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¿TÚ TAMBIÉN BENEDICTO?


[Es muy raro encontrar un artículo como éste en una publicación “tradicionalista” como The Remnant. De hecho la autora parece que se decidió a publicar el artículo que se le había pedido cinco años atrás, porque han variado las circunstancias y ahora muchos conservadores y tradicionalista del R§R, ya se preguntan sobre la responsabilidad de Benedicto en su renuncia. El artículo es un buen elenco de hechos -sobre Ratzinger/Benedicto y Wojtyla/Juan Pablo II- que quizás el lector desconozca y merece ser archivado en su base de datos particular.

En el blog hemos abundando en muchos posts,  en las mismas ideas de Hilary White, por lo que no constituirán ninguna sorpresa para nuestros lectores. Es más nosotros hemos despojado hace tiempo-7 años- a Ratzinger de su pretensiøn de ser un papa legítimo,  como también a su predecesor el No-Santo Juan Pablo II. La razón de ello, dicha en dos palabras, es que ambos fueron claramente herejes desde antes de su elección, aunque sólo fuera por su aceptación- mejor dicho su contribución a y autoría de (sobre todo Ratzinger)-  los textos conciliares. En este sentido, la autora se queda corta, aunque no demasiado, y no llega a atribuirle el calificativo de “herético” que con tanta propiedad y entusiasmo atribuye a Kasper (figura creada por los dos citados).

Parece que en estos días se va llegando al amplio reconocimiento de las ideas sustentadas en el blog desde hace mucho tiempo, como tambiėn, por ejemplo, paralelamente a las ideas de este artículo, en el descubrimiento en el blog del esperpento de Fátima. Me refiero a la suplantación de Lucía por- después de su muerte, en 1949,  ocultada-  no una, sino dos impostoras/sustitutas, hecha por los dos “papas”  citados, precedidos en el embeleco por Montini/Pablo VI. La razón de la farsa fue precisamente ofrecer una cohartada- frente a la oposición católica tradicional-   a las ideas heréticas modernistas/progresistas de los papas posconciliares-  con la autoridad carismática de una vidente de Fátima, que facilitaron dos monjas impostoras, quizás por una obediencia mal entendida.

El artículo es traducción del blog pseudotradicionalista Adelante la Fe, como lo son también sus resaltados.]

 

¿Tú también, Benedicto?* (Algunos pensamientos definitivos sobre Josef Ratzinger)

Nota de la Redacción: Se afirma que el 11 de marzo pasado, en una carta dirigida a monseñor Dario Viganò, prefecto de la Secretaría para la Comunicación, el pontífice emérito Benedicto XVI hizo una apasionada apología del papa Francisco defendiéndolo de la acusación de que le falta formación teológica y filosófica. De manera inequívoca, la carta firmada por Benedicto sostiene que hay continuidad interna entre ambos pontificados. Esto ha suscitado graves interrogantes a los que es preciso responder. Agradecemos a nuestra columnista de The Remnant Hillary White que se haya tomado la molestia de comentar las más pertinentes en el texto que sigue. MJM.

[*Nota: El título alude a las famosas palabras que le dirigió Julio César a Bruto mientras lo asesinaban (tu quoque fili mi!) (¿tú también, hijo mío?), manifestando su sorpresa al ver que éste, su hijo adoptivo,  también había participado en la conjura.]

***

Hace poco, el director de una revista católica considerada conservadora me preguntó si estaría interesada en escribir un artículo sobre la dimisión de Benedicto XVI hace cinco años. Decliné, aduciendo que tenía la certeza moral de que nada de lo que iba a decir se ajustaría a la línea editorial de su publicación. Ha transcurrido un lustro, y en este tiempo he observado que son cada vez menos los que consideran que fue un acto valeroso aquel abandono del cargo pontificio. Las consecuencias de dicho actos han sido tan chocantes, incluso para aquellos que no tienen ningún reparo con Francisco, que son muy pocos los que se atreven a hablar con buenos modos del tema.

