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SAN AGUSTÍN DE CANTERBURY, APÓSTOL DE INGLATERRA


28 de mayo San Agustín de Canterbury , Apóstol de Inglaterra. 605.

 
Papa San Gregorio Magno . Rey de Inglaterra: San Etelberto de Kent * .
 
“Este es el día de la redención y la renovación  se eleva en el día de la reparación de injusticias antiguas y de una felicidad sin fin.” 
Oficio de Navidad. Breviario Romano.

Anónimo. Chapelle Notre-Dame-des-Vertus. La Flèche. Maine. XVII.

Cuatrocientos años apenas habían transcurrido desde la partida de Eleuterio hacia la patria celestial, un segundo apóstol de la  de la gran  uni´on británica iba el mismo día, a la gloria eterna. La reunión de estos dos pontífices en el cicl litúrgico es especialmente conmovedor a la vez que revela la providencia divina, por lo que la fecha y la hora se ajustan con admirable sabiduría. Más de una vez hemos reconocido evidentes estas maravillosas coincidencias que forman uno de los personajes principales del ciclo litúrgico. Hoy en día, el admirable espectáculo en el primer arzobispo de Canterbury, en el saludo en su lecho de muerte el día que el santo Papa al que Inglaterra debe la primera predicación del Evangelio, subió a los cielos, y de reunirse con él en el mismo triunfo! Pero también no¿reconocen que hay una garantía de la elección, que el Cielo ha favorecido este país siempre fiel, y desde entonces se ha convertido en hostil a su verdadera gloria? 

La obra de San Eleuterio había perecido en gran parte por la invasión de los sajones y ángulos, y un nuevo anuncio del Evangelio se requería. Roma se presentó allí como la primera vez. San Gregorio el Grande concibió este noble pensamiento; le hubiera gustado tomar él mismo las fatigas del apostolado en este país que se había vuelto infiel; un instinto divino le reveló que estaba destinado a convertirse en el padre de la isla, de la que había visto algunos ejemplares como esclavos en los mercados de Roma. Pero por lo menos Gregorio mandó apóstoles capaces de emprender este trabajo. Encontró en el claustro benedictino, donde él mismo había pasado su vida durante varios años. Roma entonces vio como Agustín a la cabeza de cuarenta monjes se dirigía a la isla de los británicos, bajo el estandarte de la cruz.

San Gregorio Magno y los esclavos ingleses. Mosaicos de la
Catedral de Westminster. XVII.

Así que la nueva raza que pobló la isla recibió a su vez la fe por las manos de un Papa;monjes eran los promotores de la doctrina de la salvación. El discurso de Agustín y sus compañeros germinó en un terreno privilegiado. Era probablemente hora de extender la fe a toda la isla; pero ni Roma ni la orden monástica no abandonaron el trabajo iniciado; los restos del  viejo Cristianismo breton  finalmente se une a los nuevos reclutas, e Inglaterra iba a merecer ser llamada la  isla de santos. 


Reinos celtas anglos y los sajones en el año 600
Nuestro Señor Jesucristo.
 
San Agustín, un monje del Monasterio de San Juan de Letrán en Roma, fue enviado por San Gregorio el Grande en Inglaterra para convertir a Jesucristo a la gente de este país. Unos cuarenta monjes de su comunidad con él. Fue en el año 597. El potente Ethelbert, rey de Kent, después de haber conocido la causa de la llegada de Agustín lo invitó a la ciudad de Canterbury de su reino, y le dio la  facultad de permanecer y predicar a Jesucristo. Así que el santo construyó una capilla cerca de Canterbury, donde se instaló durante algún tiempo y trató de imitar su vida apostólica. El ejemplo de su vida, la doctrina celestial que predicó y confirmó con muchos milagros, hicieron el carácter de la isla, y la llevó en gran parte a la t ley cristiana, con el apoyo, no sin dificultad, de  la jerarquía cristiana céltica de Gales y Cornualles . Por último, el propio rey se regeneró en la fuente sagrada con un número considerable de su séquito. Berthe, la esposa real, que era cristiana, se alegró mucho. El día de Navidad, administró el bautismo a más de diez mil personas en las aguas del río de York; y se dice que todos estos neófitos que sufrían de alguna enfermedad, recibieron en esta ocasión la salud de su cuerpo con la salvación de sus almas.
San Gregorio Magno enviar Agustín
evangelizar a los anglos y los sajones.
Imagen Marie libro. Hainaut. XIV.

