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LA RESURRECCIÓN DELOS JUSTOS- SAN IRENEO


La Resurrección de los justos – San Ireneo

Extracto del libro V de Contra los herejes de San Ireneo[1] 

Miles Christi – 19/10/2020


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30, 4. [El Apocalipsis] ha apuntado el nombre [del Anticristo] para precavernos de él cuando venga, sabiendo quién es. Pero calló el nombre, porque no es digno que el Espíritu Santo lo pregone. En efecto, si éste lo hubiese pregonado, podría permanecer por mucho tiempo. Mas puesto que “era pero ya no es; va a surgir del abismo pero para ir a la perdición” (Ap 17, 8), como quien no existe, por eso no se ha proclamado su nombre. Cuando el Anticristo devastare todas las cosas en este mundo, y hubiese reinado durante tres años y seis meses, sentado en el templo de Jerusalén, entonces el Señor vendrá entre las nubes del cielo en la gloria del Padre (Mt 16, 27). Entonces lo enviará al lago de fuego con sus seguidores (Ap 19, 20), e instaurará el tiempo del reino para los justos, es decir el descanso, el séptimo día santificado, y cumplirá a Abraham la promesa de la herencia. Este es el reino al cual, según la palabra del Señor, muchos vendrán de oriente y occidente, para tomar su lugar junto con Abraham, Isaac y Jacob (Mt 8, 11).

La resurrección de la carne

4.1. Preparación gradual de los salvados

31, 1. Sin embargo, muchos que simulan creer rectamente descuidan el orden que debe seguir el crecimiento de los justos, e ignoran el ritmo del camino hacia la incorrupción, interpretándolo con un modo de pensar herético -pues los herejes desprecian la creación de Dios y rechazan la salvación de su carne; también desprecian la promesa divina, y en su sentir de las cosas intentan superar a Dios; aseguran que al morir ellos subirán por encima de los cielos y del Creador, para ir a la Madre o a aquel a quien ellos imaginan como Padre-. Condenan la resurrección universal y, en cuanto de ellos depende, acaban con ella. ¿Qué de extraño si incluso ignoran el camino hacia la resurrección? ¿No quieren entender que, si las cosas fuesen como ellos enseñan, el mismo Señor, en el cual dicen creer, no habría resucitado de entre los muertos después de tres días, sino que al morir en la cruz de inmediato habría subido, abandonando el cuerpo en la tierra? Sin embargo, permaneció tres días en el lugar de los muertos, como dice de él un profeta: “El Señor se acordó de sus santos muertos que dormían en la tierra de la tumba, y bajó a ellos para sacarlos y salvarlos”. El mismo Señor dijo: “Así como Jonás permaneció tres días y tres noches en el vientre de la ballena, así también el Hijo del Hombre estará en el seno de la tierra” (Mt 12, 40). Y el Apóstol escribe: “¿Qué quiere decir ascendió, sino que también descendió a las regiones inferiores de la tierra?” (Ef 4, 9). También David profetizó acerca de él: “Y arrancaste mi vida del fondo del abismo” (Sal 86, 13). Habiendo resucitado al tercer día, dijo a María, la primera que lo vio y quería adorarlo: “No me toques, pues aún no subo al Padre, sino ve a mis discípulos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre” (Jn 20, 17).

31, 2. El Señor se sometió a la ley de la muerte para ser el Primogénito de los muertos (Col 1, 18) y duró tres días en los lugares inferiores de la tierra (Ef 4, 9), en seguida resucitó en la carne, de manera que mostró los agujeros de los clavos a sus discípulos (Jn 20, 25-27), y subió al Padre. Entonces, ¿cómo no se avergüenzan de decir que los lugares inferiores son este mismo mundo en que habitamos, en cambio el hombre interior de quien hablan dejaría aquí el cuerpo, para subir a un lugar que está por encima de los cielos? Puesto que el Señor “habitó en la sombra de la muerte” (Sal 23, 4), donde estaban las almas de los muertos, luego resucitó corporalmente y después de resucitar fue asumido, es evidente que las almas de los discípulos por los cuales el Señor realizó esta obra, irán a un lugar invisible señalado por Dios, y ahí permanecerán en espera de resucitar. En seguida recibirán sus cuerpos, y resucitando enteramente, es decir corporalmente, así como Cristo resucitó, se presentarán en la presencia de Dios. “Ningún discípulo está sobre su maestro; sino que todo discípulo consumado será como su maestro” (Lc 6, 40). Sin embargo, nuestro Maestro no se retiró volando de inmediato, sino que después de su resurrección se detuvo durante el tiempo asignado por el Padre, simbolizado por Jonás: después de tres días fue asumido. De modo semejante también nosotros debemos esperar el tiempo que el Padre ha decidido para que resucitemos, como los profetas lo anunciaron. Así resucitaremos todos aquellos a quienes el Señor juzgare dignos.

 

4.2. Cumplimiento de las promesas divinas

32, 1. Mas algunos cambian de opinión, dejándose arrastrar por las prédicas de los herejes, e ignoran la Economía de Dios y el misterio de la resurrección de los justos y del Reino, que es el preludio de la incorrupción; Reino por el cual quienes fueren dignos poco a poco se acostumbrarán a captar a Dios. Por ello es preciso explicar acerca de este asunto, que, a la aparición del Señor, los justos serán los primeros en recibir la herencia que Dios prometió a los padres, despertando en una condición renovada de su ser, y con él reinarán; el juicio universal vendrá en seguida. Pues justo es que reciban los frutos de sus dolores en la misma naturaleza en la que han laborado o padecido, y han sido probados con todo tipo de sufrimiento; que reciban la vida en la misma naturaleza en la que fueron asesinados por el amor de Dios; y que reinen con la misma naturaleza en la cual fueron sometidos como esclavos. Pues rico es el Señor en todos los bienes, y todas las cosas son suyas. Por eso conviene que la misma creación restaurada en su estado original, sirva sin impedimento a los justos. El Apóstol declara todo esto en la Carta a los Romanos: “Con expectativa la creación espera la revelación de los hijos de Dios. Pues ella fue sometida a la vanidad, no por su voluntad, sino por aquel que la sometió, en la esperanza de que la creación misma será liberada de servir a la corrupción, para tener parte en la gloriosa libertad de los hijos de Dios” (Rm 8, 19-21).

