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LOS ENEMIGOS QUE NO QUIEREN QUE ÉL YA HAYA VENIDO


[En este magnífico y profundo artículo se demuestra que las afirmaciones contenidas en la Constitución Lumen Gentium del Concilio Vaticano II y en Nostra Aetate del mismo concilio, respecto del pueblo judío y de los musulmanes (sólo en el segundo documento), son ABSOLUTAMENTE INCOMPATIBLES con la Fe Cristiana en la Redención del Hijo de Dios, con cuyo ofrecimiento de Sí en la Cruz (y repetido anticipadamente en la Última Cena al instituir el Sacrificio ritual de la Eucaristía), se completó la primera Alianza y se la hizo eficaz y fructuosa. Estas ideas heréticas han venido repitiéndose por Juan Pablo II y por Benedicto XVI quien incluso muy recientemente ha declarado que el mandato de predicar el Evangelio no atañe a los judíos, afirmación que sólo puede defenderse en la falsa y herética creencia de que los judíos siguen beneficiándose del Primer Pacto, que los habría constituído IRREVOCABLEMENTE, como dice el Concilio,  en el pueblo elegido y bendecido por Dios.

Todo esto significa, en mi modesta opinión,  que el Concilio Vaticano II y los papas que le siguieron se apartan sustancialmente  de lo esencial y más importante de la Fe Cristiana promulgada por el magisterio de la Iglesia durante dos milenios]

Los enemigos que no quieren que Él ya  haya venido

CONCILIO VATICANO II, “DIES A QUO” ( FUE EL DÍA EN QUE TODO COMENZÓ)

La devastación doctrinal del Concilio Vaticano II no se limitó al campo moral, sino que cuestionó la esencia misma de la Revelación al relativizar la verdad de la Redención operada por el hijo de Dios

por Cesaremaria Glori.