San Agustín de Canterbury. Belbello de Pavía.
Breviario franciscano. XV.
[Sigue el texto de “Vida de los Santos de A. Butler]

(C. 605 p.c.) – Cuando el Papa San Gregorio el Grande comprendió que había llegado el momento de emprender la evangelización de la Inglaterra anglosajona, escogió como misioneros a treinta o más monjes del monasterio de San Andrés, en la Colina Coeli. Como jefe de la expedición nombró al prior del monasterio, Agustín. San Gregorio debía tenerle en muy alta estima para confiarle la realización de un proyecto tan caro a su corazón. La expedición partió de Roma en 596. Cuando los misioneros llegaron a la Provenza, tuvieron las primeras noticias de la ferocidad de los anglosajones y de los peligros que les aguardaban al otro lado del Canal de la Mancha. Muy descorazonados por ello, convencieron a Agustín para que volviese a Roma a fin de hacer ver al Pontífice que se trataba de una aventura imposible. Pero San Gregorio, por su parte, estaba informado de que los ingleses no eran hostiles al cristianismo, de suerte que ordenó a Agustín que volviera a reunirse con sus hermanos. Las palabras de aliento que les envió el Sumo Pontífice, dieron valor a los misioneros para seguir adelante. La expedición desembarcó en la isla de Thanet, gobernada entonces por el rey Etelberto de Kent. En nuestro artículo del 25 de febrero sobre San Etelberto relatamos ya en detalle el primer encuentro: los misioneros acudieron a presentar sus respetos al rey, quien los recibió sentado bajo una encina, les ofreció en Canterbury una casa, la antigua iglesia de San Martín f les dio permiso de predicar el cristianismo a sus subditos.

Etelberto recibió el bautismo el día de Pentecostés del año 597. Casi inmediatamente después, San Agustín fue a Francia, donde San Virgilio, el metropolitano de Arles, le consagró obispo. En la Navidad de ese mismo año, muchos de los subditos de Etelberto recibieron el bautismo en Swale, como lo relató gozosamente San Gregorio en una carta a Eulogio, patriarca de Alejandría. Agustín envió a Roma a dos de sus monjes, Lorenzo y Pedro, para que informasen al Papa sobre los acontecimientos, le pidiesen más misioneros y le preguntasen su opinión sobre varios asuntos. Los misioneros volvieron a Inglaterra con el palio para Agustín, acompañados por un nuevo contingente de evangelizadores, entre los que se contaban San Melito, San Justo y San Paulino. Beda escribe: “Con esos ministros de la Palabra, el Papa envió todo lo necesario para el servicio divino en la iglesia: vasos sagrados, manteles para los altares, imágenes para las iglesias, ornamentos para los sacerdotes, reliquias y también muchos libros.” El Papa explicó a Agustín cómo debía proceder para fundar la jerarquía en todo el país y dio, tanto a Agustín como a Melito, instrucciones muy prácticas acerca de otros puntos. No debían destruir los templos paganos, sino purificarlos y emplearlos como iglesias. Debían respetar en cuanto fuese posible las costumbres locales y sustituir las fiestas paganas por las de los mártires cristianos y las de la dedicación de las iglesias. San Gregorio escribía: “Para llegar muy alto hay que avanzar paso a paso y no a saltos.”

San Agustín reconstruyó en Canterbury una antigua iglesia, la cual, junto con una casa de troncos, formó el primer núcleo de la basílica metropolitana y del futuro monasterio de “Christ Church”. Ambos edificios se hallaban en el sitio que ocupa actualmente la catedral que Lanfranco empezó a construir en el año 1070. Fuera de las murallas de la ciudad, San Agustín fundó el monasterio de San Pedro y San Pablo. Después de su muerte, el monasterio tomó el nombre de abadía de San Agustín, y en ella fueron sepultados los primeros arzobispos.

