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PEQUEÑO GRAN MILAGRO


La recomendación de la Virgen María fue que quien llevara el escapulario verde sería protegido especialmente a la hora de morir, pero que sobre todo se le hiciera llevar a quienes estaban perdiendo la fe o ya la habían perdido. En 

Pequeño gran milagro

Hernán Federico Buteler Bonaparte

Los sacerdotes de “El Retiro,” Molinari, provincia de Córdoba, Argentina, padres Julián y Pío Espina Leupold y Gabriel Graciani, tenían una benefactora en la cercana localidad de Cosquín, que sin ser parte de su feligresía, siempre se mostró generosa y atenta con ellos.

Mirta era su nombre; dueña de una panadería y como tal tenía atenciones que demostraban un alma noble. Hace un tiempo enfermó de gravedad y fue internada en un renombrado hospital de Córdoba.

Enterado de esto, en uno de sus habituales viajes a la ciudad a celebrar misa, el padre Julián fue a visitarla, conversó un rato y le dejó un escapulario verde, que tiene la gracia de dar una muerte en gracia de Dios a quién lo lleve.

Mientras tanto, la enfermedad progresaba y nunca se planteó de parte de Mirta el deseo de que fuera uno de los sacerdotes de El Retiro quien la asistiera con los sacramentos.

En otra oportunidad, fue el padre Pío quién viajó a Córdoba y acordó con el padre Julián hacer una visita a Mirta. Por un descuido, no llevó la información acerca de dónde debía buscarla en el hospital. Una vez en el lugar, intentó hablar con el padre Julián para que le diera el número de habitación y por diversas razones – falta de señal en Molinari, ocupaciones del padre Julián, etc. – no pudo hacerlo. Intentó localizarla por su nombre (no sabía el apellido) en recepción y aunque lo atendieron con mucha amabilidad no pudieron ayudarlo. El sanatorio en cuestión es muy grande, tiene cientos de camas y después se enteraron que la señora estaba inscripta allí como Marta y no con su verdadero nombre. Todo parecía conspirar para que la visita no se concretara.

Ya en la calle y a punto de retirarse, el padre Pío recordó que en la agenda de su teléfono tenía registrado un número que había sido de Mirta pero que actualmente lo usaba su hija. Llamó a ese número, lo atendió la hija de Mirta y le contó que estaba en la habitación con su madre. Pudo por fin entrar a saludarla. Su estado había empeorado; era frecuente que pidiera silencio y que la dejaran descansar. No obstante esto, el padre Pío la encontró lúcida como hacía días que no se la veía; la señora aceptó que le diera los sacramentos que el sacerdote había llevado, sabedor de la condición de gravedad de su enfermedad. Así lo hizo el sacerdote y se retiró del lugar contento con el buen suceso de esa visita que al principio se le planteó como imposible de concretar.

Al día siguiente Mirta falleció en Gracia de Dios. La promesa de la Virgen para quienes llevaran el escapulario se había cumplido.

Dos o tres días después, el padre Julián se encontró en Cosquín con un hijo de Mirta; le dio el pésame y le comentó lo aliviado que estaba por saber que había fallecido con los sacramentos. La respuesta del hijo fue sorprendente:

¿Sabe una cosa padre? Mi hermana tenía el teléfono apagado en su bolso. De repente mamá le dijo que atendiera el teléfono porque estaban llamando. Sorprendida, buscó el teléfono en el bolso, lo encendió y recibió la llamada del padre Pío…”

No existen los milagros pequeños. Pero éste sin duda lo es en un sentido. No hay filmaciones ni grabaciones ni “selfies” para difundirlo en las redes. En un marco de intimidad – una señora enferma, su hija y un sacerdote – apenas” si sirvió para llevar un alma al cielo.