De hecho, cinco años después de la dimisión de Benedicto, la mayoría de los fieles católicos siguen preguntándose por qué razón un pontífice –un hombre que durante décadas ha tenido un contacto y experiencia muy directa de la suciedad que impregna la Curia y la Iglesia– de repente decide renunciar. ¿Cómo puede optar por jubilarse si sabe que su misión no está concluida? Tanto en aquel momento como desde entonces, y más en vista de lo que ha sucedido, se diría que uno de los aspectos más extraños de tan estrambótica situación es el carácter tan trivial, inapropiado y desproporcionado de los motivos aducidos para la renuncia.

Las absurdas respuestas a tan graves interrogantes suscitan inevitablemente sospechas de que lo que pasó fue ni más ni menos que Benedicto no se tomó el cargo de pontífice tan en serio como nos lo tomamos nosotros. No podemos menos que preguntarnos si tan triviales respuestas revelan alguna deficiencia profunda en la que no habíamos caído hasta ahora. ¿Será que nos equivocamos con respecto a él? De ser así, ¿es posible que nos equivocáramos hasta tal punto  ?

En esencia, todo lo que se nos dijo entonces en cuanto a motivos fue que «estaba cansado». Se daba a entender en cierta medida que ya no se consideraba en condiciones de seguir viajando al extranjero, con lo que no podría asistir a la Jornada Mundial de la Juventud y actos semejantes. La trivialización de la renuncia papal iba de la mano con el concepto moderno de papa estrella del rock, porque pensábamos que Benedicto era un hombre y un católico demasiado serio para creer esas cosas. Dábamos por sentado que precisamente Benedicto XVI se tomaba el cargo pontificio en serio.

Desde entonces, todos los venenos que acechaban de cincuenta años para acá en el fango de la Neoiglesia no han dejado de eclosionar, y muchos católicos quieren saber cómo es que no hemos que diga «esta boca es mía». Aquel hombre a quien creímos un paladín de la ortodoxia, a quien creíamos conocer. Errores, e incluso herejías y blasfemias, destila a diario por la boca su sucesor, el cual, sin ninguna exageración, ha convertido al Vaticano en una cueva de ladrones. Todo lo que oímos es alguna declaración ocasional, cuidadosamente redactada, en el sentido de que todo va viento en popa. Lo contento que está con su decisión y lo feliz que se encuentra con su vida actual.

Al cabo de tres años de sistemático desmantelamiento de cuanto había intentado hacer en su pontificado, oímos las siguientes palabras dirigidas a Francisco por un Ratzinger al parecer totalmente despreocupado: «En vuestra bondad me siento a gusto y seguro». A cualquiera que estuviera acostumbrado a sus escritos debió de sorprenderle que fuera capaz de soltar semejante cursilada, pero el video no engaña:

 

Tan insólito cambio de estilo llevó a algunos a especular si no estaría sometido a presiones externas y no pudiera por tanto hablar con libertad. Pero no es eso lo que observamos. Se lo ve claramente contento y leyendo alto. «A lo mejor le dieron lo que tenía que leer», dirá alguno. Pues entonces, ¿a qué repetirlo? Si tiene algún escrúpulo, ¿por qué va a permitir que se lo muestre en una ocasión así leyendo una propaganda descarada? Si es una farsa, ¿por qué participar en ella?

En realidad, ninguno de los esperanzados comentaristas de blogs y otros medios sociales que siempre me están diciendo lo mucho que lo extrañan lo respeta en un sentido: no le creen. Algunos insisten en que dimitió coaccionado y por tanto no fue válida su dimisión. Pero innumerables veces nos ha dicho que nadie lo obligó, que dimitió por voluntad propia. Y desde luego, lejos de ser un prisionero aislado en el Vaticano, Benedicto recibe numerosas visitas, todas las cuales nos cuentan que a pesar de su fragilidad se lo ve contento y jamás expresa una crítica. Todavía no hemos sabido que haya escondido una nota pidiendo socorro en la bandeja del almuerzo.

Es indudable que asistimos a una situación sumamente extraña y sospechosa a todas luces. Aquí hay algo que no cuadra, es cierto. Todas las preguntas han recibido la callada por respuesta, o han recibido respuestas frívolas y jocosas como las siguientes:

–¿Por qué dimitió?

–Ratzinger: Es que estaba cansado y no me sentía en condiciones de divertirme con los muchachos en la JMJ.

–Si ya no es papa, ¿cómo es que todavía viste de blanco?