0 cristianismo
Hoy en día parece ser una tesis intocable la de que el Concilio Vaticano II estuvo asistido por el Espíritu Santo y que las Constituciones, Decretos y Declaraciones contenidas en él son la emanación de múltiples conciencias asistidas por Dios y, por lo tanto, deben considerarse patrimonio auténtico de la Santa Iglesia Romana. Pero, después de todo lo que ha sucedido en la Iglesia Católica en los cincuenta y cinco años desde el cierre del Concilio, no parece que sus frutos fueran los que esperaba  esa parte de la Iglesia fiel a la Tradición y al Magisterio anterior de dos milenios. Por otra parte, muy al contrario,  [el Concilio] ha anulado la Tradición y el Magisterio anterior al  guiar la acción de la Iglesia según las tesis <<pastoral>>
La devastación doctrinal no se ha limitado al campo moral, sino que incluso ha llegado a cuestionar la sustancia misma de la Revelación al relativizar la verdad de la Redención realizada por el hijo de Dios, Jesucristo, con Su sangriento sacrificio en la cruz. Esta relativización de la Redención de Cristo es consecuencia de lo que está escrito  en Lumen Gentium n . 16 , donde a los judíos les son reconocidos “ los dones y la vocación de Dios, que  son irrevocables”. Al rechazar a Cristo y no reconocer el valor salvífico de su sacrificio, los judíos se colocaron fuera del antiguo pacto, ya que estaba inextricablemente vinculado al cumplimiento de la promesa del advenimiento del Hijo de Dios a la Tierra. Para que mantuviera  sus frutos el Primer Pacto, necesariamente tenía que ser perfeccionado con la aceptación del ofrecimiento de Cristo, sin el cual no hay posibilidad de salvación. Al no reconocer a Cristo en la persona de Jesús de Nazaret, los judíos se han colocado automáticamente fuera del Pueblo de Dios. Solo la fe en Jesucristo garantiza la salvación eterna. Jesús mismo estableció esta condición obligatoria para la salvación del hombre: la fe en Él como salvador del mundo. Solo Jesucristo es la puerta angosta a través de la cual se entra al Reino de Dios.
Sin embargo, los judíos podrían objetar que para ellos el pacto aún no se ha cumplido porque no reconocen en Jesucristo al Mesías prometido, por lo que les está permitido continuar creyendo en el pacto y actuar en consecuencia. Esto es cierto desde su punto de vista, pero ciertamente no lo es desde el punto de vista de los cristianos, porque si este fuera el caso, también deberíamos creer que la Redención de Cristo aún no ha tenido lugar y que deberíamos esperarla del Mesías improbable esperado por los judíos.
En este punto, sin embargo, podría cuestionarse si la venida del Mesías todavía es posible. Dejemos de lado la profecía de Daniel, cuya solución cronológica lleva a la conclusión de que el Mesías ya tuvo que haber venido hace dos mil años. Admitamos también [hipotéticamente] que el Mesías todavía tuviese que venir y analicemos las condiciones de éste hecho. Para la venida del Mesías, estas fueron y siguen siendo las condiciones previstas, por las Sagradas Escrituras y por la tradición mosaica.
  1. Que el Templo, la casa de  Eloí,el Señor, exista todavía.
  2. Que haya descendientes del linaje de David
  3. Que existan el Sacerdocio y el Sumo Sacerdote.
Pero con estas condiciones comienzan las dificultades:
  • El Templo fue destruido hace 1950 años por los romanos y no hay perspectivas para su reconstrucción, a menos de  que quieran arriesgarse  a una guerra nuclear que involucre casi todo el orbe.
  • La otra condición está representada por la existencia de un hombre del linaje de David. Jesús lo fue- dos de los evangelistas (Mateo y Lucas) escribieron de la genealogía de Jesús consultando los rollos que se guardaban en el Templo y nadie entonces cuestionó la membresía de Jesús en el linaje davídico. Los rollos fueron destruidos en el terrible  fuego [el incendio del Templo]  que sucedió con la destrucción del templo y hoy no hay posibilidad de rastrear a los  descendientes  del linaje de David.
  • La existencia del sacerdocio desapareció con la muerte del último sumo sacerdote después del año 70 DC. El nuevo sumo sacerdote debería haber sido ungido y consagrado por otro [Sumo] sacerdote, pero su existencia expiró  hace unos 1900 años, por lo que en esto también la condición no puede ser satisfecha.
Los rabinos después de la diáspora, sustituyeron a los escribas, que estaban asignados al Templo, y a los sacerdotes que también existían ligados a la existencia del Templo. En resumen, el judaísmo de hoy no tiene templo ni sacerdocio, ni un [comprobable] descendiente de David, por lo que la llegada del Mesías se hace imposible en estas condiciones inviables.
  • Hay otra consideración que hacer y es la cronológica relacionada con la profecía de Daniel, según la cual el tiempo de la venida del Mesías ha pasado desde hace casi  dos mil años. ¿Se equivocó el profeta Daniel, o se equivocaron aquéllos que tenían el deber de hacer los cálculos relevantes,  acerca del tiempo de Jesús? Es posible admitir una desviación de algunas decenas de años o, como máximo, cien pero no más.