Se dice que el milagro, para ser tal, debe llevar una enseñanza, un significado. En este caso, es lícito hacer un análisis que puede parecer irreverente: ¿quiso Nuestra Señora cumplir con su promesa? No podría ser de otra manera, pero convengamos que el camino elegido fue por lo menos complicado. Más simple hubiera sido si el padre Pío, al salir de Molinari hacia Córdoba hubiera llevado la información necesaria: nombre de la señora, habitación en que se encontraba…

Debemos creer que la Santísima Virgen nos manda por medio de la señora Mirta un claro mensaje de esperanza: a pesar de lo difícil que es encontrar verdaderos sacerdotes católicos, sacramentos verdaderos, a pesar de toda la oposición que la vida moderna presenta a quienes queremos llevar una vida que sea verdadero camino al cielo, a pesar de los obstáculos que humanamente parecen insalvables, debemos creer con toda fuerza que si nosotros cumplimos con nuestras obligaciones de cara a Dios, Nuestra Señora en la hora de la muerte no nos abandonará.

Conoces la historia del milagroso escapulario verde?

Relacionado con la aparición de la Virgen a santa Catalina Labouré, se recomienda para interceder por personas que han perdido la fe

Gracias a Dios todavía va gente a la Rue du Bac en París, (incluso turistas) a la capilla del convento de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl.

Es que allí, en noviembre de 1830, en ese lugar para oración restricta de las monjas y novicias que tuvo que abrirse posteriormente al público, la Virgen se apareció y mostró una medalla de la Inmaculada Concepción a una novicia llamada Catalina Labouré, hoy reconocida como santa, pidiéndole que la mandara acuñar.

Santa Bernardita Soubirous, que también vio la Virgen por 18 veces en Lourdes, ya en 1858 dice que Nuestra Señora se le parecía mucho a la de la Medalla Milagrosa, pues la pastorcita la conocía e incluso la llevaba frecuentemente colgada al pecho, desconociendo totalmente los detalles de aquella aparición de París.

Fue tal la cantidad de milagros, que esta medalla, acuñada como de la “Inmaculada Concepción”, hizo especialmente en Francia, que se la dio en llamar hasta hoy Medalla Milagrosa.

La nación francesa no conseguía definir su situación política ni religiosa desde las sangrientas jornadas de la Revolución de 1789.

Ya en 1830 justo coincidiendo con los días de la aparición a santa Catalina, estalló otra violenta revolución, que traería como consecuencia una revolución más en 1848 y otra todavía peor en 1871.

Estas dos últimas incluyeron el asesinato y el fusilamiento de dos arzobispos de París: Mons. Denys Auguste Affre, asesinado en la revolución de 1848 y Mons. Georges Draboy, fusilado en la Comuna de París de 1871.

Pero de los dos arzobispos mártires, quien tiene más relación con los acontecimientos de la Rue du Bac es Mons. Affre.

Él había dado la aprobación de uso del Escapulario Verde, entregado también a una monjita de la Caridad en 1840 en el mismo convento donde fue revelada la Medalla milagrosa diez años atrás.

Si esta fue entregada con la promesa de una especial protección de la vida para quien la lleve bendita preferentemente al cuello, el misterioso escapulario fue entregado para la hora de la muerte, según reveló Sor Justina Bisqueyburu, la buena monja agraciada con tal privilegio.

La recomendación de la Virgen María fue que quien llevara ese escapulario sería protegido especialmente a la hora de morir, pero que sobre todo se le hiciera llevar a quienes estaban perdiendo la fe o ya la habían perdido.

Y entonces sucedió el milagro que conmovió a París, y disparó la solicitud del escapulario en una Francia ya casi apóstata, laica y camino de la perdición.

Los Tribunales de justicia y apelación de París habían sentenciado que a Mons. Affre lo había matado en noviembre de 1848 una bala perdida en las barricadas de una calle, dado que el arzobispo había salido a pedir el cese al fuego.

En 1859, un agonizante de reconocida vida impenitente y blasfema, que había sido visitado por dos monjitas de la Caridad y a las que había echado amenazándolas desde la cama con un bastón, pedía el regreso de ellas para hacerles una confidencia y que le trajeran un sacerdote: él había sido el encubierto asesino del arzobispo; hacía decenas de años no frecuentaba los sacramentos ni la misa y vivía en público concubinato con una protestante ya casi atea.

Una de las monjitas en la primera visita había dejado discretamente atado a la cama un escapulario verde y repetido mentalmente varias veces la jaculatoria que está en él: “Inmaculado Corazón de María ruega por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte”.

