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LOS DONES DEL ESPÍRITU SANTO


GUERANGER7

Traemos un extracto de las obras de Próspero Guéranger  O.S.B., el célebre Abad de Solesmes.  Creemos que es una traducción inédita en castellano- o por lo menos difícil de encontrar- por lo que reviste extraordinaria importancia. En la Octava de Pentecostés y en la víspera de la fiesta de la Santísima Trinidad, que como decía graciosamente el doctor San Juan de la Cruz es el mayor santo del cielo, el blog obsequia a sus lectores con esta sabrosa pieza que sin duda hará las delicias de los piadosos lectores.

Traducción de Fray Eusebio de Lugo

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Ésta es una muestra de las instrucciones que el abad benedictino Dom Próspero Guéranger daba a sus monjes casi diariamente, y que ha quedado recogida en su magna obra de “El año litúrgico”.

Sla Capitular del Monsterio de Solesmes donde Dom Guéranger impartía sus magistrales lecciones.

Sala Capitular del Monasterio de Solesmes donde Dom Guéranger impartía sus magistrales pláticas.

¡Felices tales monjes!, que tenían por cabeza a una de las grandes figuras de la Restauración católica de la Francia del Siglo XIX, restaurador de la vida monástica benedictina en Francia tras las ruinas de la Revolución, origen del Movimiento litúrgico no desviado, recuperador de la liturgia romana en Francia, debelador de los restos de las herejías galicanas y jansenistas cuya cabeza vemos resurgir hasta entre los “tradicionalistas”, propugnador acérrimo y hábil propagandista de la infalibilidad pontificia, aún encontraba tiempo y fuerzas para bajar a la Sala Capitular de su monasterio de Solesmes, e instruir allí a sus hijos, con la devoción, unción, solidez y ciencia bien atestiguados en las siguientes líneas:

Abadía de Solesmes antes de la Revolución, S.XVIII

Abadía de Solesmes antes de la Revolución, S.XVIII

He procurado reflejar lo más posible el estilo tanto del autor como de la época.

 

Les dons du Saint Esprit

LOS DONES DEL ESPÍRITU SANTO

DOM GUÉRANGER

En sus últimos años

En sus últimos años

Da tuis fidélibus, 
in te confidéntibus, 
sacrum septenárium.

Debemos exponer durante toda esta semana las divinas operaciones del Espíritu Santo en la Iglesia y en el alma de los fieles; pero es necesario anticipar desde ahora la enseñanza que desarrollaré posteriormente. Siete días nos vienen dados para estudiar  y conocer el Don supremo que el Padre y el Hijo se han dignado enviarnos, el Espíritu que se manifiesta de siete maneras diferentes en nuestras almas. Es pues conveniente que cada uno de los días de esta feliz semana sea consagrado a honrar y adquirir este septenario de beneficios por el que deben ser operadas nuestra salvación y santificación.

Los siete Dones del Espíritu Santo son siete energías que Él se digna depositar en nuestras almas, a la vez que penetra en ellas mediante la Gracia santificante. Las gracias actuales ponen en movimiento, conjunta o separadamente, esas potencias divinamente infundidas en nosotros, y el bien sobrenatural y meritorio de la vida eterna se produce con el asentimiento de nuestra voluntad.

El profeta Isaías, conducido por la inspiración divina, nos ha dado a conocer esos siete Dones en el pasaje en el que describe la acción del Espíritu Santo en el alma del Hijo de Dios hecho hombre, que nos representa como la flor salida de la rama virginal del tronco de Jessé, diciéndonos: “Sobre Él reposará el Espíritu del Señor, el Espíritu de Sabiduría y de Inteligencia, el Espíritu de Consejo y de Fuerza, el Espíritu de Ciencia y de Piedad, el Espíritu de Temor de Dios lo habitará enteramente.”  (Is. 9, 2,3)

Nada más misterioso que estas palabras, pero se siente que lo que expresan no es una simple enumeración de los caracteres del Espíritu Santo, sino en verdad, una descripción de los efectos que éste opera en el alma humana. Así lo ha entendido la Tradición cristiana enunciada en los escritos de los santos Padres, y así ha sido formulada por la teología.

La Santa Humanidad del Hijo de Dios Encarnado es el tipo sobrenatural de la nuestra, y lo que el Espíritu Santo operó en ella para santificarla, debe tener también lugar, proporcionalmente, en nosotros. Ha depositado en el hijo de María las siete energías descritas por el profeta; los mismos Dones vienen preparados también para todo hombre regenerado. Conviene en fijarse en la progresión que tiene lugar en esta serie: Isaías enumera en primer lugar el Espíritu de Sabiduría, hasta llegar al espíritu de Temor de Dios. Y es que, como veremos, la Sabiduría es la más alta entre las prerrogativas a las que pueda ser elevada el alma humana, mientras el Temor de Dios, según la profunda expresión del Salmista, no es más que el comienzo y esbozo de esa divina cualidad.

Se comprende fácilmente que el alma de Jesús, llamada a contraer una unión personal con el Verbo Divino, haya sido tratada con particular dignidad, de modo que el Don de Sabiduría haya sido infundido en ella de manera prioritaria, mientras que el Don de Temor de Dios, necesario en toda naturaleza creada, no ha sido infundido en ella más que como un complemento. En nosotros, por el contrario, frágiles e inconstantes como somos, el Temor de Dios es la base de todo el edificio, y es por ella que nos elevamos de grado en grado hasta aquella Sabiduría que une a Dios. Es pues en orden inverso al observado por Isaías en su descripción del Hijo de Dios Encarnado, que el hombre asciende hacia la perfección por medio de los siete Dones del Espíritu Santo que le han sido conferidos en el Bautismo, y que le son devueltos en el sacramento de la Reconciliación, si es que ha tenido la desgracia de perder la Gracia santificante pecando mortalmente.

