) en Siria. Luego de la damnátio memóriæ de este joven príncipe por sus costumbres disolutas, el culto, caído en el olvido, fue reasumido e institucionalizado por el emperador Aureliano (270-275) entre el 272 y el 274, tras su victoria sobre la reina Zenobia de Palmira.
  
También es de señalar cómo la asociación Sol Invíctus-25 de diciembre sólo es testificada en el Cronógrafo del 354: los festejos en honor del sol fueron de hecho celebrados en distintas fechas que van desde mediados de octubre hasta el solsticio de inverno.
  
Por el contrario, la asociación de la fecha 25 de diciembre con el Nacimiento de Jesús (no con su celebración litúrgica) la encontramos registrada por primera vez en Hipólito Romano († 235):

«Sobre el primer Advenimiento en la carne del Salvador, nació en Belén, ocho días antes de las Calendas de Enero (25 de diciembre), el día cuarto de la semana (miércoles), cuando Augusto estaba en el cuadragésimo segundo año de su reinado»[1].

  
Hipólito escribió el pasaje arriba citado hacia el año 204, antes de la introducción del culto solar por Heliogábalo, y murió mucho antes del reinado de Aureliano. Pasaje que, junto a las investigaciones israelíes sobre el calendario del Templo jerosolimitano (difundidas en Italia por Vittorio Messori[2]) que demuestran cómo es efectivamente posible que Cristo naciera hacia el 25 de diciembre, abate las mentiras de baja calaña que profieren los enemigos de la Iglesia.
  
Al contrario, la divina Providencia, que procede de modo imperscrutable, estableció que la introducción y la propagación en Roma del culto idolátrico pero “monoteístico” del Sol Invíctusallanase el camino a la victoria de Cristo –llamado en las Escrituras “Sol justítiæ”[3] y “Óriens”[4]y asociado a la luz que rasgara las tinieblas del pecado[5]– sobre la idolatría romana y sobre todo el paganismo y sus vicios.
  
El sincretismo solar típico de la dinastía Severa de hecho hizo que si bien la Religión Cristiana era entonces illícita y el edicto de Galieno del año 260 no hubiese reconocido a la Iglesia como sociétas permitida por las leyes (aunque permaneciendo ilícita la relígio), la Iglesia Romana gozase de una benéfica tolerancia y protección, y de un notable prestigio: justamente un cristiano, en la persona de Sexto Julio Africano, fue encargado por Alejandro Severo (222-235) para la Biblioteca del Panteón. El mismo Alejandro Severo que adoraba a Cristo (junto a otros personajes) y cuya madre, Julia Mamea, se encontró con Orígenes en Antioquía en el 218[6].
    
Siempre en una óptica de sincretista tolerancia, Constancio Cloro (293-305, padre de Constantino Magno), que era adorador del Sol y cristianizante, cuando era César de Maximiano Augusto (286-305) no persiguió a las personas cristianas, si no que únicamente procedió a destruir las iglesias.
 
Podemos concluir, por tanto, que la Iglesia, siempre asistida por el Espíritu Santo, supo brillantemente explotar la propagación del culto pagano del Sol para difundir siempre más, protegida por una autoridad que hubiera querido asimilarla, el culto del único y verdadero Sol Invicto que es Nuestro Señor Jesucristo, “Luz verdadera que ilumina a todo hombre”[7] con los rayos de su Verdad y de su Amor. Después de todo, Dios, que tenía otros propósitos para Roma, supo traer el bien de la cristianización del Imperio a través del mal de la idolatría.
 
GIULIANO ZORODDU.


NOTAS
[1] Comentario sobre el Profeta Daniel, 4.23.3.
[2] http://www.vittoriomessori.it/blog/2014/04/21/accadde-davvero-un-25-dicembre/
[3] Malaquías IV, 2 (Vulgata de San Jerónimo).
[4] Lucas I, 78.
[5] Cfr. Isaías IX, 2. El tema de Cristo-Luz está presente en el Evangelio de San Juan al final de su prólogo. Muchos Santos Padres, como San Gregorio Niseno, San Ambrosio, San Agustín, hasta San Bernardo, explicaron bien el consejo de la Providencia en el predestinar el 25 de diciembre, día en que aumentan las horas de luz, como día conmemorativo del nacimiento según la carne del Señor, que disipa las nieblas de la humanidad que espera al Redentor.
[6] Cfr. M. Sordi, I cristiani e l’impero romano. Nuova edizione aggiornata e riveduta (Los cristianos y el imperio romano. Nueva edición actualizada y revisada). Milán, 2011, págs. 117-134.
[7] Juan I, 9.
 
Visto en Miles Christi

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