.................Ritos católicos

CINCUENTA AÑOS DE LA NUEVA MISA: MEDIO SIGLO CATASTRÓFICO


[Es republicación del artículo publicado con motivo de los 50 años de la fecha en que se promulgó la Constitución Missale Romanum por Pablo VI/Montini, el 3 de abril de 1969]
[Artículo periodístico vivamente recomendado, de lectura muy aconsejada],
[Enviado por Michel  Mottet]
  • Editorial del número 3371 de RIVAROL con fecha de miércoles 3 de abril de 2019.
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CINCUENTA AÑOS DE LA NUEVA MISA: MEDIO SIGLO CATACLÍSMICO

Por Jérôme Bourbon 
El 3 de abril de 1969, hace apenas medio siglo, Pablo VI “promulgó, por la “Constitución Apostólica” Missale Romanum , ” oficialmente el ” Misal Romano restaurado por decreto del Segundo Concilio Ecuménico del Vaticano “. [Fue obligatoria desde el 30 de noviembre de 1969 que fue la fecha fatal en la cual el modernismo osó renegar del Santo Sacrificio de la Misa. Como cuestión de restauración, fue un nuevo rito que rompió de manera radical e impresionante con la misa tridentina. Como pasa siempre con los modernistas, pretendía defender la tradición de la Iglesia, su liturgia, su doctrina para subvertirlas y destruirlas.]
Así, el artículo 1 de la “Constitución” establece que “El Misal Romano, promulgado en 1570 por Nuestro predecesor San Pío V en aplicación de un decreto del Concilio de Trento, fue recibido por todos como uno de los muchos y admirables frutos que este Concilio Santo ha difundido por toda la Iglesia de Roma de Cristo. Durante cuatro siglos, no solo proporcionó a los sacerdotes del rito latino la norma de la celebración de la Eucaristía, sino que también los misioneros la difundieron por la mayor parte del universo. Muchos santos alimentaron su vida espiritual con sus lecturas y oraciones bíblicas, cuyo ordenamiento se remontaba en lo esencial a  San Gregorio Magno. Elogio éste muy hipócrita ya que los siguientes artículos entierran la Misa codificada por San Pío V y prescriben un nuevo rito. Pablo VI fue intransigente: la ” Misa de Lutero ” debe entrar en vigor, obligatoriamente, el 30 de noviembre de 1969, primer domingo de Adviento. En nombre de una pseudo-restauración, se dio una renovación falaz, con unas engañosas  necesidades pastorales  deseadas por el Concilio Vaticano II.
Lejos de ser una restauración, es de hecho una destrucción total que abre el camino a una carnicería espiritual cuyos frutos aterradores medimos todos los días, como veremos. El rito de Pablo VI (que en realidad es una sinaxis y no el sacrificio sagrado de la misa) es ciertamente inseparable del “Concilio” Vaticano II, del cual es la expresión y la coronación a nivel litúrgico. Si lo que se llamó la nueva misa se promulgó más de tres años después de finalizar  el “Concilio”, que obviamente es una de sus consecuencias más terribles. El “Concilio” introdujo una nueva forma de estar en relación con Dios. Al afirmar que el hombre ha cambiado, los Padres del Concilio concluyen que también es necesario modificar la relación del hombre con Dios pasando del teocentrismo al antropocentrismo. Fue una inversión radical de los fines: la religión ya no está al servicio de Dios sino al servicio de la humanidad. “El hombre es la única criatura de Dios creada para sí mismo “, ” Todo en la Tierra debe ser ordenado para el hombre como su centro y su culminación ” se atreve a reclamar la “Constitución” Gaudium et Spes . Y Pablo VI, en su sorprendente discurso de clausura del Concilio Vaticano II, irá tan lejos como para decir: ” La religión del Dios que se hizo hombre se ha encontrado con la religión, y de ello ha salido la religión del hombre hecho dios […] Nosotros también, más que nadie, tenemos el culto al hombre “.