Admiremos con profundo respeto el augusto septenario que encontraremos inscrito en toda la obra de nuestra salvación y santificación. Las siete virtudes vuelven al alma agradable a Dios; por sus siete Dones, el Espíritu Santo la conduce a su fin; Siete sacramentos le comunican los frutos de la Encarnación y de la Redención de Jesu-Cristo. Por fin, siete emanas después de Pascua, el divino Espíritu es enviado a la tierra para establecer y consumar el Reino de Dios. Después de esto, no nos extrañemos de que Satanás haya intentado parodiar sacrílegamente la obra divina, oponiéndole el espantoso septenario de los pecados capitales, con los que se esfuerza en perder el hombre que Dios quiere salvar.

EL DON DE TEMOR DE DIOS

El obstáculo al bien en nosotros no es otro que el orgullo. Es el orgullo el que nos empuja a resistir a Dios, a poner nuestro fin en nosotros mismos, en una palabra, a perdernos a nosotros mismos. La humildad sóla puede salvarnos de tan gran peligro. ¿Quién nos dará esa humildad? El Espíritu Santo, derramando sobre nosotros el Don de Temor de Dios.

Ese sentimiento reposa sobre la idea que la Fe nos da de la Majestad de Dios, en cuya presencia no somos más que una nada;  de su Santidad infinita, ante la cual no somos más que indignidad y suciedad; del Juicio soberanamente justo que Dios pronunciará sobre cada uno de nosotros al salir de esta vida; y del peligro de una caída siempre posible, si le fallamos a la Gracia que, por su parte, no nos falla nunca, pero a la que podemos resistir.

La salvación del hombre se va operando pues “en el temor y temblor”, como nos enseña el Apóstol san Pablo (Fil. 2, 12), pero ese temor, que es don del Espíritu Santo, no es un sentimiento grosero que se limitara a espantarnos con la perspectiva de los castigos eternos. Nos mantiene en la compunción del corazón, incluso cuando hiciera mucho tiempo que nuestros pecados hubiesen sido perdonados; nos impide olvidar que somos unos pecadores, que se lo debemos todo a la Misericordia divina, y que no estamos salvados más que en esperanza. (Rom. 8, 24).

Este temor de Dios no es un temor servil; se convierte por el contrario en fuente de los sentimientos más delicados. Puede aliarse con el amor, no siendo entonces más que un sentimiento filial que teme al pecado por causa del ultraje que supone ante Dios. Inspirada por el respeto hacia la divina Majestad, por el sentimiento de su infinita santidad, pone a la criatura en su verdadero lugar, y san Pablo nos enseña que, purificada de ese modo, contribuye a la “consumación de la santificación” (II Cor. 7,1). Así oiremos a ese gran Apóstol, que a pesar de haber sido elevado al tercer cielo, confesando ser riguroso consigo mismo, “para no ser reprobado” (Cor. 9,27).

El espíritu de independencia y de falsa libertad imperante en nuestros días contribuye a volver mucho más escaso el temor de Dios, verdaderamente, una de las plagas de estos tiempos. La familiaridad con Dios toma frecuentemente el lugar de esa disposición fundamental de la vida cristiana, e instantáneamente, el progreso del alma se detiene, la ilusión se introduce en ella, y los divinos sacramentos, que en el momento en que había vuelto a Dios, operaban con tanta fuerza, se vuelven más o menos estériles. El Don del Temor de Dios ha sido ahogado bajo la vana complacencia del alma en sí misma. La humildad se ha extinguido; un orgullo secreto y universal ha llegado a paralizar los movimientos de esa alma. Llega, sin darse cuenta de ello, a desconocer completamente a Dios, por lo mismo que ya no tiembla ante Él.

Conservad pues en nosotros, O divino Espíritu, el Don del santo Temor de Dios, que infundísteis en nuestra alma en el momento de nuestro bautismo. Ese temor saludable asegurará nuestra perseverancia en el Bien, deteniendo al mismo tiempo los progresos del espíritu de orgullo. Que sea como una flecha que atraviese nuestra alma de parte a parte, y que quede siempre ahí fija como salvaguardia nuestra. Que humille nuestros enaltecimientos, que nos arranque de la tibieza, revelándonos sin cesar la grandeza y la santidad de Aquél que nos ha creado y que un día nos ha de juzgar!

Sabemos, o Espíritu divino, que ese feliz temor no impide el amor; lejos de ello, retira los obstáculos que impedirían su desarrollo. Las Potestades celestes ven y aman con sumo ardor ese Soberano Bien, están como anegadas en él por toda la eternidad, y sin embargo, tiemblan ante esa temible Majestad, tremunt potestates.  Y nosotros, cubiertos de las cicatrices del pecado, llenos de imperfecciones, expuestos a mil trampas, obligados a luchar con tantos y tales enemigos, ¿No sentiríamos que es necesario estimular con un santo temor de Dios, poderoso a la vez que filial, a nuestra voluntad que tan fácilmente se duerme, a nuestro espíritu que tantas tinieblas acechan constantemente?! ¡Vigilad sobre vuestra obra, Oh divino Espíritu! Preservad en nosotros el precioso don que habéis dignado entregarnos; enseñádnos a conciliar la paz y la alegría del corazón con el santo temor de Dios, según el aviso del Salmista: “Servid al Señor con temor, y saltad de alegría temblando ante Él” (Sal. 2,11).

EL DON DE PIEDAD

El don de temor de Dios está destinado a curar en nosotros la plaga del orgullo; mientras que el don de Piedad viene infundido en nuestras almas por el Espíritu Santo para combatir el egoísmo, que es una de las malas pasiones del hombre caído, y el segundo obstáculo a la unión con Dios El corazón del cristiano no debe ser ni frío, ni indiferente; debe ser tierno y sacrificado; de otra manera, no podría elevarse en el camino al cual Dios, que es amor, lo llama.