32, 2. De esta manera se mantiene fiel la promesa de Dios a Abraham: “Levanta los ojos y mira, desde donde estás, al norte y al sur, al oriente y al occidente: a ti y a tu descendencia daré para siempre toda la tierra que ves” (Gén 13, 14-15). Y también: “Levántate y recorre en toda su longitud y anchura la tierra que te daré” (Gén 13, 17). Sin embargo, Abraham no recibió en herencia ni siquiera un pie de aquella tierra (Hech 7, 5), sino que siempre fue extranjero y peregrino (Gén 23, 4). Y cuando Sara su esposa murió, no quiso recibir gratuitamente el terreno para sepultarla, aunque los heteos se lo ofrecían, sino que por 400 denarios compró de Efrón hijo de Seor el eteo, el lugar para la tumba (Gén 23, 2-20). Lo hizo por fidelidad a la promesa divina, pues no quiso recibir de los hombres lo que Dios le había prometido cuando le dijo: “A tu descendencia daré esta tierra, desde Egipto hasta el gran río Eufrates” (Gén 15, 18). Mas si no recibió durante su vida la prometida herencia de la tierra, es preciso que la reciba en su descendencia, o sea en aquel que cree en el Señor y lo teme, cuando los justos resuciten.

Su descendencia es la Iglesia, que ha recibido del Señor la filiación adoptiva de su padre Abraham, como Juan el Bautista predicó: “Poderoso es Dios para hacer de las piedras hijos de Abraham” (Mt 3, 9; Lc 3, 8). Y el Apóstol dice en la Carta a los Gálatas: “Vosotros, hermanos, sois hijos según la promesa a Isaac” (Gál 4, 28). En la misma epístola escribe que, quienes han creído en Cristo, reciben la promesa de Abraham: “Las promesas fueron hechas a Abraham y a su descendencia. No dice: A sus descendencias, como si se tratara de muchos, sino de uno: A tu descendencia, o sea Cristo” (Gál 3, 16). Y, confirmando lo que ha escrito, añade: “Abraham creyó y le fue reputado a justicia. Sabéis que quienes han nacido de la fe son hijos de Abraham. La Escritura, conociendo de antemano que Dios justifica a los gentiles por la fe, anunció a Abraham que todas las naciones serían en él benditas. Por este motivo, los fieles son bendecidos junto con Abraham el creyente” (Gál 3, 6-9). Así pues, los fieles son bendecidos con Abraham el creyente, y por ello son hijos de Abraham. Dios prometió la herencia de la tierra a Abraham y a su descendencia. Y ni Abraham ni su descendencia, es decir los justificados ahora por la fe, poseen ya la herencia: la recibirán en la resurrección de los justos. Dios es fiel y no miente. Por ello el Señor proclamó: “Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra” (Mt 5, 4).

4.3. La tierra prometida en herencia

33, 1. Esa es la razón por la cual, en el momento de afrontar la pasión, a fin de anunciar la Buena Nueva a Abraham y a quienes con él esperan la entrega de la herencia, habiendo dado gracias sobre el cáliz y bebido de él, lo dio a sus discípulos diciendo: “Bebed todos de él: éste es mi cáliz de la Nueva Alianza, que será derramado por muchos para el perdón de los pecados. Os digo que dentro de poco ya no beberé del producto de la vid, hasta el día en que lo beba de nuevo con vosotros en el reino de mi Padre” (Mt 26, 27-29). Prometió beber con sus discípulos el fruto de la vid en la tierra que recibiría en herencia, la que él mismo renovará y reintegrará (a su primer estado) para servir a la gloria de los hijos de Dios, como canta David: “Renovará la faz de la tierra” (Sal 104, 30). En esta acción reveló a sus discípulos dos cosas: la herencia de la tierra en la que se beberá el vino nuevo, y la resurrección de la carne. Pues la carne que de nuevo resucita es la misma que bebe el cáliz nuevo. Porque, ni es inteligible que él beba el fruto de la vid con sus discípulos en un lugar superior a los cielos, ni que él y ellos lo beban sino en la carne; pues propio es de la carne y no del espíritu beber el vino de la vid.

33, 2. Por eso el Señor decía: “Cuando hagas una comida o una cena, no invites a los ricos, vecinos y parientes, para que no te vayan a invitar a su vez, y así te den tu recompensa. Invita más bien a los cojos y mendigos, y serás dichoso, porque ellos no te lo pueden pagar, sino que recibirás tu paga en la resurrección de los justos” (Lc 14, 12-13). Y decía también: “Quienquiera dejare campos o casa o parientes o hermanos o hijos por mí, recibirá cien veces más en este mundo, y en el futuro heredará la vida eterna” (Mt 19, 29; Lc 18, 29-30). ¿Qué significa cien veces más en este mundo, las comidas ofrecidas a los pobres y las cenas que tendrán una recompensa? Son aquellas que tendrán lugar al llegar el Reino, o sea en el séptimo día que fue santificado porque el Señor descansó de todas sus obras (Gén 2, 2-3), es decir, el verdadero sábado de los justos en el cual ya no llevarán a cabo las obras de la tierra, sino que hallarán preparada la mesa del Señor, que los alimentará con toda suerte de manjares.

33, 3. También se cumple la bendición con la que Isaac bendijo a Jacob, su hijo menor: “El olor de mi hijo es como el olor de un campo que el Señor bendijo” (Gén 27, 27). El campo es el mundo (Mt 13, 38). Por eso añadió: “El Señor te dé el rocío del cielo y mucho trigo y vino de la tierra fértil. Que las naciones te sirvan y los príncipes te adoren, y sé para tu hermano un señor, y te veneren los hijos de tu padre. Sea maldito quien te maldiga y bendito quien te bendiga” (Gén 27, 28-29). Si lo anterior no se refiere al tiempo del Reino del que acabamos de hablar, caerá en grande contradicción y absurdo, como cayeron los judíos y siguen atrapados en dificultades. Pues no sólo las naciones no sirvieron a Jacob en esta vida, sino que, aun después de la bendición, él siguió sirviendo a su tío Labán el Sirio durante veinte años (Gén 28-31). Y no sólo no fue señor de su hermano, sino que, cuando regresó de Mesopotamia a la casa paterna, se postró ante Esaú y le ofreció muchos dones (Gén 32-33). ¿Cómo pudo recibir en herencia abundancia de trigo y de vino, si por la terrible hambruna de la tierra en que vivía, tuvo que emigrar a Egipto y someterse al faraón que en ese momento gobernaba el país? Por consiguiente, dicha bendición sin duda alguna tiene cumplimiento en el tiempo del Reino, cuando reinarán los justos que resucitarán de entre los muertos, el día en que toda la creación renovada y liberada producirá todo tipo de manjares, el rocío del cielo y la fertilidad de la tierra.