Si el hombre  es el fin y el culmen de todo, debemos, por supuesto, repensar toda la teología católica. La iglesia conciliar se define como un medio, una institución (entre muchas otras), al servicio del hombre. Esta es la famosa teoría de la Iglesia-sacramento. Juan Pablo II pudo decir así que ” la Iglesia ha revelado al hombre a sí mismo”, o que “el hombre es el camino de la Iglesia “. Si este es el caso, entonces entendemos que el propósito de la liturgia es celebrar la humanidad, ésta es el tema del rito sagrado y el sacerdocio. Desde el momento en que los altares se volvieron a la asamblea de los fieles cuyo sacerdote sólo es el animador, el presidente, la nueva misa ya no es jerárquica sino democrática. La primera versión del Artículo 7 del Institutio generalis (larga introducción al nuevo Misal de 1969) dice: ” La Cena de los domingos es la sinaxis sagrada o reunión del pueblo de Dios reunida bajo la presidencia del sacerdote para celebrar el memorial del Señor. Esta es la razón por la cual la reunión de la Iglesia local cumple eminentemente la promesa de Cristo: “Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, estoy en medio de ellos”. La dimensión sacrificial del santo sacrificio de la misa se ha perdido completamente. La celebración de la Eucaristía ya no es el memorial de la Cruz, sino [el memorial] de la Última Cena. Esta es la doctrina de la misa-comida.
Hay una presencia espiritual de Cristo (“Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, estoy en medio de ellos “) pero no una Presencia Sacramental, una  Presencia Real de su Cuerpo, su Sangre, su Alma y Divinidad. En la óptica del Vaticano II, la Misa (o más bien lo que se hace en su lugar) ya no es la renovación incruenta del sacrificio del Calvario, sino una simple comida comunitaria entre los bautizados. En su Brief Critical Review, publicado en septiembre de 1969, los cardenales Ottaviani y Bacci (el folleto de hecho fue escrito en sustancia  por un dominico, el padre Guerard des Lauriers) hacen un ataque en toda regla, perfectamente fundamentado y argumentado, en el plano  teológico, de la nueva misa de Pablo VI. El nuevo rito, concluyen, “se aleja de manera impresionante de la teología católica de la Santa Misa, tal como se formuló en el vigésimo segundo período de sesiones del Concilio de Trento ” el cual,  ” fijando  los cánones ” ha sido  “una barrera infranqueable para cualquier herejía que atacara la integridad de los Santos Misterios“. El nuevo rito se aleja radicalmente de la definición católica de la Misa, considerada en sus cuatro causas: material (la Presencia real), formal (naturaleza sacrificatoria), final (propósito propiciatorio) y eficiente (sacerdocio del sacerdote). Puesto que la  nueva misa celebra al hombre que es  a quien se dirige el presidente de la asamblea (mientras se aleja de Dios dándole la espalda físicamente, ¡todo un símbolo!), se recuerda constantemente la extraordinaria dignidad del hombre, y con ello se rechaza el carácter propiciatorio de la Misa. Desde esta perspectiva ya no se intenta apaciguar a Dios, darle la satisfacción debida por los pecados cometidos, aliviar a las almas del purgatorio. El abandono del antropocentrismo se  hace visible en las iglesias que se transforman por completo, a menudo de manera brutal: el altar principal que estaba vuelto a Dios se reemplaza por una mesa simple (de cocina o de planchar) orientada hacia la asamblea; El sacerdote (o el que hace su vez ) queda reducido al rol de animador y presidente de una ceremonia secularizada. Los confesionarios son abandonados y a menudo sirven de armarios de fregonas. Los comulgatorios  generalmente se han eliminado  porque ya no se quiere arrodillarse como signo de adoración al Creador y Salvador. Comulgamos de pie y en la mano. El púlpito es abolido o abandonado,  forma simbólica de renunciar al poder de enseñanza de la Iglesia, porque en la religión conciliar ya no vivimos la Iglesia como Madre de la Verdad, que enseña al mundo el Camino, la Verdad y Ia Vida. Sino en una “iglesia” que tiene que ser enseñada por el mundo, aprendiendo en  contacto con él, reaccionando ambos al unísono.