El Espíritu Santo produce pues en el hombre el Don de Piedad, inspirándole un retorno filial hacia su Creador. “Habéis recibido un espíritu de adopción, nos dice el Apóstol, y es por este espíritu que exclamamos, Abba, Padre!” (Rom. 8,15)

Esta disposición vuelve al alma sensible para todas las cosas que miran al honor de Dios. Hace que el hombre nutra en sí mismo la compunción por sus pecados, a la vista de la infinita bondad de Dios que ha consentido en soportarlo y perdonarlo, ante los sufrimientos  la muerte del Redentor. El alma iniciada en el don de piedad desea constantemente la Gloria de Dios, querría llevar a todos los hombres a sus pies, y los ultrajes que Él recibe le son particularmente dolorosos. Su alegría reside en observar los progresos de las almas en el amor divino, y la desinteresada entrega que ese mismo Espíritu suscita a favor del Soberano Bien. Llena de filial sumisión hacia ese Padre universal que está en los Cielos, está siempre preparada para cumplir Su voluntad. Se entrega de todo corazón a los designios de la Providencia, cualquiera que sean.

Su Fe es tan simple como viva. Se mantiene amorosamente sumisa a la Iglesia, siempre presta a renunciar a sus más caras ideas, si en algo se apartan de su enseñanza o de su práctica, con un instintivo horror de toda independencia y novedad.

Esa devota entrega a Dios, inspirado por el Don de Piedad que une al alma con su Creador por filial afecto, lo une también con fraternal afecto a todas las criaturas, puesto que son obra de su poder, y a Él pertenecen.

En primera fila de los afectos de un cristiano animado por el don de piedad se sitúan las criaturas glorificadas que hacen el eterno placer del mismo Dios, y que en Él se alegran por siempre jamás. Ama tiernamente a María Santísima, y mira celosamente por su honor; venera con sumo cuidado a los santos; admira vehementemente la valentía de los mártires, y los actos heroicos de virtudes llevados a cabo por los amigos de Dios. Se deleita en sus milagros, y honra religiosamente sus venerables reliquias.

Pero sus afectos no van enderezados únicamente hacia las criaturas coronadas en el Cielo, las que aún combaten en este mundo ocupan un amplio lugar en su corazón. El don de piedad hace que encuentre a Jesús en ellas. Su benevolencia hacia sus hermanos es universal. Está siempre dispuesta al perdón de las injurias, a soportar las debilidades ajenas, a excusar los errores del prójimo. Compadecido del pobre, siempre atenta a las necesidades del enfermo, una afectuosa dulzura revela el fondo de su corazón, y en sus relaciones con sus hermanos de la tierra, se la ve siempre dispuesta a llorar con los que lloran, y a alegrarse con los que se alegran.

Tal es, O Espíritu Divino, la disposición íntima de los que cultivan el Don de piedad que habéis derramado en vuestras almas. Por este inefable beneficio, neutralizáis el triste egoísmo que agostaría el corazón, las liberáis de esa odiosa sequedad que vuelve al hombre indiferente ante la suerte de sus hermanos, y cerráis el alma a las seducciones de la envidia y del odio. Para ello, no le ha sido necesaria más que esa piedad filial hacia su Creador; es ella la que ha enternecido su corazón, y ese corazón se ha derretido bajo el efecto de un ardiente afecto hacia todo lo que ha salido de las manos de Dios. Haced fructificar en nosotros un don tan precioso, O Divino Espíritu, y no permitáis que se vea ahogado por el amor propio. Jesús nos anima diciéndonos que su Padre celestial hace levantarse el sol sobre buenos y malos, (Math. 5,45); no sufrías, divino Paráclito, que tan paterna indulgencia sea para nosotros un ejemplo perdido, y dignaos desarrollar en nosotros el germen de esa entrega, de esa benevolencia y compasión que quisísteis plantar en el momento en que tomábais posesión de nuestras almas a través del santo Bautismo.

EL DON DE CIENCIA

Una vez ha sido el alma separada del mal por medio del santo Temor de Dios, y ha sido abierta a los más nobles afectos por el don de Piedad, experimenta la necesidad de saber por qué medio evitará el objeto de su temor, y podría encontrar a aquello que ama. El Espíritu Santo acude en su auxilio, y le aporta lo que desea, derramando en ella el Don de Ciencia. Por medio de ese Don precioso, la verdad se le aparece, conoce lo que Dios pide y aquello que reprueba, lo que debe buscar y aquello de lo que tiene que huir. Sin la ciencia divina, nuestra corta vista se arriesga a equivocarse, por culpa de las tinieblas que en mayor o menor medida oscurecen normalmente el entendimiento de los hombres. Esas tinieblas provienen en primer lugar de nuestro propio fondo, que lleva en sí las huellas demasiado evidentes de la caída. Tiene también su origen en los prejuicios y máximas del mundo, que falsean todos los días hasta a los espíritus que creeríamos más rectos Por fin, la acción de Satanás, el Príncipe de las tinieblas, se ejerce en gran parte con el objetivo de rodear nuestra alma de todo tipo de oscuridades, o con el fin de engañarla con falsas luces.

La Fe que nos ha sido infundida en el Bautismo es la luz de nuestras almas. Por el Don de Ciencia, el Espíritu Santo hace producir a esta virtud unos rayos suficientemente potentes como para disipar todas nuestras tinieblas. Entonces, las dudas se esclarecen, el error desaparece, y la verdad aparece en todo su esplendor. Se ve cada cosa bajo su auténtica luz, luz que no es otra que la de la Fe. Descubrimos los deplorables errores que corren por el mundo, que seducen tan gran número de almas, y de los cuales quizás hayamos sido nosotros mismos víctimas durante tanto tiempo…

El Don de Ciencia nos revela el fin que Dios se propuso al crear, ese fin fuera del cual no sabríamos encontrar ni paz ni bien. Nos enseña el recto uso que debemos hacer de las criaturas, que nos han sido dadas no para convertirse en piedra de tropiezo, sino para ayudarnos en nuestro peregrinar hacia Dios. Habiéndosenos manifestado así el secreto de la vida, nuestra ruta se vuelve segura, ya no vacilamos, y nos sentimos dispuestos a retirarnos de todo camino que no conduzca a ese fin último.