Esto es lo que recuerdan haber oído de Juan, el discípulo de Jesús, los presbíteros que lo conocieron, acerca de cómo el Señor les había instruido sobre aquellos tiempos: “Llegarán días en los cuales cada viña tendrá diez mil cepas, cada cepa diez mil ramas, cada rama diez mil racimos, cada racimo diez mil uvas, y cada uva exprimida producirá 25 medidas de vino. Y cuando uno de los santos corte un racimo, otro racimo le gritará: ¡Yo soy mejor racimo, cómeme y bendice por mí al Señor! De igual modo un grano de trigo producirá diez mil espigas, cada espiga a su vez diez mil granos y cada grano cinco libras de harina pura. Lo mismo sucederá con cada fruto, hierba y semilla, guardando cada uno la misma proporción. Y todos los animales que coman los alimentos de esta tierra, se harán mansos y vivirán en paz entre sí, enteramente sujetos al hombre”.

33,4. El anciano Papías, que también escuchó a Juan como compañero de Policarpo, ofrece el testimonio siguiente en el cuarto de sus cinco libros, añadiendo: “Cuantos tienen fe aceptarán lo anterior. Y como Judas el traidor no creyese y le preguntase: ¿Cómo podrá el Señor producir tales frutos?, el Señor le respondió: Lo verán quienes irán a esa tierra”.

Esto es lo que profetizó Isaías: “Pacerán juntos el lobo y el cordero, la pantera jugará con el cabrito, el becerro y el toro pacerán con el león y un niño pequeño los conducirá. El buey y el oso pacerán juntos, sus crías andarán juntas y el león comerá paja con el buey. El niño meterá la mano en el agujero de la serpiente y en el nido de sus vástagos, y no le harán daño ni se podrá perder ninguno en mi monte santo” (Is 11, 6-9). Y más adelante lo resume: “Entonces el lobo y el cordero pacerán juntos, tanto el buey como el león se alimentarán de paja, el pan de la serpiente será el polvo, y ninguno de ellos causará algún mal ni harán daño en mi monte santo. Palabra del Señor” (Is 65, 25).

No se me escapa que algunos tratan de aplicar estas cosas a los hombres salvajes de diversos pueblos que se han convertido a la fe y viven en paz con los justos. Mas, aunque esto sucede a muchos seres humanos que de varias naciones paganas se acercan a la única fe, sin embargo esto tendrá cumplimiento en todos los seres vivientes después de la resurrección de los justos, como hemos expuesto. Porque Dios es rico en todas las cosas, y es necesario que, una vez restaurada la creación según el plan original, todos los animales estén sujetos al hombre, que vuelvan a comer el alimento que el Señor les dio al principio, como cuando, antes de la desobediencia, estaban sujetos a Adán (Gén 1, 26-28) y comían los frutos de la tierra (Gén 1, 30). Por otra parte, no se trata aquí de probar que el león se alimenta de paja: ésta simboliza la abundancia y exquisitez de los frutos; pues si un animal como el león se alimentará de paja, ¿de qué calidad será el trigo cuya paja sirve para alimentar leones?

 

4.4. Israel también invitado a esta herencia

34, 1. Isaías anunció claramente el gozo de los buenos en la futura resurrección de los justos: “Resucitarán los muertos, se levantarán los que están en los sepulcros y se alegrarán los habitantes de la tierra; pues tu rocío es su salvación” (Is 26, 19). También Ezequiel dice: “He aquí que abriré vuestras tumbas y os sacaré de ellas. Arrancaré a mi pueblo de los sepulcros, pondré mi Espíritu en vosotros y sabréis que yo soy el Señor” (Ez 37, 12-14). Y en otro lugar añade: “Esto dice el Señor: Recogeré a Israel de entre todos los pueblos donde han estado dispersos, y en ellos brillará mi santidad ante los gentiles. Habitarán la tierra que di a mi siervo Jacob. La habitarán en esperanza, construirán casas, plantarán viñas y vivirán en la esperanza. Cuando yo juzgue a quienes los han despreciado y a todas las naciones que los rodean, sabrán que yo soy el Señor su Dios y el Dios de sus padres” (Ez 28, 25-26). Hace poco hemos explicado que la Iglesia es la descendencia de Abraham. Pues para que advirtamos que estas cosas tendrán lugar en el Nuevo Testamento a partir del Antiguo, cuando el Señor recogerá de entre las naciones a quienes se salvarán, haciendo de las piedras hijos de Abraham, se cumplirá lo que Jeremías dice: “He aquí que llegan días, dice el Señor, en que ya no dirán: Vive el Señor, que sacó de Egipto a los hijos de Israel, y de todos los países a donde habían sido arrastrados. El los hará volver a su tierra, que había dado a sus padres” (Jer 16, 14-15; 23, 7-8).

34, 2. Como Dios creó todas las cosas según su voluntad para que aumenten y lleguen a su culmen, y así puedan producir y madurar sus frutos, Isaías anuncia: “Sobre todos los montes altos y sobre toda colina elevada correrá el agua, aquel día en el que muchos perecerán y los torres caerán por tierra. La luz de la luna será como la del sol, y éste brillará siete veces más, cuando el Señor cure a su pueblo contrito y sane el dolor de sus heridas” (Is 30, 25-26). El dolor de la llaga es el que al principio le causó Adán, lesionado por su desobediencia, es decir la muerte, de la cual el Señor nos sanará cuando nos resucite de entre los muertos y nos restituya la herencia de nuestros padres que se encuentra en la bendición a Jafet: “Que Dios amplíe la tierra de Jafet y que habite en las casas de Sem” (Gén 9, 27). E Isaías dice: “Pondrás tu confianza en el Señor, y él te introducirá en los bienes de la tierra y te alimentará con la heredad de tu padre Jacob” (Is 58, 14).