Se trata de establecer las condiciones de un globalismo político-religioso; En el nuevo orden mundial, las religiones situadas en pie de igualdad son simples animadores y celosos propagandistas de la democracia universal y de sus ídolos: la declaración de los derechos humanos, la memoria del holocausto, la tolerancia erigida como algo absoluto, el secularismo, la  libertad de conciencia y de culto, antirracismo unilateral y obligatorio, lucha feroz contra toda discriminación, incluso natural y legítima, simpatía ilimitada por todos las demás confesiones. Las estatuas de los santos y la Santísima Virgen a menudo se eliminan o se dejan cubrir de polvo, los edificios con frecuencia no se siguen mantienendo . Los magníficos ornamentos litúrgicos tradicionales (casullas, capas, estolas, lienzos de altar …) a menudo se queman  o se desechan con un odio satánico, que recuerda el de los reformados del siglo XVI y son reemplazados por vestiduras de una fealdad casi siempre repulsiva. La belleza ayuda a orar, a elevar el alma, por lo que el culto a la fealdad, especialmente en los ornamentos y el mobiliario litúrgico, como también en las ceremonias, es uno de los síntomas de la revolución modernista. Lo mismo ocurre con el gregoriano, que ha sido abandonado en casi todas partes por canciones que a menudo son perfectamente ridículas o decadentes cuando no son heterodoxas e incluso heréticas.
El nuevo rito está profundamente desacralizado y no rinde una verdadera adoración a Dios: de 14 genuflexiones, se ha pasado a 3. Ahora bien, en un rito sacramental, la elocuencia del signo pasa por la multiplicación excesiva de los gestos. En este plano del signo, la virtual desaparición de las genuflexiones en las misas del novus ordo equivale a una omisión deliberada, que borra gravemente la expresión de la doctrina. Sobre todo porque estas tres genuflexiones, en los lugares donde se permiten (sólo dos después de la elevación, lo cual no es una mera  coincidencia, una antes de la comunión de la asamblea) presentan un significado deliberadamente equívoco: ¿Expresan la Presencia real, o solo la presencia espiritual y mística de Cristo en la asamblea, como resultado de la fe de los fieles? Hacer la pregunta es responderla. El modernismo rara vez afirma herejías explícitas, pero por lo general procede para engañar por equívocos voluntarios. Por eso eso es más peligroso.
Quien haya asistidom a funerales  o a otras ceremonias en un oficio conciliar queda impactado o incluso horrorizado por la desacralización de la liturgia, la fealdad de las vestimentas, el mobiliario litúrgico, la terrible pobreza de los sermones de un humanitarismo horizontal que no eleva el alma, no recuerda los grandes misterios de la religión, ni las verdades de la fe, repite lo que el mundo dice, lo que se escucha en todas partes, lo que se oye en la escuela y en los medios de comunicación. No se puede encarecer lo bastante que la nueva Misa (o, más exactamente, la sinaxis de Pablo VI) es parte de un gigantesco designio de destrucción donde nada ha quedado intacto: ni la liturgia desacralizada y protestante (¿se sabe suficientemente que seis ministros protestantes colaboraron en la formación de la nueva misa: George, Jasper, Shepher, Kunneth, Smith y Thurian que como Lutero que había suprimido el ofertorio porque expresaba claramente el carácter sacrificial y propiciatorio de la misa, en tanto que inventores del novus ordo missae han reducido el ofertorio a una simple preparación de la oblación retomando las bendiciones judías?), ni el catecismo tradicional prohibido y reemplazado por una vaga catequesis sobre los derechos del hombre y  sobre el ecumenismo, ni las Constituciones Religiosas (todas trastocadas, incluidas las de los cartujos que nunca habían cambiado desde su fundador, ¡San Bruno!), ni el hábito eclesiástico, ni los Estados, los sindicatos, las escuelas,  los partidos cristianos que han tenido que “renovarse” . Una nueva iglesia requiere un nuevo sacerdocio, una nueva eclesiología, una nueva misa, un nuevo catecismo (1968 con Pierres Vivantes  y 1992 con el “Catecismo de la Iglesia Católica“), unos nuevos sacramentos, unas nuevas comunidades, un nuevo Via Crucis (1991), un nuevo Rosario. (2002), un nuevo Código de Derecho Canónico (1983), un nuevo rito de consagración episcopal y de ordenación sacerdotal (1968), de los  que estudios académicos se han ocupado en demostrar su invalidez, de manera significativa  la Consagración Episcopal y la Ordenación Sacerdotal que han sido los primeros en ser cambiados porque era necesario interrumpir el sacerdocio católico indispensable para la administración de cinco sacramentos: nuevo bautismo (1969), nueva confirmación (1971), nuevo matrimonio (1969), nueva Extrema Unción  (1972), Nueva Confesión Sacramental (1973), nuevo Breviario (1970), nuevo calendario litúrgico (1969), nuevos Santos Óleos  (1970), Nuevo Padre Nuestro (1966), nuevo Credo  (en el que  la expresión ” consustancial al Padre ” ha sido reemplazada por “de la misma naturaleza que el Padre“).