Es esta Ciencia, Don del Espíritu Santo, la que el Apóstol tiene a la vista cuando, hablando a los cristianos, les dice: “Antaño erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor; andad pues a partir de ahora como hijos de la luz” (Ef. 5,8). De ahí viene esa firmeza, esa seguridad de la conducta cristiana. La experiencia puede alguna vez ser escasa, y el mundo conmoverse a la vista de ciertas equivocaciones siempre temibles, pero el mundo no cuenta con el don de Ciencia. “El Señor conduce al Justo por caminos rectos, y para asegurar sus pasos, le ha dado la Ciencia de los santos.” (Sab. 10,10). Nos da esa lección cada día. El cristiano, por medio de la luz sobrenatural, escapa a todos los peligros; y si no tiene experiencia propia, tiene la de Dios mismo. Sed bendito, divino Espíritu, por esta luz que derramáis en nosotros, y que mantenéis con tan amable perseverancia. No permitáis que jamás busquemos otra. Ella sola nos basta, y fuera de ella, sólo tinieblas encontraríamos. Guardadnos de las tristes inconsecuencias a las que algunos se dejan llevar imprudentemente, aceptando un día vuestra conducción, para entregarse al día siguiente a los prejuicios del mundo; llevando una doble vida que no satisface ni al mundo, ni a Vos. Nos es absolutamente necesario el amor de esa Ciencia por medio de la cual somos salvos; el Enemigo de nuestras almas nos la envidia, esa Ciencia saludable, y la querría sustituir por sus sombras. No permitáis, divino Espíritu, que consiga tener éxito en su pérfido designio, y ayudadnos siempre a discernir lo verdadero de lo falso, lo justo de lo injusto. Que, según la palabra de Jesús, nuestro ojo sea simple, con el fin de que nuestro cuerpo, es decir, el conjunto de nuestros actos, deseos y pensamientos, esté siempre en la luz. (Math. 6,23); y libradnos, divino Espíritu, de ese ojo que Jesús llama malo, y que entenebrece el cuerpo entero.

EL DON DE FUERZA

El don de Ciencia nos ha enseñado lo que debemos hacer y lo que debemos evitar para ser conformes al diseño de Jesu-Cristo, divino modelo nuestro. Ahora, el Espíritu Santo debe establecer en nosotros un principio del que podamos sacar la energía que necesitamos para sostenernos en el camino que nos acaba de señalar. Y es que tenemos que contar con los inevitables obstáculos, y el gran número de los que sucumben ante ellos basta para convencernos de la necesidad que tenemos de ser ayudados. El socorro que ese divino Espíritu nos comunica es el Don de Fuerza, por medio del cual, si somos fieles en su empleo, nos será posible e incluso fácil superar todo aquello que podría impedir nuestra marcha.

En las dificultades y las pruebas de esta vida, el hombre se ve impelido unas veces a la debilidad y desesperanza, mientras que otras, se ve empujado por un cierto ardor natural que tiene su fuente en el temperamento, o en la vanidad. Esa doble disposición favorecería poco la victoria en los combates que el alma debe librar para alcanzar su salvación. El Espíritu Santo nos aporta pues un elemento nuevo, esa fuerza sobrenatural que le es tan propia, que el Salvador, instituyendo los Sacramentos, ha establecido uno especialmente para darnos a ese divino Espíritu como fuente de energía. Queda fuera de toda duda que, teniendo que luchar en esta vida contra el demonio, el mundo, y nosotros mismos, nos hace falta muy otra cosa que la pusilanimidad, o la simple audacia. Necesitamos un don que modere en nosotros el miedo, a la vez que modera la confianza que nos veríamos tentados en poner en nosotros mismos. El hombre así gobernado por el Espíritu Santo vencerá con toda seguridad. Porque la Gracia suplirá en él lo que la debilidad de la naturaleza deje que desear, a la vez que moderará su arrojo.

Dos necesidades se encuentran en la vida de un cristiano: Saber resistir y saber soportar. ¿Qué podría oponer a las tentaciones de Satán, si la Fuerza del divino Espíritu no viniese a cubrirlo con una armadura celeste, y a ejercitar su brazo? ¿No es acaso el mundo un adversario extremadamente temible, si consideramos el enorme número de las víctimas que cada día cosecha mediante la tiranía de sus máximas y de sus pretensiones? ¿Cuál no deberá ser la asistencia del Espíritu Santo, cuando se trata de volver invulnerable al cristiano frente a tantos desastres como se acumulan en torno suyo?

Las pasiones insertas en el corazón del hombre no son un menor obstáculo a su salvación y santificación: Obstáculo tanto más temible cuanto más íntimo. Es necesario que el Espíritu Santo transforme el corazón, que lo entrene en renunciarse a sí mismo, cuando la luz celeste indica otro camino que aquél al que nos empuja el amor y la búsqueda de nosotros mismos. ¿Qué fuerza divina no hará falta, para “Odiar hasta la propia vida”, cuando lo exige JesuCristo? (Jn. 12, 25), cuando se trata de escoger entre dos amos cuyo servicio es incompatible? (Math. 6,24). El Espíritu Santo realiza todos los días esos prodigios por medio del don que ha derramado en nosotros, mientras no despreciemos ese don, ni lo ahoguemos con nuestra pereza y pusilanimidad. Enseña al cristiano a dominar sus pasiones, a no dejarse conducir por guías ciegos, a no ceder a los instintos más que cuando son conformes al orden que Dios mismo ha establecido.

Algunas veces, ese divino Espíritu no sólo pide que el cristiano resista interiormente a los enemigos de su alma, también exige que proteste abiertamente contra el mal y el error, si su deber de estado o su posición así lo exigen.  Es entonces cuando toca desafiar esa clase de impopularidad que alguna vez va aneja al nombre cristiano, y que no debe sorprendernos, cuando recordamos las palabras del Apóstol: “Si yo fuera agradable a los hombres, ya no sería servidor de Cristo” (Gal. 1, 10). Pero el Espíritu Santo jamás nos falla, y cuando encuentra un alma dispuesta a utilizar la fuerza de la que Él es origen, no sólo asegura el triunfo, sino que la establece en esa paz perpetua llena de dulzura y del valentía cosechada por la victoria sobre las propias pasiones.