Por su parte el Señor dice: “Dichosos los siervos a quienes su amo, al llegar, halle velando. En verdad os digo que se ceñirá, los hará sentarse a la mesa y los servirá. Y si viene durante el turno de la tarde y así los encuentra, dichosos ellos, porque los hará sentar y los servirá. Y si así los encuentra en la segunda y tercera vigilia, serán dichosos” (Lc 12, 37-38). Lo mismo escribe Juan en el Apocalipsis: “Dichoso y santo el que tenga parte en la resurrección primera” (Ap 20, 6). Isaías anunció cuándo sucederán estas cosas: “Y pregunté: ¿Hasta cuándo, Señor? Hasta que las ciudades queden desoladas y sin habitantes, en las casas ya no haya moradores y la tierra se torne desierta. Después el Señor nos alejará a los hombres, y aquellos que queden se multiplicarán sobre la tierra” (Is 6, 11-12). Lo mismo afirma Daniel: “A los santos del Dios Altísimo se les concedió el reino, el poder y la grandeza de los reyes, su reino será para siempre y todos los imperios le servirán y obedecerán” (Dan 7, 27). Y, para que no se pensara que tal promesa se verificará en nuestro tiempo, el profeta añadió: “Ven y quédate en tu heredad cuando el tiempo se haya consumado” (Dan 12,13).

34, 3. Jeremías enseña que estas promesas fueron hechas no sólo a los padres y a los profetas, sino también a las Iglesias llamadas de entre los gentiles, a las cuales el Espíritu llama islas porque, edificadas en medio de la turbulencia y de la tempestad, sufren los golpes de las blasfemias. Son un puerto de salvación para quienes se hallan en peligro, y un refugio para quienes aman la verdad y tratan de huir del Abismo, o sea del error: “Escuchad la palabra del Señor, ¡oh pueblos!, y anunciadla a las islas lejanas: El Dios que dispersó a Israel lo reunirá y guardará como un pastor a sus ovejas. Porque Dios redimió a Jacob y lo arrancó de la mano de uno más fuerte que él. Vendrán y se alegrarán en el monte Sion, donde gozarán de sus bienes, en la tierra que produce trigo, vino, todo tipo de frutos, animales y ovejas. Su alma será como un árbol fructífero, y ya nunca tendrán hambre. Entonces las vírgenes se alegrarán en la asamblea de los jóvenes y los viejos se regocijarán. Convertiré su luto en alegría y los haré felices. Engrandeceré y embriagaré el alma de los sacerdotes descendientes de Leví, y mi pueblo se llenará de mis bienes” (Jer 31, 10-14). En el libro anterior mostramos que levitas y sacerdotes son todos los discípulos del Señor, los cuales profanan el sábado en el templo, sin cometer falta (Mt 12, 5). Por lo tanto, estas promesas claramente significan el banquete de la creación en el Reino de los justos, que Dios prometió a cuantos le sirven.

4.5. La Jerusalén celeste

34, 4. Isaías añade, acerca de Jerusalén y de su Rey: “Esto dice el Señor: Dichoso el que tiene descendencia en Sion y parientes en Jerusalén. Pues reinará un rey justo y los príncipes gobernarán con justicia” (Is 32, 1). Y acerca de los preparativos para reconstruirla, dice: “He aquí que te prepararé el diamante como piedra y el zafiro como cimiento; de rubí haré tus torres, de cristal de roca tus puertas y de piedras escogidas tu muro de defensa. Tus hijos serán discípulos del Señor y vivirán en paz. Sobre justicia serás edificada” (Is 54, 11-14). Y también: “Yo construiré a Jerusalén para que se goce y a mi pueblo para que se alegre. Y yo me alegraré en Jerusalén y me regocijaré en mi pueblo. Ya no se escuchará en ella voz de llanto ni gemido; no morirá el niño en ella ni habrá anciano que no cumpla sus días. Será joven el que muera a los cien años, el pecador morirá a los cien años como un maldito. Construirán casas y ellos mismos habitarán en ellas; plantarán viñas y ellos mismos comerán sus frutos y beberán su vino. No construirán para que otros habiten, ni plantarán para que otros coman. La vida de mi pueblo se prolongará como la de un árbol, y durarán hasta envejecer las obras de sus manos” (Is 65, 18-22).

35, 1. Si algunos pretenden entender estas frases sólo en alegoría, no podrán siquiera ponerse de acuerdo entre sí. Las mismas expresiones sobre las que aleguen les convencerán, porque “cuando las ciudades de los gentiles queden desoladas y sin habitantes, en las casas ya no haya moradores y los campos queden desiertos” (Is 6, 11), dice Isaías, “vendrá el día del Señor, terrible, lleno de furor, para convertir toda la tierra en desierto y para arrancar de ella a los pecadores” (Is 13, 9). Y añade: “Que el impío sea exterminado para que no vea la gloria del Señor” (Is 26, 10). Y, cuando todo esto sucediere, “Dios alejará a los hombres y los que queden se multiplicarán sobre la tierra” (Is 6, 12). “Construirán casas y ellos mismos las habitarán; plantarán viñas y ellos mismos comerán” (Is 65, 21). Todo esto se refiere sin duda a la resurrección de los justos, la cual acaecerá después de la venida del Anticristo.

Será también la perdición de todos los paganos que lo sigan, y en cambio los justos reinarán sobre esa tierra, creciendo en la visión del Señor, acostumbrados a vivir en la gloria del Padre, en comunión de vida con los ángeles, y en el Reino serán acogidos en la asamblea de los espirituales. Aquellos a quienes el Señor, al venir de los cielos, encuentre esperándolo en la carne tras haber sufrido la tribulación y haber escapado de las manos del impío, son aquéllos de los cuales dijo el profeta: “Y los que queden se multiplicarán sobre la tierra” (Is 6, 12). Quienes queden en la tierra para multiplicarse son aquellos de entre los gentiles, a quienes el Señor hubiere preparado. Vivirán bajo el reinado de los santos y servirán en Jerusalén.