  • Ergo: el tiempo expiró. El Mesías ya ha venido en la persona de Jesús, para quien todas las condiciones estaban a su favor,  con la alternativa de que sí el Mesías vino, nadie se dio cuenta. En cualquier caso, los judíos no dejan una buena impresión, porque si él ya había venido, como se deduce de Daniel, ¿por qué nadie se dio cuenta? ¿O es que el judío romanizado José, Flavio tenía razón al plantear la hipótesis de que el Mesías era el emperador Vespasiano, [cosa que es clara que no]?
Ciertamente,  la obstinación del pueblo judío es misteriosa. Continúan esperando un evento que las Sagradas Escrituras afirman que ya sucedió y, sin embargo, continúan esperando.
Esta esperanza, esta fe, a pesar de todo lo que se opone a ella, constituye un misterio insondable digno del máximo respeto y consideración.
El misterio insondable del pensamiento de Dios nos obliga a no filosofar sobre la salvación del pueblo judío.
Sin embargo, afirmar que ellos también están incluidos en el plan de salvación de la Redención operado por Jesucristo con su sacrificio en la cruz es inaceptable. La responsabilidad de aquéllos  que querían que muriera en la cruz sigue siendo de los mismos que la querían ver crucificado. Incluso Pablo aplaudió la crucifixión de Cristo, pero Dios mismo lo quería a su lado en la evangelización de los no creyentes y se convirtió en el mayor evangelizador. Muchos judíos han seguido el mismo camino que Pablo y han honrado a la Iglesia. Muchos, sin embargo, todavía niegan y no quieren reconocer al Mesías prometido en Jesucristo. Dejemos  a Jesús la explicación de este misterio. Solo podemos concluir que el misterio de los elegidos [los predestinados] no cae dentro de nuestra capacidad de comprensión. Podemos concluir que mucho, realmente mucho, nos une a los judíos. La ley, completada por Jesús, también es válida para nosotros y, como dijo Jesús, ni siquiera un ápice de ella puede eliminarse. Esa ley nos une a los judíos de una manera indisoluble. A los judíos, pero no al judaísmo, que es una ideología como las demás y que debe considerarse como cualquier otra ideología, es decir, ser vista a la luz de la revelación de Jesús.
Meditando en la lectura del Evangelio de hoy miércoles 20 de noviembre (Lucas 19: 11-28) debemos preguntarnos quiénes son  “esos enemigos de Cristo que no querían que fuera su rey. Habiendo dicho estas cosas, Jesús subió antes de que todos subieran,  a Jerusalén. “ 
Creo que el mensaje de Jesús es claro e inequívoco. Aquellos enemigos que no querían que él fuera rey son precisamente aquéllos que lo querían ver crucificado y gritaron que su sangre cayera sobre ellos y sus descendientes. Creo, por lo tanto, que la apertura de Lumen Gentium n. 16 y de Nostra Aetate n. 4 hacia estos hermanos nuestros no es más que una manifestación de buenas deseos.
La iglesia y los musulmanes
La Constitución Lumen Gentium n. 16 también declara que  << el plan de salvación también abarca a aquéllos que reconocen al Creador y entre estos, en particular, los musulmanes que profesan mantener la fe de Abraham adoran con nosotros a un Dios único y misericordioso. que juzgará a los hombres en el último día>>. El mismo concepto se repite en Nostra Aetate n.3 donde, además, también está escrito que no reconocen a Jesús como un hijo de Dios y que, sin embargo, lo veneran como profeta. La situación es la misma que hemos visto para los judíos. Los musulmanes niegan la divinidad de Jesucristo,  los judíos la dignidad de rey, lo que para ellos era equivalente a la divinidad en el caso del Mesías. La diferencia depende exclusivamente del contexto de la escritura en la que se incluyen las dos negaciones, pero la sustancia es muy clara y patente para el lector que tenga un criterio interpretativo sólido.
Dicho esto, examinemos y desarrollemos lo que está escrito en Lumen Gentium donde se hace referencia a la fe de los musulmanes.
¿Es suficiente la fe en Abraham para tener la garantía de la salvación eterna? Abraham era un hombre como nosotros y él también esperaba la promesa de la venida de Cristo para alcanzar la salvación. Abraham de salvó porque creyó en Cristo, sin saber nada más acerca de Él, excepto su futura venida a este mundo. Abraham creyó en la promesa y se salvó por esta fe. Pero, ¿cómo podemos combinar la salvación y la negativa a reconocer al Mesías redentor en Jesucristo? ¿Es posible obtener la salvación eterna negando no solo la muerte en la cruz de Jesús de Nazaret sino también su propia misión como Redentor de la raza humana, tal como lo hacen los musulmanes? Si para los cristianos la fe en Jesucristo y en su sacrificio les sirve para obtener la salvación eterna, ¿cómo sería posible mantener que el mismo don se reconozca a los musulmanes que no sólo  niegan la divinidad de Cristo sino que también excluyen que murió en la cruz negando así el evento de Redención, esto es el evento decisivo para toda la historia de la raza humana? Negar la muerte de Cristo en la Cruz es negar tanto el pecado de Adán como el don inconmensurable de la Redención. El Alá de los musulmanes es un Dios creador que nunca se preocupó por la humanidad y el Universo después de crearlos. Su aislamiento insuperable lo hace inaccesible y lejano al hombre, es decir, a ese evento decisivo para toda la historia de la humanidad.