—-Ratzinger: Es que no encontraba una sotana de mi talla.

–¿Por qué sigue llamándose Benedicto XVI si ya no es papa?

—-Ratzinger: Estee… bueno, soy emérito.

–¿De dónde viene eso de emérito? ¿Hay algún precedente en la historia de la Iglesia? ¿Qué sentido tiene canónica y doctrinalmente?

–Ratzinger: …

–¿Qué hay de esos disparates que dijo Ganswein de un munus dividido, con un miembro activo y otro contemplativo? ¿Quiere eso decir que ahora hay dos papas?

–Ratzinger: …

Y la pregunta tal vez más angustiosa que se le podría hacer: ¿Cómo puede quedarse ahí con una sonrisa boba soltando tonterías y perogrulladas mientras un loco arroja a las ovejas por un precipicio?

Hace unos días, mi amigo Steve Skojec, que lleva el portal tradicionalista y restauracionista OnePeterFive resumió la consternación de los que todavía sentimos un resto de afecto por (el hombre al que llamábamos) papa Benedicto. En este breve comentario Steve sintetiza toda la ira y el desgarrador desaliento que la mayoría seguramente nos sentimos reacios a expresar con claridad:

“Hoy se cumplen cinco años de que Benedicto XVI abdicara del trono petrino. Al hacer dejación de sus deberes como pastor de la Iglesia abrió camino al pontificado más desastroso de todos los tiempos: pontificado al que se niega a hacer frente de palabra, de obra o siquiera por medio de los más sutiles gestos.

Se lo puede querer por razones diversas, se lo puede echar de menos por contraste con el actual, pero no se lo puede disculpar de su responsabilidad. Abandonó a sus hijos abriendo la puerta a un padrastro abusivo, y no sólo observa en silencio cómo pegan y descarrían a sus hijos, sino que hasta parece alegrarse de ello.

Y sin embargo fue el mejor de los papas posconciliares, razón por la cual es el único que no será canonizado”.

¿Quién es el verdadero Joseph Ratzinger?

Desde hace mucho tiempo ha habido vaticanistas que me han comentado, y en más de una ocasión, que es posible que no fuera quién nos imaginábamos. Sospecho que hay mucho de eso de lo que la mayoría puede imaginar. Creo que cometimos el error de fiarnos de la prensa. Estábamos encantados con la manera en que lo odiaban y temían los medios rabiosamente anticatólicos. Olvidamos que no saben nada de lo que es el catolicismo.

Lo que nunca nos dijo la prensa es que Joseph Ratzinguer era un su juventud un sacerdote y teólogo progresista, para lo que se entendía en 1962. Esta reputación se cimentó durante su labor como perito y asesor teológico en el Concilio de uno de los obispos más influyentes del bando progre, el cardenal Joseph Frings, arzobispo de Colonia. Lo que hizo famoso a Frings en aquel tremendo drama fue un discurso en el que criticaba a la Congregación para la Doctrina de la Fe y a su prefecto el cardenal Ottaviani por su actitud conservadora en los esquemas o documentos preparados por dicha congregación para orientar los debates de los obispos.

Tras el discurso, los prelados de la comisión preparatoria protestaron exigiendo que se abandonara dicho esquema, que había tardado años en elaborarse. Esto fue lo que se hizo, haciendo caso omiso de las inútiles objeciones de Ottaviani, y una coalición de obispos progresistas alemanes y franceses se apresuró a redactar nuevos documentos, alegrándose de que a todos los efectos habían tomado las riendas del Concilio a partir de ese momento, cuando éste no se había inaugurado todavía.

Desde entonces ha trascendido que fue Joseph Ratzinger, el progresista independiente al que el teólogo intelectual Frings había llevado a Roma como secretario, quien redactó el discurso.

Escribiendo en 1965, el cardinal Henri de Lubac recuerda dicho drama con estas palabras:

«Joseph Ratzinger, perito del Concilio, era también uno de los secretarios privados del arzobispo de Colonia, cardenal Frings. Como estaba ciego, el anciano cardenal se valía de su secretario para escribir sus intervenciones. Pues bien, una de dichas intervenciones se hizo memorable: se trataba de una crítica radical de los métodos del Santo Oficio. A pesar de obtener una respuesta del cardenal Ottaviani, Frings mantuvo su crítica.