Más claramente aún el profeta Jeremías habló de Jerusalén y de su Reino: “Mira al oriente, Jerusalén, y contempla el bienestar que el mismo Dios te envía. Mira, vienen a ti tus hijos a quienes has alejado, se reunirán de oriente y occidente convocados por la palabra del santo, para alegrarse con la gloria de Dios. Jerusalén, quítate el vestido de luto y de duelo, y vístete la gloria de Dios para siempre. Cíñete el doble manto de justicia que Dios te da, y ponte en la cabeza la corona de la gloria eterna. Porque Dios mostrará tu esplendor a toda la tierra bajo el cielo. El mismo Dios te pondrá como nombre para siempre Paz de la justicia y Gloria de la piedad. Levántate, Jerusalén, ponte en pie, mira al Oriente y ve a tus hijos reunidos desde donde sale el sol hasta el ocaso, convocados por la palabra del Santo, felices porque Dios se ha acordado de ellos. Ellos habían huido a pie, hostigados por los enemigos, y ahora el Señor los vuelve a conducir a ti, portados en gloria como el trono del rey. Pues Dios ordenó que todo monte elevado y toda colina eterna se abaje, y que los valles se llenen para emparejar la tierra, a fin de que Israel camine segura en la gloria de Dios. Al mandato de Dios todos los árboles olorosos y los bosques extendieron su sombra para Israel. Dios conducirá a Israel con alegría, en la luz de su gloria, en su justicia y misericordia” (Bar 4, 36-7; 5).

4.6. La Nueva Jerusalén y el Reino del Padre

35, 2. Estos dones no pueden suponerse en una esfera superior a los cielos, “porque Dios mostrará tu esplendor a toda la tierra bajo el cielo” (Bar 5, 3), sino en el tiempo del Reino, una vez que Cristo haya renovado la tierra y reedificado Jerusalén según el modelo de la Jerusalén de arriba, sobre la cual dice el profeta Isaías: “En mis manos pinté tus murallas y tú estás siempre delante de mis ojos” (Is 49, 16). Y el Apóstol dice en la Carta a los Gálatas: “La Jerusalén de arriba es libre y madre de todos nosotros” (Gál 4, 26). No lo dice acerca de algún Eón errante o Entímesis, ni de algún Poder que se hubiese alejado del Pleroma llamado Prúnico, sino de la Jerusalén que Dios lleva impresa en sus manos.

En el Apocalipsis Juan la vio descender sobre la tierra nueva. Y después de los tiempos del reino, afirma, “vi un gran trono blanco y, sentado en él, a aquél de cuya presencia huyen la tierra y el cielo, los cuales no dejaron rastro” (Ap 20, 11). Y describe cuanto se refiere a la resurrección y juicio universales: “Vi a los muertos, grandes y pequeños. El mar devolvió a los muertos que guardaba, y la muerte y el infierno entregaron a los muertos que tenían retenidos, y se abrieron los libros. Luego se abrió el libro de la vida, y según lo escrito en ellos los muertos fueron juzgados, de acuerdo con sus obras. La muerte y el infierno fueron echados al estanque de fuego. Ese estanque de fuego es la muerte segunda” (Ap 20, 12-14). Lo llamamos gehenna, y el Señor lo describió como “fuego eterno” (Mt 25, 41): “Y si alguien no se encontró escrito en el libro de la vida, fue arrojado al estanque de fuego” (Ap 20, 15). Y más adelante añade: “Vi un cielo nuevo y una tierra nueva. El primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar dejó de existir. Y vi la nueva Jerusalén, la ciudad santa, bajar del cielo como una mujer preparada para su esposo. Y oí una fuerte voz que salía del trono y decía: Este es el santuario de Dios con los hombres, y habitará con ellos, los pueblos serán suyos, el mismo Dios estará con ellos y será su Dios. Y borrará toda lágrima de sus ojos y ya no habrá muerte, ni luto, ni duelo, ni dolor, porque el mundo viejo ha pasado” (Ap 21, 1-4). Isaías afirma lo mismo: “Habrá un cielo nuevo y una tierra nueva. No recordarán lo anterior ni les vendrá a la memoria, sino que la alegría y el gozo habitarán en ella” (Is 65, 17-18). También lo dijo el Apóstol: “La apariencia de este mundo queda atrás” (1 Cor 7, 31). Igualmente dice el Señor: “La tierra y el cielo pasarán” (Mt 24, 35). Juan, el discípulo del Señor, dice que, cuando éstos hayan pasado, la Jerusalén de arriba descenderá sobre la tierra nueva como una mujer adornada para su esposo, y que éste es el santuario en el cual Dios habitará con los hombres. Imagen de esta Jerusalén es la primera Jerusalén, en la cual los justos se prepararon para la incorrupción y se dispusieron para la salvación. Moisés recibió en la montaña la figura de este santuario (Ex 25, 40; Heb 8, 5).

No podemos decir que se trata de una mera alegoría; sino que todo cuanto Dios preparó para la felicidad de los justos tiene un sólido y verdadero cimiento. Pues, así como es verdadero y no alegórico el Dios que resucita al hombre, igualmente será que el hombre resucite de entre los muertos, como lo hemos expuesto con los anteriores argumentos. Y, así como resucitará de verdad, así también se preparará verdaderamente para la incorrupción, se desarrollará y madurará en el tiempo del reino, a fin de capacitarse para la gloria del Padre. Al final, habiéndose todo renovado, habitará verdaderamente en la ciudad de Dios. En efecto, “dijo el que está sentado en el trono: He aquí que renuevo todas las cosas. Y el Señor dijo: Escribe todas estas cosas. Estas son palabras verdaderas y dignas de confianza. Y me dijo: Lo he hecho” (Ap 21, 5-6). Así es justamente.

36, 1. Porque, tratándose de verdaderos seres humanos, también habrá de ser real su traslación; no pasarán al no-ser, sino que, por el contrario, progresarán en su ser. Pues no se exterminará la substancia ni el ser de la creación -ya que es fiel y verdadero el que la sustenta- sino que “pasará la apariencia de este mundo” (1 Cor 7, 31), es decir del mundo en el cual acaeció la transgresión, en el cual el hombre se hizo viejo. Por tal motivo esa apariencia fue creada temporal, de acuerdo con el plan divino, como explicamos en el libro anterior, donde tratamos, hasta donde nos fue posible, sobre las razones por las cuales fue creado un mundo temporal. Una vez pasada la apariencia, renovado el hombre y ya maduro para la incorrupción, de modo que ya no pueda envejecer, “habrá un nuevo cielo y una nueva tierra” (Is 65, 17), en la cual el hombre se mantendrá nuevo, siempre relacionándose con Dios de modo nuevo. Y, como todas estas cosas continuarán sin fin, Isaías escribió: “Así como este cielo nuevo y esta tierra nueva que hago permanecen en mi presencia -dice el Señor-, así permanecerán ante mí vuestra raza y vuestro nombre” (Is 66, 22).