La evangelización de Kent avanzaba lentamente. San Agustín empezó entonces a pensar en los obispos de la antigua Iglesia, que habían sido arrojados por los conquistadores sajones a las regiones salvajes de Gales y Cornwall. Aislada del resto de la cristiandad, la Iglesia conservaba en aquellas comarcas algunas costumbres que diferían de la tradición romana. San Agustín invitó a los principales obispos a reunirse con él en un sitio de los confines de Wessex, que todavía en tiempos de Beda se conocía con el nombre de “la encina de Agustín”. Ahí los exhortó a adoptar las costumbres del resto de la Iglesia de occidente y les pidió que le ayudasen en la tarea de evangelizar a los anglosajones. Para demostrar su autoridad, San Agustín obró una curación milagrosa en presencia de los obispos; pero éstos se negaron a seguir el consejo del santo, por fidelidad a la tradición local y por rencor contra los conquistadores. Más tarde, se llevó a cabo otra reunión que fracasó también: como Agustín no se levantó de su asiento cuando llegaron los otros obispos, éstos interpretaron su actitud como falta de humildad y se negaron a prestarle oídos y a reconocerle por metropolitano. Desgraciadamente, según cuenta la tradición, San Agustín profirió entonces la amenaza de que “si no querían hacer la paz como hermanos, se les haría la guerra como enemigos.” Algunos autores afirman que esta profecía se cumplió diez años después de la muerte de San Agustín, cuando el rey Etelfrido de Nortumbría derrotó a los británicos en Chester y asesinó a los monjes que habían ido a Bangor Iscoed a orar por la victoria.

El santo pasó sus últimos años empeñado en difundir y consolidar la fe en el reino de Etelberto e instituyó las sedes de Londres y Rochester. Unos siete años después de su llegada a Inglaterra, San Agustín pasó a recibir el premio celestial, hacia el año 605, el 26 de mayo. En Inglaterra y Gales se celebra su fiesta en ese día; pero en los otros países se le conmemora el 28 de mayo.

San Agustín escribió con frecuencia a San Gregorio el Grande para consultarle acerca de cuantas dificultades encontraba en su ministerio. Ello demuestra su delicadeza de conciencia, ya que, en muchas cosas en que hubiese podido decidir por su propio saber y prudencia, prefería consultar al Papa y atenerse a sus decisiones. En cierta ocasión, San Gregorio exhortó a San Agustín a guardarse de las tentaciones de orgullo y vanagloria que podían asaltarle a causa de los milagros que Dios obraba por su intermedio: “Alégrate con temor y teme con alegría ese don que el cielo te ha concedido. Debes alegrarte, porque los milagros exteriores atraen a los ingleses a la gracia interior. Pero debes temer que los milagros te hagan concebir una gran estima de ti mismo, porque con ello transformarías en vanagloria lo que debe servir para el honor de Dios . . . No todos los elegidos hacen milagros y, sin embargo, sus nombres están escritos en el cielo. Los verdaderos discípulos de la Verdad sólo deben regocijarse del bien que todos comparten y en el que encontrarán el gozo interminable.”

En el texto y las notas de la edición hecha por Plummer de la Historia Ecclesiastica de Beda, se encontrarán prácticamente todos los documentos fidedignos que poseemos sobre la vida de San Agustín. Los biógrafos y cronistas posteriores —como Goscelin (Acta Sanctorum, mayo, vol. VI), Guillermo de Malmesbury, Tomás de Elmham y Juan Brompton— no añaden nada importante. Las fuentes galesas son también tardías y poco fehacientes. La biografía del I’. A. Brou, .St. Augustine of Canterbury and his Companions (trad. ingl. 1897) es excelente. En Lives of the English Saints de Newman, el canónigo F. Oakeley publicó una biografía muy seria e inteligente de San Agustín; la obra data de la época en que todavía era anglicano. Ver F. A. Gasquet, The Mission of St. Augustine (1925); F. M. Stenton, Anglo-Saxon England (1943), pp. 104-112; A. W. Wade-Evans, Welsh Christian Origins (1934), discute inteligentemente la cuestión del “British trouble”; y la importante obra de S. Brechter, Die Quellen zur Angelsachsenmission Gregors der Grossen (1941), de la que hay una reseña en Analecta Bollandiana, vol. LX (1942). Cf. W. Levison, England and the Continent... (1946), p. 17.

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