Tal es el modo en que el Espíritu Santo aplica el Don de Fuerza al cristiano, cuando éste debe ejercitarse en la resistencia frente a las adversidades. Hemos dicho que este precioso don aportaba al mismo tiempo la energía necesaria para soportar las pruebas cuyo premio no es otro que la salvación. Y es que hay temores que hielan el ánimo y pueden llevar al hombre a su condenación. El don de Fuerza los disipa; los sustituye por una calma y una seguridad que desconciertan a la naturaleza. Mirad los mártires, y no sólo un san Mauricio, jefe de la legión Tebea, acostumbrado a las luchas en pleno campo de batalla, sino una Felícitas, madre de siete hijos, una Perpétua, noble dama de Cartago para la que el mundo sólo había tenido favores, o Inés, tierna niña de trece años, y tantos otros millares, y díganme si el don de Fuerza es estéril en sacrificios. ¿Qué se hizo del miedo a la muerte, de esa muerte cuyo sólo pensamiento ya nos abruma no pocas veces? ¡Por no hablar de esas generosas ofrendas de toda una vida inmolada en el renunciamiento y las privaciones, con el único fin de encontrar a Dios sin división, y de seguir sus huellas más de cerca! ¡Y tantas existencias escondidas a las miradas distraídas y superficiales de los hombres, existencias enteramente penetradas por el sacrificio, y en las que la serenidad jamás se ve vencida por las pruebas de la vida, y en las que la Cruz siempre renaciente siempre es aceptada! ¡Qué trofeos para el espíritu de Fuerza! ¡Cuántas entregas desinteresadas al propio deber sabe producir! Y si el hombre por sí mismo es poca cosa, ¡Cuánto lo hace crecer la acción del Espíritu Santo!

Todavía es Él el que ayuda al cristiano a enfrentar la triste tentación del respeto humano, elevándolo por encima de las consideraciones mundanas que le dictarían otro tipo de conducta. Es Él quien empuja al hombre a preferir no haber violado el mandamiento de su Dios, antes que los vanos honores del mundo. Es ese Espíritu de Fuerza el que hace aceptar los quiebros de la fortuna como otros tantos designios misericordiosos del Cielo, que sostiene el ánimo del cristiano ante la pérdida tan dolorosa de seres queridos, en los sufrimientos físicos que hacen su vida insoportable, si no fuera por las visitas del Señor. Es Él, por fin, como leemos en las vidas de los santos, quien se sirve de las repugnancias mismas de las naturaleza, para provocar esos actos heroicos en los que la criatura humana parece sobrepasar los límites de su ser para elevarse hasta el rango de los espíritus inmortales y glorificados.

Espíritu de Fuerza, morad siempre más en nosotros, y salvadnos de la tibieza de este siglo. En ninguna otra época ha estado la energía de las almas más adormecida que ahora, el espíritu mundano más triunfante, el sensualismo más insolente, el orgullo y la independencia, más pronunciados. Saber ser fuerte contra sí mismo, he aquí una rareza que excita la sorpresa de aquellos que lleguen a ser testigos de ella, tanto han llegado las máximas del Evangelio a perder terreno en las almas! Retenednos sobre el plano inclinado que nos atraparía como a tantos otros, O Espíritu divino! ¡Sufrid que os dirijamos en forma de petición los votos que formaba san Pablo a favor de los cristianos de Éfeso, y que nos atrevamos a reclamar de vuestra generosidad “aquella armadura divina que nos permita resistir en los días malos y seguir siendo perfectos en todas las cosas. Ceñid nuestros costados con la verdad, cubridnos de la coraza de la justicia, dad a nuestros pies el Evangelio de la paz como indestructible calzado; dotadnos del casco que es esperanza de salvación, y poned en nuestra diestra la espada espiritual que es la Palabra misma de Dios” (Ef. 6, 11-17) y con la ayuda del cual, como el Señor en el desierto, podamos acabar con todos nuestros adversarios. Espíritu de Fuerza, haced que así sea.

EL DON DE CONSEJO

El Don de Fuerza, del que acabamos de reconocer la necesidad en la gran obra de salvación y santificación del cristiano, no bastaría para lograr tal resultado si el divino Espíritu no hubiese cuidado de unirlo con otro don que viene justo a continuación y previene de todo peligro. Ese nuevo beneficio se conoce como el Don de Consejo. La Fuerza no puede quedar entregada a sí misma; le es necesario un elemento que la dirija. El don de Ciencia no podría ser ese elemento, porque si bien ilumina el alma sobre sus fines últimos, y sobre las reglas generales que debe observar, no le aporta suficiente luz sobre las aplicaciones especiales de la Ley de Dios y el gobierno de su vida. En las diversas situaciones en que podamos vernos, en las resoluciones que debamos tomar, es necesario que podamos escuchar la voz del Espíritu Santo, y es precisamente por medio del Don de Consejo que esa voz llega hasta nosotros. Es ella la que nos indica, si consentimos en escucharla, lo que debemos hacer y lo que debemos evitar, lo que debemos decir y lo que debemos callar, lo que debemos dejar y lo que debemos conservar. Por el Don de Consejo, el Espíritu Santo actúa sobre nuestra inteligencia, lo mismo que actúa sobre nuestra voluntad con el Don de Fuerza.