Como enseñan los Presbíteros, quienes fueren dignos de morar en los cielos, entrarán en ellos; otros gozarán de las delicias del paraíso; otros poseerán el esplendor de la ciudad; pero en todas partes verán a Dios, según la medida en que fueren dignos de contemplarlo.

36,2. Habrá una diferencia en la habitación de aquellos que hayan fructificado el ciento por uno, el sesenta o el treinta (Mt 13, 8): unos serán llevados al cielo, otros se detendrán en el paraíso y los terceros habitarán la ciudad. Por eso dijo el Señor que en la casa de su Padre hay muchas moradas (Jn 14, 2). Todo pertenece a Dios, quien prepara a cada cual su habitación adecuada, como dijo su Verbo, que el Padre las distribuye a todos según los méritos de cada uno. Este es el salón de fiesta en el cual tomarán su lugar y se regocijarán todos los invitados a las bodas (Mt 22, 1-14).

Los Presbíteros discípulos de los Apóstoles enseñan que este será el orden y providencia para los que se salvan, así como cuáles son los peldaños por los cuales se asciende: por el Espíritu subimos al Hijo y por éste al Padre, y el Hijo al final entregará su obra al Padre, como escribe el Apóstol: “Él debe reinar, hasta que ponga a todos sus enemigos bajo sus pies. La muerte será el último enemigo vencido” (1 Cor 15, 25-26). En efecto, cuando llegue el Reino, el justo, viviendo sobre la tierra, olvidará la muerte: “Habiendo dicho la Escritura que todo le está sujeto, exceptúa a aquel que todo le ha sometido. Cuando se le hayan sometido todas las cosas, también el Hijo se le someterá a aquel que le ha sometido todo, para que Dios sea todo en todas las cosas” (1 Cor 15, 27-28).

Conclusión: un solo Dios y Padre

36, 3. Juan vio de antemano, con toda precisión, la primera resurrección de los justos (Ap 20, 5-6) y la herencia en el reino de la tierra, de acuerdo con lo que habían anunciado los profetas. Lo mismo enseñó el Señor cuando prometió que bebería con sus discípulos la mezcla del cáliz nuevo en el reino (Mt 26, 29). Y también cuando dijo: “Vendrán días en que los muertos desde los sepulcros oirán la voz del Hijo del Hombre y resucitarán: quienes hayan hecho el bien, para la resurrección de la vida, y quienes hubieren hecho el mal, para la resurrección del juicio” (Jn 5, 28-29). Primero habla de aquellos que resucitarán habiendo hecho el bien, para entrar en el reposo; después, de aquellos que resucitarán para ser juzgados; como dice la Escritura en el Génesis: que después de la consumación de este siglo, seguirá el día sexto (Gén 1, 31), o sea el año 6000; porque éste será el día séptimo, día del descanso, como canta David: “Este es mi reposo, en él entrarán los justos” (Sal 132, 14). Este séptimo día es el séptimo milenario (Ap 20, 4-6) en el que reinarán los justos, en el que está prometida la incorrupción, una vez renovada la creación, para quienes hayan sido preparados para este fin. El Apóstol Pablo confesó que la creación sería liberada de la esclavitud de la corrupción, para la libertad de la gloria de los hijos de Dios (Rm 8, 19-21).

En todo esto y a través de todo, se ha revelado el mismo Dios Padre, el Creador del ser humano que prometió la herencia de la tierra a los padres, el que la dará a los justos en la resurrección, cuando cumplirá las promesas en el Reino de su Hijo, y como Padre nos otorgará todo aquello que “ni el ojo vio ni el oído oyó ni entró en el corazón del hombre”                 (1 Cor 2, 9). Porque hay un solo Hijo, el que cumplió la voluntad del Padre, y una sola raza humana, en la cual se cumplen los misterios de Dios “que los ángeles desean contemplar”                (1 Pe 1, 12). Mas éstos no son capaces de penetrar en la Sabiduría de Dios, por cuya actividad la creación fue modelada a imagen de su Hijo y perfeccionada de acuerdo con el cuerpo que éste asumió. Porque el Padre tuvo en su mente que su Hijo Primogénito, el Verbo, descendiese a su creatura, o sea, a la obra que había modelado, a fin de que ésta lo acoja y a su vez sea acogida por él, y se eleve hasta el Verbo, superando a los ángeles por hacerse a imagen y semejanza de Dios[2].

Anexo

« Y el reino y el imperio y la grandeza de los reinos bajo los cielos todos serán dados al pueblo de los santos del Altísimo. Reino eterno es su reino, y todos los imperios le servirán y le obedecerán. » (Dn. 7, 27)

« Digo que es cierto que vendrá este reinado de Cristo y de los santos, y que no será solamente espiritual como el que ha tenido siempre en la tierra, cuando sufrieron persecuciones y el martirio, sino será corporal y glorioso, pues reinarán gloriosamente con Cristo para siempre. Sin embargo, Cristo y los santos comenzarán este reino en la tierra, tras la muerte del Anticristo. Entonces, destruído su reino, la Iglesia reinará en todo el orbe y habrá un solo rebaño y un solo pastor constituido por judíos y gentiles, ya que no dice ‘‘arriba’’ sino ‘‘bajo el cielo’’, es decir toda la tierra, todo el espacio que se halla bajo el cielo. Luego, un poco después, este reino será confirmado y glorificado por toda la eternidad[3]. » (Cornelius a Lapide, Commentaria In Danielem Prophetam 7, 27)