»No es exagerado decir que aquel día al Santo Oficio de siempre, tal como se conocía en aquel momento, lo destruyó Ratzinger en colaboración con su arzobispo.

»El cardenal Seper, hombre que rebosaba bondad, inició la renovación. Ratzinger, que no cambió, la continúa.»

La reputación de progresista de Ratzinger no se basa en un incidente aislado, ni se limita tampoco a sus primeras obras. Entre la gritería suscitada por su dirección de la Congregación para la Doctrina de la Fe pasó desapercibido que en 1982 había escrito una exhortación a la Iglesia para que no volviera jamás al Syllabus de Pío IX contra los errores. En su libro Teoría de los principios teológicos, Ratzinger planteó la cuestión de si se debería derogar el Concilio, y respondió recomendando demoler los bastiones que defendían a la Iglesia Católica de los embates del mundo moderno:

“La tarea no es, pues, ignorar el Concilio, sino descubrir el Concilio real y profundizar su auténtica voluntad, a la luz de las experiencias vividas desde entonces.

Y esto implica que no hay punto de retorno al Syllabus, que pudo constituir una primera toma de posición en el enfrentamiento con el liberalismo y el amenazante marxismo, pero que en modo alguno puede ser la palabra última y definitiva. Ni el abrazo ni el ghetto pueden resolver, a la larga, el problema de la edad moderna para los cristianos. Queda el hecho de que aquella «demolición de los bastiones» que ya en 1952 pedía Hans Urs von Balthasar era, en realidad, una tarea a plazo vencido.

[La Iglesia] tuvo que derribar viejos bastiones y confiarse únicamente al escudo de la fe, a la fuerza de la palabra, que es su único poder verdadero y permanente. Pero no puede calificarse de derribo de bastiones al hecho de que ahora ya no tenga nada que defender o a que pueda vivir de otras fuerzas distintas de aquellas de las que nació: la sangre y el agua del costado abierto del Señor crucificado”.

Suya era la tesis –fundamental en la ideología conservadora– de que el verdadero Concilio, en tanto que se llevara debidamente a la práctica, sería la salvación de la iglesia y del mundo, idea que nunca abandonó.

Qué contradictorio debió de parecerles a los que recordaban esta anécdota que a Ratzinger se lo nombraría para el cargo que había destruido y que se ganaría en los medios informativos fama de archiconservador. Empieza a esbozarse una explicación, o al menos una línea de investigación, de por qué se avanzó en realidad tan poco mientras ejerció el cargo. Con un perro guardián de la fe tan archiconservador como Ratzinger en la Congregación para la Doctrina de la Fe, ¿cómo es que actualmente nos encontramos en esta situación? ¿Qué hizo para contener el estallido de neomodernismo que se propagó desncontroladamente incendiando el mundo católico durante el reinado de Juan Pablo II?

¿Qué hizo el supuesto silenciamiento de Hans Küng por parte de la Congregación de Ratzinger para impedir que Küng se convirtiera en un célebre sacerdote-teólogo favorito de los medios de difusión por su odio al catolicismo? A Küng nunca se lo suspendió de su condición sacerdotal a pesar de sus manifiestas herejías. ¿Alguien recuerda el nombre de algún otro a quien se lo corrigiera siquiera a ese nivel? Poquísimos.

De lo sí que nos acordamos es de muchos, muchísimos que dedicaron la vida y el ejercicio de su profesión sacerdotal a denigrar y socavar la fe católica: teólogos, intelectuales, religiosos, sacerdotes y cardenales de todo el mundo que jamás oyeron una palabra de protesta por parte de Roma. Es más, la escandalosa jauría de estafadores que en el episcopado son enteramente producto del pontificado de los archiconservadores Juan Pablo II y el perro guardián de la fe Benedicto XVI.