Ese don precioso se aplica a la vida entera; porque nos vemos constantemente obligados a determinarnos en una dirección o en otra, y tenemos un gran motivo de agradecimiento hacia el divino Espíritu, al pensar que nunca nos deja abandonados a nosotros mismos, mientras estemos dispuestos a seguir la dirección que Él nos imprime. ¡Cuántas trampas no nos hará evitar! ¡Cuántas realidades nos descubre! Pero para no perder esas inspiraciones, debemos guardarnos de la natural propensión que nos determina demasiadas veces quizás, de la temeridad que nos bambolea al ritmo de nuestra pasiones, de la precipitación que nos exige imperiosamente juzgar y actuar, incluso cuando no hemos visto todavía más que un aspecto de las cosas, del descuido por fin, que hace que decidamos por puro azar, guiados por el temor del esfuerzo en discernir lo mejor.

El Espíritu Santo, por el don de Consejo, sustrae el hombre a todos esos inconvenientes. Reforma nuestra naturaleza tantas veces excesiva, cuando no se muestra apática. Mantiene al alma atenta a lo bueno y verdadero, a lo que verdaderamente conviene. Le insinúa esa virtud que es como el complemento y el condimento de todas las otras, la discreción de la que él solo tiene el secreto, y mediante la cual las virtudes se conservan, se armonizan y no degeneran en defectos. Bajo la dirección del don de Consejo, el cristiano no tiene nada que temer; el Espíritu Santo toma sobre sí la responsabilidad de todo lo que pueda ocurrir. ¡No importa pues si el mundo critica o condena, si se extraña o se escandaliza! El mundo se cree sabio, pero no goza del don de Consejo. De ahí viene que las decisiones tomadas bajo su inspiración acaban produciendo unos efectos totalmente opuestos a los previstos. Y así debe ser, porque a él es a quién el Señor ha dicho: “Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni mis caminos los vuestros” (Is. 55,8) Imploremos pues con todo ardor ese don divino que nos preservará del peligro de gobernarnos a nosotros mismos; comprendamos que ese don no mora sino en aquellos que lo estiman lo suficiente como para renunciarse en su presencia. Si el Espíritu Santo nos encuentra desapegados de ideas humanas, convencidos de nuestra fragilidad, consentirá en convertirse en nuestro Consejero; mientras que si fuéramos sabios ante nuestros ojos, nos retiraría su luz y nos dejaría entregados a nosotros mismos.

No queremos que tal nos ocurra, O Espíritu divino! Demasiado sabemos por propia experiencia que no nos es ventajoso arriesgarnos a seguir los dictados de la humana prudencia, y abdicamos sinceramente ante Vos las pretensiones de nuestro espíritu tan inclinado a dejarse deslumbrar y a caer en ilusión. Conservad en nosotros y dignaos desarrollar con toda libertad ese don inefable que nos habéis concedido en el santo Bautismo; sed para siempre nuestro Consejo. “Hacednos conocer vuestros caminos, y enseñadnos vuestros senderos. Dirigidnos en la verdad e instruidnos; porque es de Vos que nos ha de venir la salvación, y es por eso que nos apegamos a vuestra dirección” (Sal. 118) Sabemos que seremos juzgados según todas nuestras obras y intenciones; pero sabemos igualmente que nada debemos temer mientras sigamos fieles a vuestra conducción. Estaremos pues atentos “A escuchar lo que nos dice el Señor nuestro Dios” (Sal. 84,9), el Espíritu de Consejo, bien sea que nos hable directamente, bien se sirva del órgano que haya querido escoger para nosotros. Sea bendito JesuCristo que nos ha enviado Su Espíritu para que sea nuestro guía, y sea bendito ese Espíritu que consiente en asistirnos perpetuamente, y que nuestras pasadas resistencias no han alejado de nosotros!

EL DON DE INTELIGENCIA

Ese sexto Don del Espíritu Santo hace ingresar el alma en una vía superior a la que hasta entonces se ha ejercitado. Los cinco primeros dones tienden todos a la acción. El Temor de Dios pone el hombre en su sitio humillándolo, el de Piedad abre su corazón a los afectos divinos, el de Ciencia le hace discernir la vía de la salvación y la de perdición; el de Fuerza lo arma para el combate; el de Consejo dirige sus pensamientos y sus acciones. Ahora puede actuar, y proseguir su peregrinar con la fundada esperanza de llegar a término. Pero la bondad del divino Espíritu aún le reserva otros favores: Ha resuelto hacerlo disfrutar ya en este mundo de una anticipación de la felicidad que se le reserva en la otra vida. Será un buen medio de robustecer su marcha, de vigorizar su ánimo, y de recompensar sus esfuerzos. La vía de la contemplación le estará desde entonces abierta, y el Divino Paráclito lo introducirá en ella por el Don de Inteligencia.

Ante esta palabra de contemplación, ciertas personas se inquietarán , incorrectamente persuadidas de que no es posible que se dé salvo en las difícilmente logrables condiciones que posibilitan el retiro del mundo lejos del comercio con los hombres. Grave y peligroso error, que detiene demasiado frecuentemente el desarrollo de las almas. La contemplación es el estado al que viene llamada, en cierto modo, toda alma que busque a Dios. No consiste en esos fenómenos que el Espíritu Santo se complace en manifestar en la vida de ciertas almas privilegiadas, con el fin de probar la realidad de la vida sobrenatural. Es simplemente la relación más íntima que se establece entre Dios y el alma que permanece fiel en la acción. A esa alma, si no pone obstáculos, le vienen conferidos dos favores: El primero de ellos es el Don de Inteligencia, que consiste en que el espíritu se ve iluminado desde entonces por una claridad superior.

Esa luz no suprime la Fe, pero aclara el ojo del alma, fortificándolo, y le da una vista más extendida sobre las cosas divinas. Muchas nubes se disuelven, provenientes de la debilidad y rudeza del alma todavía no iniciada. La belleza repleta de encantos propia de los misterios divinos, pero que sólo alcanzábamos a percibir más que muy vagamente, se revela, inefables armonías que nada nos hacía sospechar aparecen. No se trata de la vista frente a frente típicamente reservada para la Eternidad, pero tampoco es ya la débil luz que hasta ahora dirigía nuestros pasos. Un conjunto de analogías, de conveniencias, que se muestran sucesivamente a los ojos del espíritu, aportan una certidumbre rebosante de dulzura. El alma se dilata a la vista de tales claridades que enriquecen la Fe, acrecientan la esperanza, y desarrollan la caridad. Todo parece nuevo; y cuando miran atrás, compara y comprueba claramente que la verdad, siempre la misma, viene ahora aprehendida de una manera incomparablemente más completa.

