ASPECTOS BIOGRÁFICOS

SERMON DEL PADRE FRANCOIS EGREGYI EL 4 DE OCTUBRE DE 1981

EN EL PRIORATO DE CRISTO REY (BRUSELAS, BELGICA)

JUEVES, 1 DE SEPTIEMBRE DE 2011

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

Carísimos hermanos:

El martes pasado hemos celebrado la fiesta de San Miguel Arcángel y, por la misma circunstancia, el segundo aniversario de nuestra instalación en Bruselas, ciudad de la que este Arcángel es el patrón celestial. Como ustedes saben, esta capilla está habitualmente a cargo de sacerdotes de la Fraternidad San Pío X que Mons. Lefebvre fundara hace unos diez años.

Dado que desde hace algún tiempo circulaban entre los tradicionalistas belgas ciertos rumores absurdos, tendientes a desprestigiarme, algunos de ustedes tuvieron la idea de enviar una carta colectiva a Mons. Lefebvre para restablecer la verdad. Deseo sinceramente agradecer a esas personas, y deseo asimismo expresarles mi reconocimiento porque he sabido, como es natural, que prácticamente todos los fieles que frecuentan habitualmente esta capilla y que estaban presentes aquel domingo han firmado de buen grado esa carta colectiva para brindar su testimonio.

No obstante esas gestiones de vuestra parte, ¡Mons. Lefebvre me ordena dejar el Priorato de Bruselas y decide trasladarme a otro Priorato, en los Estados Unidos! Me veo empero en la obligación de rehusarme categóricamente a ese traslado que responde a razones injustas, y esto por varios motivos. En primer lugar, tal traslado es el resultado de maledicencias y calumnias diversas difundidas por un pequeño número de individuos que no asisten prácticamente nunca a esta capilla. Difícilmente puedo admitir ese exilio forzoso, pues mis superiores ni siquiera se han tomado el trabajo de verificar la veracidad de tales rumores y habladurías. En segundo lugar, mi superior exige que yo eche a varias personas que vienen regularmente a esta capilla, porque ellas no tienen la misma opinión que él sobre Juan Pablo II y sobre la nueva “misa”. Pero – como lo saben los que conocen el derecho canónico – siendo ésta una capilla pública, me encuentro en la imposibilidad de expulsar a quien quiera si no es un hereje manifiesto o una persona que lleva una conducta inmoral o amoral. Finalmente, y esto es mucho más grave, la verdadera razón de mi traslado a los Estados Unidos es otra, pero mis superiores no quieren confesarlo abiertamente. La verdadera razón, hermanos, es la siguiente: yo no estoy en comunión con Juan Pablo II y creo que la nueva “misa” es inválida de derecho, por vicio de forma y de intención, y que, en consecuencia, no se puede asistir a ella. Porque para los sacramentos, como para la Misa, debemos estar absolutamente ciertos de su validez. No tenemos ningún derecho a utilizar sacramentos que ofrezcan la menor duda en cuanto a su validez. Debemos estar absolutamente seguros de poder recibir verdaderos sacramentos y de recibir la gracia. Esa es la verdadera razón de mi remisión a los Estados Unidos.

Estos dos dominios: Juan Pablo II y la nueva “misa”, no son meras cuestiones de opinión – como se persiste en repetir con ligereza -: son en realidad cuestiones de fe y de caridad. Si Pablo VI y Juan Pablo II son Papas, hay que obedecerles en todo lo que hace al dogma, la moral y la disciplina de los sacramentos, ya que ellos no pueden equivocarse en tales materias, sobre todo cuando promulgan ritos sacramentales, porque la promulgación de un rito sacramental comporta la infalibilidad pontificia. Si no les obedecemos, entonces ¡somos nosotros los que nos hacemos cismáticos! Así, nosotros deberíamos celebrar la nueva “misa” y ustedes deberían asistir a ella regularmente. Así también habría que creer que absolutamente todos los hombres – aun los no-bautizados – son hijos de Dios por efecto de la Encarnación de Cristo. Además deberíamos creer que hay medios de salvación eterna en todas las sectas no-católicas. Y habría que creer también que el error tiene tantos derechos como la verdad en la propagación de todas las religiones no-católicas y que los Estados Católicos deben defender y proteger el error. Porque todo esto es lo que enseñan oficialmente Pablo VI y Juan Pablo II. Ustedes encontrarán todos sus errores doctrinales en L´Osservatore Romano y en La Documentation Catholique semana a semana. ¡Un verdadero Papa, asistido como está por el Espíritu Santo, aun en su magisterio ordinario, no puede promulgar urbi et orbi cosas tan aberrantes, tan heterodoxas y tan heréticas como (lo han hecho) Pablo VI y Juan Pablo II! ¡Eso es imposible! Todos los bautizados están obligados, por la profesión de su fe, a darse cuenta de si el bien común de la Iglesia está o no resguardado por las personas a quienes ha tocado esta misión de preservar activamente ese bien. En lo tocante a nuestra salud física, somos diligentes y ponemos cuidado en no aceptar un alimento echado a perder, adulterado, viejo o tóxico. En lo relativo a nuestra salvación eterna, debemos por lo menos hacer otro tanto. Quienquiera sea, aun la más alta autoridad civil, nadie tiene el derecho de ordenarnos que aceptemos dejarnos envenenar para salvaguardar las apariencias de la tranquilidad pública por la concordia. En las cuestiones de fe, entonces, nadie puede legítimamente pedirnos que recibamos pasivamente un cuerpo de doctrina herética e injuriosa para Nuestro Señor Jesucristo, y esto con el pretendido fin de no develar la tiara que ya nadie lleva ni quiere llevar.