¿Qué nos llevó a pensar que Ratzinger, en su crucial misión de prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, era un baluarte de la ortodoxia? ¿Sencillamente que nos hemos alejado hasta tal punto de la Fe de antes que ya no tenemos un concepto realista de esa Fe nosotros mismos para hacer la comparación y emitir una valoración objetiva? El progresista que acabó con Ottaviani hereda su cargo y se gana el apodo de archiconservador…

La verdad es que Ratzinger siempre sostuvo que jamás había cambiado de opiniones teológicas. Él mismo afirmó que habían sido intelectuales y antiguos colegas suyos como Küng y Kasper los que habían avanzado más en el terreno de la izquierda ideológica después de los años sesenta mientras él se había mantenido en su sitio. Tal vez ahora, como la solución de las aparentemente contradictorias piezas del rompecabezas, podamos aceptar por fin su palabra a este respecto. Quizás el estamento académico de la teología se ha vuelto tan corrupto que un hombre que en 1963 estaba considerado progresista, y que sigue manteniendo las mismas ideas, nos parecía en 2005 un paladín de la ortodoxia católica tradicional.

¿Fue ese el motivo de su dimisión? ¿Que simplemente su concepto de la Iglesia, del papado, nunca fue lo que creíamos los católicos? Quizás encontremos una insinuación de la respuesta en las memorias del P. Silvano Fausti S.J., publicadas en 2015 por el diario La Stampa, que había sido confesor y director espiritual del cardenal Carlo Maria Martini, padrino de la Iglesia Católica liberal europea y, según dice, miembro de la mafia de San Galo, el cual según el cardenal Danneels conspiró durante años contra el papa Benedicto.

Fausti afirmaba que el papa Benedicto se reunió con Martini en el palacio episcopal de Milán en junio de 2012. Según Fausti, Martini instó a Benedicto a dimitir. Al parecer, cuando fue elegido papa en 2005, Martini le dijo que su misión principal sería reformar la Curia. Y en 2012 se había visto que era imposible.

¿Por qué razón iba Benedicto a aceptar consejos de un hombre como Martini, padrino de la derecha liberal del catolicismo europeo? A mí me parece que un hombre como Ratzinger ni se plantearía la cuestión. Estaban considerados colegas intelectuales. Los dos eran hermanos en el episcopado. Eran miembros del mismo club. Cualquier parecido con discrepancias ideológicas entre ellos era, esencialmente, producto del discurso mediático. ¿Por qué razón no iba al Pontífice a aceptar consejos de su más respetado colega en el colegio cardenalicio?

¿Por qué es cardenal Walter Kasper?

Una de las piezas más llamativas del rompecabezas más arriba aludido es la evidente incapacidad de esos prelados conservadores para descubrir, no digamos enfrentarse con eficacia, a esos enemigos declarados de la fe que tienen infiltrados en el episcopado y el colegio cardenalicio. Para la gente de la calle, es increíble que después de tantos años de escucharlos y leerlos Ratzinger mantuviera relaciones tan cordiales con hombres como Walter Kasper y Carlo Maria Martini, supuestos cerebros de la Mafia de San Galo.

Cuando en su primer discurso pronunciado en un Ángelus en 2013 Francisco dijo a la muchedumbre cuánto le gustaban los escritos de Walter Kasper, muchos de los que llevábamos bastantes años de observadores de las actividades vaticanas empezamos a caer en la cuenta de adónde nos llevaba el nuevo pontífice. Aunque Jorge Bergoglio fuera un desconocido para el mundo católico en general, Walter Kasper era un notorio hereje, experto vocero mediático del ala ultraliberal de la Iglesia posconciliar.

En un artículo sobre la obra del mencionado cardenal, Thomas Jansen, redactor-jefe del portal Katholisch.de, señaló hace poco que Walter Kasper no podría haber hecho tanto daño sin la ayuda directa de Juan Pablo II y del papa Benedicto. La monstruosa deblacle causada por Amoris laetitia es obra de Kasper tanto como de Bergoglio. Hablamos de un hombre que durante cuarenta años jamás se ha tomado la molestia de disimular sus opiniones heterodoxas y que ha dedicado buena parte de su vida a fomentar precisamente los resultados que estamos viendo.