« Porque, mientras que la iniquidad se acrecentará, se odiarán unos a otros, se perseguirán y entregarán: y entonces aparecerá el impostor del mundo como hijo de Dios, y hará señales y prodigios. Y la tierra será entregada en sus manos. Y cometerá iniquidades como jamás se hizo en el decurso de los siglos.  Entonces vendrá el Juicio de los hombres en el fuego de la prueba. Y muchos se escandalizarán y perecerán. Pero los que perseveraren en su fe, se salvarán de la misma condenación. Y luego aparecerán las señales de la verdad: primero la señal de la revelación en el cielo, después la señal de la voz de trompeta, y finalmente, la resurrección de los muertos. Pero no de todos, sino según fue dicho: “Vendrá el Señor, y todos los santos con Él.” Entonces el mundo verá al Señor, viniendo sobre las nubes del cielo[4]. » (Didaché 16, 4-8)

« Acontecerá en lo postrero de los tiempos, que será confirmado el monte de la casa de Jehová como cabeza de los montes, y será exaltado sobre los collados, y correrán a él todas las naciones. Y vendrán muchos pueblos, y dirán: Venid, y subamos al monte de Jehová, a la casa del Dios de Jacob; y nos enseñará sus caminos, y caminaremos por sus sendas. Porque de Sion saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra de Jehová. Y juzgará entre las naciones, y reprenderá a muchos pueblos; y volverán sus espadas en rejas de arado, y sus lanzas en hoces; no alzará espada nación contra nación, ni se adiestrarán más para la guerra. »                        (Is. 2, 2-4)

« Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio, y él envíe a Jesucristo, que os fue antes anunciado; a quien de cierto es necesario que el Cielo reciba hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, de que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde tiempo antiguo. »  (He. 3, 19-21)

« Entonces los que se habían reunido le preguntaron, diciendo: Señor, ¿restaurarás el reino de Israel en este tiempo? Y les dijo: No os toca a vosotros saber los tiempos o el momento que el Padre ha fijado con su autoridad; pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra. » (He. 1, 6-8)

« Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados. Pero cada uno en su debido orden: Cristo, las primicias; luego los que son de Cristo, en su venida. Luego el fin, cuando entregue el reino al Dios y Padre, cuando haya suprimido todo dominio, toda autoridad y potencia. Porque preciso es que él reine hasta que haya puesto a todos sus enemigos debajo de sus pies.  Y el postrer enemigo que será destruido es la muerte. (…) Pero esto digo, hermanos: que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción. He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados. Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad » (I Cor. 22-26; 50-53).

« XV. 1. Pasando a otro punto, también acerca del sábado, se escribe en el decálogo, es decir, en las diez palabras que habló Dios en el monte Sinaí a Moisés cara a cara: Y santificad el sábado del Señor con manos limpias y corazón puro. Y en otro lugar dice: Si mis hijos guardaren el sábado, entonces pondré sobre ellos mi misericordia. Del sábado habla al principio de la creación: E hizo Dios en seis días las obras de sus manos y acabolas en el día séptimo, y descansó en él y lo santificó. Atended, hijos, qué quiere decir lo de: Acabolos en seis días. Esto significa que en seis mil años consumará todas las cosas el Señor, pues un día es para Él mil años. Lo cual, Él mismo lo atestigua, diciendo: He aquí que el día del Señor será como mil años. Por lo tanto, hijos, en seis días, es decir, en los seis mil años, se consumarán todas las cosas. Y descansó en el día séptimo. Esto quiere decir: Cuando venga su hijo y destruya el siglo del inicuo y juzgue a los impíos y mudare el sol, la luna y las estrellas, entonces descansará de verdad en el día séptimo. Y por contera dice: Lo santificarás con manos limpias y corazón puro. Ahora, pues, si pensamos que pueda nadie santificar, sin ser puro de corazón, el día que santificó Dios mismo, nos equivocamos de todo en todo. consiguientemente, entonces por nuestro descanso lo santificaremos de verdad, cuando, justificados nosotros mismos y en posesión ya de la promesa, seremos capaces de santificarlo; es decir, cuando ya no exista la iniquidad, sino que nos hayamos vuelto todos nuevos por el Señor, entonces, si, santificados primero nosotros, podremos santificar el día séptimo. Por último, les dice: Vuestros novilunios y vuestros sábados no los aguanto. Mirad cómo dice: No me son aceptos vuestros sábados de ahora, sino el que yo he hecho, aquél en que, haciendo descansar todas las cosas, haré el principio de un día octavo, es decir, el principio de otro mundo. Por eso justamente nosotros celebramos también el día octavo con regocijo, por ser día en que Jesús resucitó de entre los muertos y, después de manifestado, subió a los cielos » (Epístola de Bernabé[5]).

« […] los cielos y la tierra que existen ahora, están reservados por la misma palabra, guardados para el fuego en el día del juicio y de la perdición de los hombres impíos. Mas, ¡oh amados!, no ignoréis esto: que para con el Señor un día es como mil años, y mil años como un día. El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento. Pero el día del Señor vendrá como ladrón en la noche; en el cual los cielos pasarán con grande estruendo, y los elementos ardiendo serán deshechos, y la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas. Puesto que todas estas cosas han de ser deshechas, ¡cómo no debéis vosotros andar en santa y piadosa manera de vivir, esperando y apresurándoos para la venida del día de Dios, en el cual los cielos, encendiéndose, serán deshechos, y los elementos, siendo quemados, se fundirán! Pero nosotros esperamos, según sus promesas, cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia » (2 Pe. 3, 7-13).

« Porque he aquí, viene el día ardiente como un horno, y todos los soberbios y todos los que hacen maldad serán estopa; aquel día que vendrá los abrasará, ha dicho el Señor de los ejércitos, y no les dejará ni raíz ni rama. Mas para vosotros, que teméis mi nombre, se levantará el Sol de justicia, y en sus alas traerá la salvación; y saldréis, y saltaréis como becerros de la manada » (Mal. 4, 1-2).

 

« Cuando, al término del año jubilar, instituimos la fiesta de Cristo Rey y su solemne celebración en todo el orbe cristiano, no sólo declaramos el sumo imperio de Jesucristo sobre todas las cosas, sobre la sociedad civil y la doméstica y sobre cada uno de los hombres, mas también presentimos el júbilo de aquel faustísimo día en que el mundo entero, espontáneamente y de buen grado, aceptará la dominación suavísima de Cristo Rey » (Pío XI, Miserentissimus Redemptor[6], 1928).