En prueba de que los modernistas que ocupan (o, más precisamente, usurpan) hoy todas las funciones de la autoridad están orgullosos de su trabajo, Bergoglio “canonizó” hace unos meses, 14 de octubre de 2018, a Pablo VI, el hombre de blanco que “promulgó” el Concilio Vaticano II (7 de diciembre de 1965) y la nueva Misa (3 de abril de 1969) después de haber “canonizado” el 27 de abril de 2014, a la  vez a Juan XXIII, el hombre que convocó al Vaticano II y a Juan Pablo II, el hombre que junto con Montini lo aplicó. Se “canonizan” entre ellos indecentemente y con una velocidad increíble. Ya pueden estar contentos : en medio siglo todo lo han destruido. En la década de 1970, han perseguido, expulsado y acosado a los sacerdotes, a menudo ancianos, que querían permanecer fieles a la misa de su infancia y de su ordenación.
Y después de obligar a decir una  misa falsa (la de Pablo VI) a los verdaderos sacerdotes (los ordenados antes de los nuevos ritos del 18 de junio de 1968, que fueron impuestos  el 6 de abril de 1969, hace medio siglo), ahora permiten decir una verdadera misa (el rito tridentino) a  los falsos sacerdotes ( “ordenados” en el nuevo rito o por los “obispos” consagrados en el nuevo rito). Ya lo habían hecho en el siglo XVI con la Reforma Anglicana: después de haber alterado gravemente  los ritos, volviéndolos inválidos, para neutralizar la oposición  conservadora y llevar a cabo  el cambio, los reformadores permitieron que se usara algo el latín, y pusieron de nuevo en vigor  ornamentos tradicionales como migajas distribuidas desdeñosamente. Los modernistas han hecho exactamente lo mismo cuatrocientos años después: después de imponer violentamente el nuevo rito, permiten el latín a cuentagotas pero siempre exigiendo Ia adhesión al Vaticano II y asegurándose de que las ceremonias fueran presididas por clérigos “ordenados” por “obispos” “consagrados” en el novus ordo.
Otro medio sutil de neutralizar la resistencia al Vaticano II y al modernismo es celebrar la misa tradicional en comunión con los intrusos que ocupan la Sede de Pedro, que destruyen la fe y la moralidad, que bendicen a sodomitas, que visitan mezquitas y sinagogas, mostrando su lealtad a  los cultos falsos, que promueven el globalismo. Ahora bien,  no se puede ser al mismo tiempo una cum Christo y una cum Bergoglio , declarando que se es del Dios tres veces santo e inclinándose como signo de sumisión en el canon de la misa ante un hereje y un apóstata, mencionando con gran deferencia su nombre en la parte más sagrada del santo sacrificio, reconociéndolo como regla viva y futura de la fe, como ” el dulce Cristo en la tierra “, según la definición que Santa Catalina de Siena le da al Papa. Así pues, como es necesario elegir entre la Cruz y el Holocausto, también debemos elegir entre Dios y Judas.