Señala Jansen que Kasper ya había tratado de proponer en 1993 que se pudiera administrar la Comunión a los divorciados vueltos a casar. Lo hizo junto con Karl Lehman, otro mafioso de San Galo. Lo impidieron Ratzinger y la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Pero esto plantea un nuevo interrogante: si Ratzinger sabía de sobre qué clase de elemento era Kasper, ¿cómo es que lo primero que hizo no fue agarrarlo por una oreja y expulsarlo del episcopado? ¿Por qué no, como mínimo, le aplicó el mismo tratamiento que a Küng, silenciarlo? No hace mucho Kasper se quejo nuevamente ante la prensa de que lo tilden de hereje. Pero es una verdad muy patente: es hereje. Todo el mundo sabe que lo es porque llevamos décadas oyéndolo proclamar sus herejías a bombo y platillo desde todas las tribunas.

Después de combatir sin disimulo la Fe, en vez de destituirlo, silenciarlo, reducirlo al estado laico o excomulgarlo, o ambas cosas, Juan Pablo II va y lo nombra cardenal. No olvidemos que en 1993 Ratzinger había frenado su plan para introducir en la Iglesia una ideología precursora de Amoris laetitia. Y sin embargo no se lo destituyó, reprendió ni corrigió en modo alguno. Ni se lo apartó de puestos influyentes. Todo lo contrario. En 1994 se integró a Kasper en la Curia vaticana nombrándosele director adjunto de la Comisión Internacional para el Diálogo entre Luteranos y Católicos. En 1999, subió un peldaño más, cuando se le nombró secretario del Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, cargo ecuménico en el que pudo dar rienda suelta a su indiferentismo religioso. Y en 2001 se lo creó cardenal diácono con la tremenda responsabilidad que supone tener voto en los cónclaves.

Benedicto le permitió seguir siendo cardenal. Y como para dar un último toque al caramelo envenenado de la participación de Benedicto en la creación de un nuevo paradigma católico, se dice ahora que Benedicto decidió adrede su dimisión para que su antiguo colega intelectual pudiese participar en el cónclave de 2013.

Jansen señaló, y Maike Hickson lo citó en un artículo de OnePeterFive:

“El cardenal Kasper alcanzó con las justas a entrar en el último cónclave, porque acababa de cumplir 80 años. Pero como la fecha de fallecimiento (o abdicación, como en 2013) de un papa es decisiva, todavía pudo participar en la elección y votar (algunos observadores señalaron que fue un gesto generoso para con Kasper que Benedicto XVI decidiera retirarse a tiempo.)”

Disculpe, Maike, pero no me parece que sea una cuestión accesoria. ¿Es de extrañar que tantos católicos descontentos?

Cardenal Ratzinger, papa emérito Benedicto o como usted mismo se quiera llamar, tengo una duda que me muero por que me aclare: ¿por qué sigue siendo cardenal ese hombre? ¿Por qué sigue siendo obispo? ¿Por qué se le consiente que siga diciendo que es «un teólogo católico»? ¿Por qué usted, al parecer a propósito, hizo posible que pudiese participar en el cónclave para decidir quién sería su sucesor?

¿No hay nadie más interesado en saberlo? ¿Verdad que todos queremos saber por qué Hans Küng sigue siendo sacerdote? ¿Por qué se le permitió al cardenal Mahoney retirarse con una buena reputación? ¿Por qué un hombre como Gumbleton, homosexual practicante que pagó a su ex amante para que no hablara, no fue excomulgado? A ver, nombres que todos recordamos de buenas a primeras, como mi propio obispo de Victoria, el ocultista Remi de Roo, Raymond Hunthausen de Seattle, Favalora de Miami, Matthew Clark de Rochester, Derek Worlock de Liverpool… A veces me pregunto cómo será de larga la lista al final.

Los católicos llevamos cincuenta años queriendo saber por qué nunca se ha hecho nada, porque se consitió a esos lobos en el episcopado, atacando año tras año a la Iglesia. ¿Cómo es que tantas veces hemos visto a esos hombres, intelectual y moralmente contemporizadores, promovidos a cargos superiores a pesar de su descarado aborrecimiento de la Fe católica?