 

« Y salió del trono una voz que decía: ‘‘Alaben a nuestro Dios, todos sus servidores, todos los que honran a Dios, pequeños y grandes.’’ Y oí el ruido de una multitud inmensa, como el ruido del estruendo de las olas, como el fragor de fuertes truenos. Y decían: ‘‘¡Aleluya! Porque ha establecido su reino el Señor, nuestro Dios Todopoderoso. Alegrémonos, regocijémonos, démosle honor y gloria, porque han llegado las bodas del Cordero. Su esposa se ha engalanado, la han vestido de lino fino, deslumbrante de blancura, porque el lino fino son las buenas acciones de los santos’’. Después el ángel me dijo: ‘‘Escribe: Felices los que han sido invitados al banquete de las bodas del Cordero’’» (Apoc. 19, 5-9).

 

« No se oirá más hablar de violencia en tu tierra, ni de despojo o quebranto en tus fronteras, antes llamarás a tus murallas Salvación y a tus puertas Alabanza. No será para ti ya nunca más el sol luz del día, ni el resplandor de la luna te alumbrará de noche, sino que tendrás a Yahveh por luz eterna, y a tu Dios por tu hermosura. No se pondrá jamás tu sol, ni tu luna menguará, pues Yahveh será para ti luz eterna, y se habrán acabado los días de tu luto. Todos los de tu pueblo serán justos, para siempre heredarán la tierra; retoño de mis plantaciones, obra de mis manos para manifestar mi gloria » (Is. 60, 18-21).

« Dijo también al que le había convidado: Cuando hagas comida o cena, no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a vecinos ricos; no sea que ellos a su vez te vuelvan a convidar, y seas recompensado. Mas, cuando hagas banquete, llama a los pobres, los mancos, los cojos y los ciegos; y serás bienaventurado; porque ellos no te pueden recompensar, pero te será recompensado en la resurrección de los justos » (Lc. 14, 12-14).

« En ese momento Pedro dijo: “Ya ves que nosotros hemos dejado todo lo que teníamos y te hemos seguido.” Jesús respondió: “Yo les aseguro que ninguno dejará casa, esposa, hermanos, padre, o hijos a causa del Reino de Dios sin que reciba mucho más en el tiempo presente y, en el mundo venidero, la vida eterna”» (Lc. 18, 28-30).

« Porque he aquí que yo crearé nuevos cielos y nueva tierra; y de lo primero no habrá memoria, ni vendrá más al pensamiento. Mas os rogocijaréis y os alegraréis para siempre en las cosas que yo he creado; porque he aquí que yo traigo a Jerusalén alegría, y a su pueblo gozo. Y me alegraré con Jerusalén, y me gozaré con mi pueblo; y nunca más se oirán en ella voz de llanto ni de clamor » (Is. 65, 17-19).

 

« Padre nuestro, que estás en el Cielo, santificado sea tu Nombre, venga a nosotros tu Reino, hágase tu voluntad, así en la tierra como en el Cielo » (Mt. 6, 9-10).

« ¡Ven, Señor Jesús! » (Ap. 22, 20).

[1] San Ireneo, (nacido en Esmirna, Asia Menor, circa 130 – muerto en Lyon, Galia, circa 202),  Padre y Doctor de la Iglesia, fue obispo de Lyon desde el año 189. Es considerado como el más importante adversario del gnosticismo del siglo II.  Su obra principal es Contra los herejes. Exposición y refutación de la falsa gnosis. San Ireneo fue el más ilustre de los discípulos del obispo de Esmirna, San Policarpo, quien, a su vez, fue discípulo del Apóstol San Juan, autor del libro del Apocalipsis. https://es.wikipedia.org/wiki/Ireneo_de_Lyon

[2] Texto tomado de : http://www.clerus.va/content/clerus/es/biblioteca.htmlhttp://www.mercaba.org/TESORO/IRENEO/00_Sumario.htm

[3] « Dico ergo, certum est hoc regnum fore Christi et Sanctorum: illudque non tantum spirituale, quale fuit in terra, cum ipsi persecutionibus, martyriis et morti obnoxii : sed etiam corporale ac gloriosum, quo scilicet Sancti et corpore et anima beati, cum Christo in coelis gloriose regnabunt in saecula saeculorum. Porro hoc regnum inchoabunt Christus et sancti in terra, mox post necem Antichristi; tunc enim Antichristi regno everso, Ecclesia ubique terrarum regnabit, et fiet tam ex Judaeis quam ex Gentibus unum ovile, et unus pastor: et hoc innuitur hic, cum ait, non ‘‘quae est super’’, sed ‘‘quae est subter omne caelum’’, id est in omni terra, sive in omni plaga caelo subjecta. Deinde paulo post hoc regnum confirmabitur et glorificabitur in coelis per omnem aeternitatem. » http://reader.digitale-sammlungen.de/en/fs1/object/goToPage/bsb10624768.html?pageNo=90

[4] http://hjg.com.ar/blog/xtras/didache.pdf – La Enseñanza de los doce apóstoles​ o Enseñanza del Señor a las naciones por medio de los doce apóstoles, conocida comúnmente como Didaché, es una obra de la literatura cristiana primitiva que pudo ser compuesta en la segunda mitad del siglo I,​ acaso antes de la destrucción del Templo de Jerusalén (70 d. C.), por uno o varios autores, los didaquistas,​ a partir de materiales literarios judíos y cristianos preexistentes. https://es.wikipedia.org/wiki/Didach%C3%A9

[5] http://escrituras.tripod.com/Textos/EpBernabe.htm#http://www.mercaba.org/TESORO/427-5.htm

La Epístola de Bernabé es un tratado cristiano de 22 capítulos, escrito en griego, con algunas características de epístola. Ha sido preservado en el Codex Sinaiticus del siglo IV, donde aparece al final del Nuevo Testamento. Tradicionalmente es atribuida a Bernabé, colaborador y compañero de Pablo de Tarso, mencionado en el libro de Hechos de los Apóstoles; también lo ha sido a otro cristiano notable, Barnabé de Alejandría, o a cualquier maestro cristiano desconocido. https://es.wikipedia.org/wiki/Ep%C3%ADstola_de_Bernab%C3%A9

[6] https://w2.vatican.va/content/pius-xi/es/encyclicals/documents/hf_p-xi_enc_19280508_miserentissimus-redemptor.html

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