Este sacramental, a diferencia de otros, no tiene dos pañitos sino uno solo en cuyo anverso está representada la Santísima Virgen Inmaculada tal como la monjita la vio, y en el reverso el Corazón inmaculado atravesado por una espada alrededor del cual está la mencionada milagrosa jaculatoria.

Dado especialmente para ese momento final de nuestra vida y paso por esta tierra, cuando debemos estar preparados para encontrarnos con la majestad, seriedad, grandeza y gravedad del Juez Supremo, será la garantía de nuestra salvación tras un profundo y doloroso arrepentimiento como el del miserable asesino de Mons. Affre que a tiempo recibió absolución, extremaunción e incluso dispensa y sacramento matrimonial que convirtió también a su mujer tras la abjuración de sus prácticas protestantes.

Profundo y doloroso arrepentimiento, porque si el Justo cae siete veces al día como dice la Biblia, no podemos vivir en la presunción de que a la hora de nuestra muerte estaremos listos y totalmente limpios para el juicio particular, mucho más si nos coge de repente.

Por Antonio Borda
Artículo originalmente publicado por Gaudium Press 

3 replies »

  1. Muy bonito artiuclo. Gracias
    Siempre lleo el escapulario, pido a Dios y la Virgen que hagan que mi familia tambine lo lleve.

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  2. Vi morir a un santo.