¿Cómo es razonablemente posible reconocer que el proyecto de la salvación también abarca a los musulmanes sólo porque reconocen al mismo Dios Creador adorado por Abraham?
Además, respecto de los musulmanes ¿cómo podemos estar seguros de que su Alá es realmente el Dios de Abraham, ese mismo Dios que le habló indicando lo que tenía que hacer? ¿Estamos realmente seguros de que el Dios único de los musulmanes es una persona? Del Corán se deduce con claridad que el Dios de Abraham nunca habló directamente al profeta Mahoma y que sólo fue el ángel Gabriel quien le habló. Nada nos asegura la pertenencia de este ángel al Reino del Dios de Abraham. Es muy cierto que el Dios único de Mahoma es completamente compatible con el Dios que nos ha sido transmitido en el Antiguo Testamento, pero ¿cómo puede un cristiano aceptar que es el mismo Dios declarado padre amoroso de todos los hombres sin excepción, Padre de Su amado Hijo Jesús Cristo?
¿Cómo puede un cristiano reconocer en el Dios de Mahoma al  Padre amoroso quien, Jesucristo, su hijo amado nos enseñó a recurrir en cualquier necesidad? ¿Cómo puede un cristiano, a quien el Corán define como infiel, aceptar que el Dios de Mahoma es el mismo Padre de Jesucristo? ¿Cómo puede ser la misma persona que, aunque se define como misericordioso, recomienda una y otra vez en el Corán matar a los infieles? ¿Cómo puede Dios contradecirse a sí mismo tan claramente, llamando a los que creen en su hijo Jesús sus hijos adoptivos, si luego recomienda, como dice el Corán, exterminarlos a manos de sus hijos que aspiran sólo a un paraíso hecho de placeres y consuelo sexual?
Uno puede aceptar la idea de que el Alá de los musulmanes constituye un progreso notable en comparación con aquéllas otras  religiones que están lejos de reconocer a un Dios único y personal, que es un espíritu omnipotente y puro en el que subsiste el Universo y todas las criaturas contenidas en él. Un progreso, sin duda, pero todavía estamos lejos del Dios de los cristianos que es el Amor sobre todo, que es una Persona y que gobierna el Universo, cuya perfección nos lleva a creer en un Ser que es porque es y que comprende en sí mismo cada ser. como su criatura
Al cristiano, todo le induce a pensar y creer que el Islam es un progreso en relación a las creencias en las  divinidades profesadas por los antepasados ​​de Mahoma, pero la distancia del Dios de Abraham y del Dios revelado por Su hijo Jesucristo es enorme.  El Cristianismo, gracias también a las contribuciones filosóficas del Islam mismo que en los  siglos a caballo  del año Mil de la era cristiana, llegó a profundidades [filosóficas], que le permitieron acercarse a comprender la enorme diferencia entre el Ser que existe en Sí mismo y por Sí mismo, del Dios Todopoderoso y de la dignidad del Hombre en la esfera de la Creación por ser consciente de su ser como criatura  del Ser Supremo.
Tomemos como ejemplo la afirmación del Papa Francisco de que Dios QUIERE la diversidad de las religiones. La declaración va acompañada del acuerdo de Abu Dhabi entre el Papa y el Gran Imam de la Universidad Islámica de Al Azar, que terminó en un documento escrito. con la firma de ambos.
Para la Iglesia católica y para el cristianismo en general, esta convención entre los dos líderes religiosos constituye una profunda herida infligida a la doctrina, la tradición y la historia del cristianismo y a Occidente. Una herida profunda en la identidad de la fe cristiana, lo cual es una blasfemia que la iguala no sólo al Islam sino a todas las demás religiones. La persona de Jesucristo es una figura revolucionaria en la historia humana. Por primera vez desde que comenzó el mundo, sucedió que Dios descendió a nuestro nivel para llegar a ser uno de nosotros, pero, sobre todo, para salvarnos de la perdición eterna y devolvernos la dignidad de sus hijos.
En resumen, ¿es la diversidad de religiones deseada por Dios o dicho  más correctamente, Dios permite   a la libertad  del hombre creer en la diversidad de religiones? La diferencia entre los dos verbos, querer y permitir, es enorme, de hecho es abismal. El verbo querer significa admitir una complicidad de Dios mismo al establecerse como una deidad igual a las otras deidades, contradiciendo así lo que ordenó desde tiempos inmemoriales que solo hay un Dios.
Concilio Vaticano II, dies a quo. 
por  Cesaremaria Glori
continuar en:

Visto en Acta Apostaticae Sedis

[Enfasis en esta publicación propios]

 

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