El relato evangélico la impresiona mucho más; encuentra un sabor hasta entonces desconocido para ella en las palabras del Salvador. Entiende mejor el fin que se propuso a la hora de instituir los sacramentos. La santa Liturgia la conmueve por sus fórmulas tan augustas y sus ritos tan profundos. La lectura de la vida de los santos la atrae, nada la extraña ya en sus sentimientos o en sus hechos; gusta de sus escritos más que de cualesquiera otros, y siente un acrecentamiento de bienestar espiritual tratando con estos amigos de Dios. Rodeada de deberes de todo género, la llama divina la guía de modo que con todos logra cumplir. Las virtudes tan diversas en las que debe ejercitarse se concilian en su conducta; una jamás se ve sacrificada en provecho de otra, porque la armonía reina entre todas ellas. Se encuentra tan lejos de la relajación como del escrúpulo, siempre atenta a reparar enseguida toda pérdida que hubiese podido sufrir.

Algunas veces, el mismo Espíritu divino la instruye mediante alguna palabra interior que su alma oye, y que ilumina la situación bajo un nuevo día.

Desde ahora, el mundo y sus vanos errores se ven apreciados por ella en lo que valen, y el alma se purifica del resto de apego y complacencia que aún podía conservar hacia ellos. Lo que sólo es grande y bello para la naturaleza, parece ahora bien mezquino y miserable a ese ojo que el Espíritu Santo ha abierto a las grandezas y las bellezas divinas y eternas. Sólo un aspecto de ese mundo exterior, tan tentador para el hombre carnal, conserva todavía algún interés a sus ojos: Que la criatura visible, que lleva la huella de la belleza de Dios, es susceptible de servir a la Gloria de su Autor. El alma aprende a usar de ella con acción de gracias, sobrenaturalizándola, glorificando con el Rey-Profeta a Aquél que ha impreso los rasgos  de su belleza en esa multitud de seres que tantas veces sirven para perder al hombre, cuando están destinados a ser los escalones que los conduzcan a Dios.

El don de Inteligencia derrama en el alma el conocimiento de su propio camino. Le hace comprender cuán sabios y misericordiosos han sido los designios divinos que alguna vez la desgarraron y trajeron de aquí para allá, precisamente allí donde no quería ir. Ve que si hubiera sido dueña de su existencia, hubiera fallado en alcanzar su objetivo, y que Dios le ha hecho llegar a él, escondiéndole por un tiempo los designios de su paternal Sabiduría. Ahora es feliz porque goza de la verdadera paz, y su corazón no alcanza a dar todas las gracias que quisiera para agradecer a Dios que la haya conducido sin consultarla. Si ocurre que esta persona se vea llamada a dar algún consejo, a ejercer, por deber, alguna dirección, o porque así lo exija la caridad, se puede confiar en ella: El Don de Inteligencia la ilumina tan acertadamente para los demás como para sí misma. Sin embargo, tampoco se pondrá a dar lecciones o consejos a quien no los solicite, pero si la interrogan, contestará, y sus respuestas serán tan luminosas como el faro que la ilumina.

Tal es el Don de Inteligencia, verdadera iluminación del alma cristiana, y que se hace notar en ella en la medida en que es fiel en el uso de los demás dones. Éste último se conserva por medio de la humildad, la moderación en los deseos y el recogimiento interior. Una conducta disipada detendría su desarrollo y podría llegar a ahogarlo. En una vida ocupada y llena de diferentes deberes, en el seno mismo de distracciones sin cuento, a las que el alma se rinde sin entregarse a ellas, ese alma fiel puede conservar su recogimiento. Que sea simple, que sea pequeña a sus ojos, y lo que Dios esconde a los soberbios y revela a los pequeños (Luc. 10,21) le será manifestado y permanecerá en ella.

No cabe duda de que tal don no sea de una inmensa utilidad para la salvación y santificación del alma. Debemos pues implorar a ese Divino Espíritu con todo el ardor de nuestros deseos, perseverando en el convencimiento de que lo alcanzaremos más fácilmente por el impulso del corazón que por el esfuerzo de nuestro espíritu. Es en la inteligencia, cierto, que se derrama la luz divina, objeto de este don; pero su efusión proviene sobre todo de una voluntad enardecida por el fuego de la caridad, según la palabra de Isaías “Creed, y tendréis inteligencia” (Is. 6,9), citado así por los Padres griegos y latinos según la versión de los LXX. Dirijámonos al Espíritu Santo, y sirviéndonos de las palabras de David, digámosle: “Abrid nuestros ojos, y contemplaremos las maravillas de vuestros preceptos; dadnos inteligencia, y tendremos la vida.” (Sal. 118) Instruidos por el Apóstol, expongamos nuestras demandas de forma aún más perentoria, haciendo nuestra la oración que éste dirige al Eterno Padre a favor de los fieles de Éfeso, cuando implora para ellos “El Espíritu de Sabiduría y de revelación por el que conocemos a Dios, los ojos iluminados del corazón que descubren el objeto de nuestra esperanza y las riquezas de la gloriosa herencia que Dios se preparó en sus santos” (Ef. 1, 17-18).

EL DON DE SABIDURÍA

El segundo favor que ha destinado se divino Espíritu al alma que ele es fiel en la acción, es el Don de Sabiduría, superior incluso al don de Inteligencia. Está sin embargo ligado a éste último en el sentido de que el objeto que se muestra por el don de inteligencia, viene poseído y gustado por el don de Sabiduría. El Salmista, invitando al hombre a acercarse a Dios, le recomienda el sabor del Soberano Bien. “Gustad, y ved cuán dulce es el Señor” (Sal. 33,9). La Iglesia, el día mismo de Pentecostés, pide a Dios para nosotros el poder gustar el bien, recta sapere, porque la unión del alma con Dios es experiencia por el gusto más bien que visión, que sería incompatible con nuestro estado de viadores. La luz dada por el don de Inteligencia no es inmediata, alegra vivamente el alma, y dirige sus sentidos hacia la verdad; pero tiende a completarse con el Don de Sabiduría, que es como su culmen y fin.