    Hace casi cinco años, (creo que un día de primavera), una tarde entre las 18 y 19 horas, llegaba a la puerta del Pabellón que yo atendía el Padre Luis Alpeggiani, Director del Cottolengo, acompañado de un anciano de larga barba que con dificultad caminaba apoyándose en un bastón.
    —”Hermano, por favor, hágase cargo del Dr. Machado, que viene enfermo a pedirnos un “lugar”.
    —Como no, Padre.
    Esa fue la presentación y esa fue la respuesta.
    Yo ya conocía a tal persona (como todos los de la Obra de Don Orione, aquí en la Argentina), o sea al Dr. Antonio Machado.—Hermano, he venido a m o r i r . . . —me dijo luego el nuevo hospedado—, yo sé que ésta es la última… dentro de tres días voy a morir, pero no temo. Espero.
    Don Orione me dijo: “llegarás arrastrándote al Cottolengo y allí morirás”…Dispuse inmediatamente para él una habitación pequeña junto a lamía. Le invité a tomar cama, pues así lo requería su estado calamitoso,
    y él me dijo:
    —Aunque desde el momento que entré a este lugar me toca obedecer, le pido no obstante me deje darle la comida a uno de estos. (A uno de los paralíticos y enfermos que yo atendía).
    Le dio con sus manos el alimento, mientras lágrimas de compasión corrían por sus mejillas.
    Luego lo llevé a su cuarto. Llamé a los médicos (tres). Diagnosticaron . . . No había esperanzas. Pero lo mismo indicaron medicamentos.
    Era un caso sumamente grave… Sólo restaba esperar “la hora”.Pasó una noche, un día, y yo junto a su lecho, mientras le atendía,lo escuchaba. Hablaba con alegría de la Vida Eterna, que él esperaba.
    Hacía reflexiones, fatigadamente, con el mayor de los fervores, fruto de una madura y profunda fe.
    —Don Orione me convirtió. —Me dijo—. Eramos tres herejes que fuimos a visitarlo para hacerle un planteo… El (Don Orione), tenía fama de santo.
    Nos recibió y antes que nosotros abriéramos la boca, él nos dijo todo el planteo que nosotros llevábamos y la respuesta correspondiente. Nos atendió con caridad exquisita, y nos m o s t r ó su Iglesia, es decir, la católica, la de Cristo, la de Pedro. Yo me sentí cambiado, desconcertado primero. .. Pero acepté la nueva gracia que por intermedio de un santo, Cristo me ofrecía.
    Era por el año 36 ó 37.
    El, con su visión profética, me indicó el camino para el resto de mi vida: “Da lo que tienes a los pobres, conserva tu fe, apasiónate por la verdad, ejerce donde puedas la justicia y vive sobre todo en caridad…No te comprenderán. Llegarás arrastrándote al Cottolengo y allí morirás…”. Aquí estoy, hermano, esperando esa hora.
    Así pasó una noche, un día, otra noche. Cada acción que yo tenía hacia él, (como era mi deber), me la agradecía con lágrimas. En plena lucidez, me hablaba de Cristo, “el Médico Divino”, en Quien, en ese momento, ponía toda su confianza, más que en los médicos de la tierra.
    Al caer la tarde que precedió a la tercera noche, vinieron cuatromédicos, entre ellos el Dr. Rómulo Garona Carbia, a quien el enfermo tuvo la delicadeza de decirle que se protegiera, pues lo veía desabrigado, aunque casi le era imposible hablar.
    —Hermano, —me dijeron los clínicos—, esta noche es definitiva. . .
    Tres noches junto a su cama fueron para mí tres noches de “retiro espiritual”, de meditación, de oración, de aumento de fe.
    Esta última noche me dice el enfermo:
    —Está llegando la hora esperada… yo me iré… y desde el Cielo rogaré por Ud. y por todos. . . Cuando descubrí a Cristo y seguí su consejo, la Sociedad a la que yo pertenecía me trató y me tuvo hasta ahora por loco.. . Pero en este momento, ¡ me siento tan feliz de haber sido “loco”. .. Pues lo he sido por Cristo.
    Había recibido ya los Sacramentos. Me pedía en esas horas de angustia para mí y de alegría y dolor para él, que le hablara de Dios. .
    Yo sosteniendo con una mano la máscara de oxígeno y en la otra el Rosario no me atrevía a hablarle… En un momento dado en que el sueño me vencía, él me dijo:
    —Hábleme de Dios, que el demonio me está tentando…
    Seguí rezando el Rosario en alta voz. Eran las cinco de la mañana cuando se despidió de mí. Le di a besar el Crucifijo, pronunció el Nombre de Jesús. . . y falleció.
    Yo di mil gracias a! Dios por todo: por tener la dicha de ver morir a un santo y por las gracias que allí me concedió.
    Hoy me en camino al Sacerdocio, sufriendo y meditando… Con fe en Dios, en Cristo, en la Iglesia, en Pedro, en la Virgen y admirando el ejemplo de los Santos… de Don Orione y también del Dr. Machado a quien me he referido en estas breves líneas, cuyos restos mortales se encuentran en el Cottolengo de Claypole.
    Allí, en esa Casa de Caridad, casa de dolor, suceden muchas cosas santas. Sufren ahí los más pobres de la sociedad (los enfermos: dementes, ciegos, sordos, mudos, paralíticos, etc.) y sufren santamente también los que se han dado todo a Dios en el ejercicio de la Caridad.
    Los Cottolengos son como dijo Don Orione: “los pararrayos de la ira divina”, en un mundo desordenado .y angustiado que se aparta de Dios. Brillan allí LA FE, LA ESPERANZA Y LA CARIDAD, vividas demanera extraordinaria. “Deo Gratias”.
    Como humilde homenaje al Rdo. P.Leonardo Castellani y a la Obra de Don Orione. Con gratitud.
    JUAN IGNACIO MARIN. Buenos Aires, 16 de noviembre de 1969. Revista Jauja.

    El último consejo, de don Orione.
    En el discurso pronunciado por radio, el 30 de julio de 1937, en vísperas de ausentarse de nuestra Patria, don Orione, después de decir que volvería a ella, se despidió de la Argentina, con estas palabras, que quedan para nosotros como su ”testamento espiritual”
    “He nombrado el Evangelio, queridos hermanos, y quiero que esta palabra sacratísima, sea la última con que me despida de vosotros, porque cuando Jesús envió a sus discípulos, les confió sobre todo la misión de dar a conocer el Evangelio, no la sabiduría de los hombres, ni las doctrinas de filósofos, ni los discursos literarios, ni las opiniones de los sociólogas.
    Un sólo libro hay que lo contiene todo, sin que le falte nada, código divino de fe, de amor, y de civilización: Libro que escribió Dios, con la sangre de su Hijo y que en la Iglesia católica es guardado en los sagrarios: Este es el Evangelio. Leamos y conformemos nuestra vida, al Santo Evangelio.
    Revista Bíblicas. Monseñor Dr. Juan Straubinger.

    Gracias Señor Moinmunan.

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