LOS FRUTOS del Vaticano II, de la nueva misa y de todas las reformas postconciliares son bien conocidos: el colapso de las vocaciones religiosas y sacerdotales, abandono del sacerdocio y colapso de la práctica religiosa, el aumento vertiginoso de la indiferencia religiosa, el relativismo moral, el escepticismo filosófico. Desde aproximadamente 1960, las nuevas generaciones vienen con total ignorancia de la religión; ya no se hace Ia transmisión de la Fe. El Depósito de la Fe no ha sido guardado por aquéllos que tenían el deber sagrado de guardarlo. Por tanto no es sorprendente que durante medio siglo,  la Iglesia Católica esté ocupada, oscurecida y eclipsada por el modernismo triunfante, la sociedad se ha descompuesto completamente, se ha licuado. En cincuenta años, el mundo ha cambiado más que en dos milenios. Hemos entregado,la civilización construida por siglos de esfuerzo, sacrificio y devoción a una barbarie infinitamente peor que la del pasado. Nuestro mundo ha rechazado tercamente la verdad conocida. Sin embargo, como fue profetizado por el Cardenal Pie, ” cuando Dios no reina con los beneficios asociados a su presencia, Él gobierna por medio de todas las calamidades relacionadas con su ausencia .”
Anteriormente, incluso aquellos que no eran cristianos, incluso aquéllos que profesaban un rechazo enérgico de Cristo y su ley, estaban, como a pesar de ellos mismos, imbuidos de valores cristianos. Sabían lo que significaba la palabra dada, el honor, la modestia, la fidelidad, él valor, la cortesía, el heroísmo, la virtud, la modestia. Hoy estas palabras están desgastadas. En un niño de siete años, la palabra “amor” ya es irreparablemente algo sucio. El hombre moderno ya no conecta con nada, excepto con su iPod, su iPad y su iPhone. Cualquier referencia a la trascendencia le es ajena. Al querer suprimir a Dios, al mismo tiempo hemos suprimido la moralidad. De ahí surge una oleada de odio, violencia y nihilismo. De ahí viene que las  familias se dividen, están quebrantadas, descompuestas. De ahí viene que los niños estén abandonados a sí mismos. De ahí, la oleada de drogas y pornografía. De ahí el auge del satanismo, las profanaciones de las iglesias y de los cementerios. De ahí el triunfo de todas las inversiones: el “matrimonio” homosexual, la teoría de género, el vómito del Orgullo Gay que reúne todos los años cada vez un mayor número de participantes. De ahí el uso masivo de antidepresivos y ansiolíticos, de psiquiatras y magos. De ahí el surgimiento de sectas de todo tipo y de religiones falsas. De ahí el contagio de los suicidios. De ahí el reinado del vacío y la nada, el triunfo insolente de las mentiras, la imposición y el culto a Mammón. De ahí el diario triunfo de las subversiones y transgresiones.
Sin embargo, sigue siendo posible que aquéllos que lo desean, con la gracia de Dios, se santifiquen, incluso en estas horas trágicas. El Vaticano II y la Nueva Misa fueron ciertamente peores que una guerra mundial. La guerra mata al cuerpo, pero no necesariamente mata las almas. La revolución modernista condujo a una apostasía universal y a un mundo que se ha convertido en un pozo sórdido y en un caldero infernal. Ha obstruido en gran medida los canales de la gracia, pero no están totalmente obturados.  Pero para aquéllos que desean permanecer fieles a los tesoros de veinte siglos de Iglesia, a su misal, a su catecismo, a su doctrina, a los que calientan  su corazón y dilatan su alma con la meditación de la vida de santos y mártires, para quienes la Fe, la Esperanza y la Caridad, a pesar de las actuales vicisitudes y tormentos, a pesar de la crisis inaudita que tiende a abrumarlo todo, arruinarlo todo, borrarlo todo, sin duda el camino al cielo sigue abierto.
Jérôme BOURBON.
[Énfasis y subrayados propios]

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