La Inteligencia es pues iluminación, mientras que la Sabiduría es unión. La unión con el soberano Bien se establece por la voluntad, es decir, por el amor que reside en la voluntad. Observamos esa progresión en las jerarquías angélicas. El querubín resplandece de inteligencia, pero por encima de él, está el serafín, enteramente abrasado de amor. También el querubín arde en amor, lo mismo que la inteligencia resplandece con viva luz en el serafín, pero el uno se diferencia del otro por su cualidad predominante, y el más elevado es el alcanza más íntimamente la divinidad a través del amor, aquél que gusta del soberano Bien.

El séptimo Don viene adornado con el hermoso nombre de Sabiduría, y ese nombre la viene de la Sabiduría eterna a la que tiende a asimilarse por el ardor de sus afectos. Esa Sabiduría increada, que consiente en dejarse gustar por el hombre, en este valle de lágrimas, es el Verbo divino, ése mismo que el Apóstol llama “El esplendor de la Gloria del Padre y la forma de su substancia” (Heb. 1,3). Es Él quien nos ha mandado el Espíritu Santo para santificarnos y devolvernos a Él, de modo que la operación más elevada de ese divino Espíritu sea procurar nuestra unión con Aquél que, siendo Dios, se hizo carne, y por nosotros se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz (Filip. 2,8). Por los misterios cumplidos en su Humanidad, Jesús nos ha hecho penetrar hasta su divinidad; por la Fe iluminada por la Inteligencia sobrenatural, “Vemos su Gloria que es la del Hijo Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Ju. 1, 14); y lo mismo que participó de nuestra humilde naturaleza humana, se da a sí mismo, desde este bajo mundo, a gustar, Él, Sabiduría increada, a esta sabiduría creada que el Espíritu Santo forma en nosotros como el más sublime de sus dones.

¡Feliz pues aquél en quien reina esa preciosa Sabiduría que revela al alma el sabor de Dios y de lo que es de Dios! El hombre animal, nos dice el Apóstol, carece de ese gusto que sólo percibe quien venga del Espíritu de Dios. (ICor. 2, 14) Para poder disfrutar de ese don, hay que volverse espiritual, prestarse dócilmente al deseo del Espíritu Santo, y entonces, nos pasaría como a otros, que después de haber sido esclavos de las pasiones de la carne, han sido liberados de ellas por su docilidad ante el Espíritu Santo que los buscó, y que los encontró. El hombre menos grosero, pero entregado al espíritu del mundo, está igualmente imposibilitado en comprender lo que es el objeto propio del don de Sabiduría, y lo que revela el don de Inteligencia. Juzga a aquellos que han recibido esos dones, y los condena; ¡Y gracias si no los golpea y los persigue! Jesús nos lo dice expresamente: “El mundo no puede recibir el Espíritu de Verdad, porque ni lo ven, ni lo conocen” (Jn. 14,17). Los que han tenido la dicha de desear el Bien supremo, sabiendo que sería necesario despojarse totalmente del espíritu profano, que es el enemigo personal del Espíritu de Dios, una vez liberados de sus cadenas, podrán elevarse hasta la Sabiduría.

Lo propio de este Don consiste en conferir al alma un gran vigor y en fortificar sus potencias. Toda su vida está como sanada, como les ocurre a los que sólo se alimentan con lo que les conviene. Ya no hay más contradicción entre Dios y el alma, y por esa razón, la unión se vuelve muy fácil. “Donde esté el Espíritu del Señor, ahí está la libertad” dice el Apóstol. (IICor. 3,17). Todo se vuelve fácil para el alma, bajo la acción del Espíritu de Sabiduría. Las cosas que más cuestan a la naturaleza, lejos de repeler, se vuelven dulces, y el corazón ya no se espanta tanto ante la perspectiva del sufrimiento. No sólo podemos decir que Dios no está lejos de un alma que el Espíritu Santo ha puesto a su disposición, es que también se hace visible la unión existente entre los dos. Sin embargo, sigue siendo muy necesario ser vigilante acerca de la humildad, porque el orgullo aún puede subir hasta ella, y su caída sería tanto más profunda, cuanto mayor es su elevación.

Insistamos ante el divino Espíritu, y roguémosle que no nos niegue esa preciosa Sabiduría que nos conducirá a Jesús, Sabiduría infinita. Un sabio de la antigua ley ya aspiraba a ese favor, cuando escribía esas palabras cuya verdadera inteligencia sólo es patrimonio del cristiano: “He deseado, y la Inteligencia me fue dada; rogué, y el Espíritu de Sabiduría vino a mí” (Sab. 7,7). Es necesario pedir con insistencia ese don. En la Nueva Alianza, el Apóstol Santiago nos invita a ello con sus más urgentes exhortaciones: “Si hay alguien entre vosotros que desee la Sabiduría, que se la pida a Dios, que da con tanta abundancia y que no se arrepiente de sus dones; que pida con fe, y que no dude.” (Sant. 1,5) Nos atrevemos a aceptar de la invitación del Apóstol, y exclamamos: “O Vos, que procedéis del Poder y de la Sabiduría, dadnos la Sabiduría. Aquél que es la Sabiduría os ha enviado hasta nosotros para reunirnos a Él. Arrebatadnos a nosotros mismos, y unidnos a Aquél que se unió a nuestra débil naturaleza. Medio sacro de unidad, sed el lazo que nos una por siempre jamás con Jesús, y Aquél que es la Potencia y el Padre nos adoptará “Como sus herederos y coherederos de Su Hijo”. (Rom. 8,17).

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