Se acabó eso de que «en la Iglesia cabe todo»

Ross Douthal, del New York Times, se encuentra entre los que están comenzando a hacer estas preguntas. Maike Hicson lo cita al escribir sobre esta extraña situación en la que cada uno de los prelados que integran la Mafia de San Galo, Kasper incluido, se esforzaron por la derogación definitiva de la doctrina moral católica: «Rasgo distintivo de la tregua efectiva de la Iglesia en la contienda entre conservadores y progresistas fue que el propio Juan Pablo II concediera el capelo rojo a la mayoría de ellos, promoviéndolos a pesar de estar en desacuerdo con su enfoque   restauracionista.»

Cuando la prensa habla del catolicismo, es frecuente que califique a Kasper como «una de las más destacadas figuras del catolicismo liberal», que es como lo describe la versión inglesa de Wikipedia. Y además, que eso es importante para los católicos, que debemos aceptarlo como la realidad de los tiempos que vivimos. Que hay una facción liberal y otra conservadora, y que ambas son católicas.

Steve Kojec me dijo que fue un error que estuviéramos dispuestos a seguir la corriente de la farsa del papa emérito. «A mí me parece –me explicó– que todos nos dejamos llevar por esa comedia, y no debimos hacerlo.» De hecho, empiezo a pensar que ha sido un grave error que la mayoría de los católicos aceptaran de buen grado la farsa del catolicismo posconciliar. Al seguir la corriente pensando que podíamos ser católicos tradicionales en este nuevo paradigma que incluye a los católicos liberales les hemos ayudado a perpetrar uno de los fraudes más monstruosos de la historia de la humanidad.

Por culpa de esta mentalidad esquizofrénica que impregna la jerarquía eclesiástica desde 1965 todos hemos llegado a aceptar la premisa subyacente de que en la Iglesia cabe todo, que hay lugar para gente de las opiniones más diversas, que temas como la liturgia son cuestión de preferencia personal… que dos cosas totalmente contrarias pueden ser verdad de fe católica.

La esquizofrenia es el modelo según el cual han operado hasta ahora los conservadores, y por el que han llegado a considerar a Ratzinger un paladín de la ortodoxia. ¿Y qué han conseguido con eso? Crear las circunstancias que permitieron a la camarilla de Kasper maniobrar con vistas a instalar hace cinco años a su hombre en el trono de San Pedro.

Así, toda esa jerga de tolerancia y de acogerlos a todos se ha terminado y ha comenzado la purga de religiosos, seminaristas, sacerdotes e intelectuales católicos fieles y creyentes. No podía ser de otra manera. Ellos al menos no caen en esa demencial contradicción, y entienden –en muchos casos proclamándolo a los cuatro vientos– que el Nuevo Paradigma y la Iglesia Católica no son una misma cosa. Y la única que queda es su Neoiglesia.

Durante cinco décadas hemos jugado el juego de los anglicanos: en tanto que no se hable de ello no hay ningún problema. El Santo Oficio de Ottaviani y su esquema fueron el último suspiro de la Iglesia de siempre. Y, como dijo más arriba De Lubac, la mató Joseph Ratzinger. Durante mucho tiempo los papas han fingido que no se había producido ningún cambio esencial, mientras que a su alrededor la institución era absorbida por el Nuevo Paradigma, hasta que sólo quedó el Papado.

A una de las cosas de las que he hablado se le puede aplicar lo de que Dios escribe derecho con renglones torcidos, y causa un enorme alivio, con relación a la era bergogliana: que por fin podemos dejar atrás la absurda situación de la era de Wojtila y Ratzinger. Todos esos años se nos pidió que fingiéramos estar viviendo la nueva primavera del Concilio, mientras observábamos cómo esos lobos disfrazados de ovejas devoraban el rebaño.

Al menos ahora podemos finalmente dejar de aparentar que todo va de maravilla con el Nuevo Paradigma de la misericordia conciliar. Para quienes aún alberguen dudas, Bergoglio no es causa de espanto, ni siquiera de sorpresa: no es sino el resultado final. Este pontificado no es anómalo. Era la única consecuencia posible, y ha sido tanto obra de Joseph Ratzinger como de Walter Kasper.

Hilary White

(Traducido por J.E.F. Artículo original)

:

Nuestra corresponsal en Italia es reconocida en todo el mundo angloparlante como una campeona en los temas familia y cultura. En un principio fue presentada por nuestros aliados y amigos de la incomparable LifeSiteNews.com, la señora Hillary White vive en Norcia, Italia.

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