El primero de todos los bienes confiados a la Iglesia por Nuestro Señor, la Misa, el Sacrificio Incruento que renueva el Sacrificio del Calvario, es, desde hace una veintena de años, el objeto de ataques quizás menos violentes pero ciertamente más hipócritas que aquéllos del siglo XVI, que aquéllos de la Primera Reforma. A los primeros que se negaron a caminar, se les dijo: “Este problema está más allá de su competencia, no le corresponde a Ud. el zanjar una cuestión tan grave.” Ustedes conocen el resultado. Los que se dejaron impresionar por este falso argumento asisten hoy a una sinaxis presidida por un individuo en camisón de Taizé entonando cantinelas vernáculas. Hoy se sirven del mismo artificio para llevarnos a aceptar la ocupación total de la Sede Apostólica por una persona que no deja de predicar otra religión y otro evangelio distinto de la religión y el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo: una religión y un evangelio que tienen como fundamento el culto del Hombre. Constantemente se nos habla del culto del Hombre, de los derechos del Hombre. Es una religión humanitaria, puramente humanitaria, puramente humanista, que nada tiene que hacer con la religión que Nuestro Señor Jesucristo ha instituido. Y se agrega: “Nuestra solución (que es la de aceptar por hipótesis la legitimidad de Juan Pablo II) es la única que preserva la visibilidad de la Iglesia. Luego, si ustedes la rechazan, ustedes son cismáticos.” El argumento equivale a decir, a fin de cuentas: Si la verdadera Iglesia desapareciera a vuestros ojos de carne, deberían apresurarse a encontrar otra, siempre que sea visible.” No, hermanos; lo que hay que hacer es ver con los ojos de la fe que la Iglesia no puede caer en manos de sus enemigos. Lo que es necesario es no hacerse acreedor al reproche merecido por los apóstoles cuando se creyeron privados de la asistencia del divino Maestro, dormido durante la tempestad: “Hombres de poca fe.” Lo que es necesario es implorar con confianza a Nuestro Señor que tenga a bien abreviar nuestra prueba, pero la primera muestra de confianza justamente será no dirigirla a otro que a El. Es solamente a Nuestro Señor Jesucristo a quien podemos dirigir esta súplica de abreviar nuestra prueba. ¡No a otras personas! Yo pensaba, en lo que a mí toca, muy inocentemente quizá, que permaneciendo en la Fraternidad me sería posible, con el tiempo, explicando la doctrina de la Iglesia de siempre a las almas que me eran confiadas, por medio de sermones, de charlas privadas, hacerles comprender la situación tal como se presente en la nueva iglesia reformada que se encarama en la verdadera Iglesia como una enredadera enferma. Esto es lo que hace esta nueva iglesia, quiere hacerse pasar por la verdadera Iglesia. ¡Pues bien!, ella no es la verdadera Iglesia. Yo pensaba poco a poco llevarlos, con paciencia, a descubrir la herejía y el cisma que se han instalado en el Vaticano, gracias a Juan XXIII y su Concilio, luego gracias a Pablo VI y a Juan Pablo II. Mi superior ha juzgado de otra manera: he ahí la razón por la cual debo hacer bruscamente las cosas hoy.

Hermanos, llega un momento en el cual se hace un deber “desobedecer” a los hombres para obedecer a Dios. Normalmente, en mi caso, yo debería aceptar el traslado que me es notificado por mi superior. Pero me resulta imposible obedecer al mismo, dado que en los Estados Unidos se me obligará igualmente a callarme sobre estas cuestiones capitales. Y en Econe, en ocasión de mi retiro, a comienzos del mes de septiembre, uno de mis superiores (el Padre Aulagnier) quiso hacerme trasladar a una de nuestras escuelas para enseñar el inglés exigiéndome mi palabra de honor de que yo cantaría el cántico por Juan Pablo II en la exposición del Santísimo Sacramento y que no diría nada a los alumnos, ni siquiera bajo dirección espiritual, ni aun en confesión, de mis opiniones sobre la Sede vacante. Evidentemente, no acepté dar semejante palabra de honor. Habría muchas cosas para decir sobre todas estas cuestiones; hoy el tiempo me falta para extenderme en ellas. Deseo sin embargo manifestarles que estoy a disposición de todos aquéllos que honestamente y sinceramente desean tener más información. Por desgracia, hoy en día muchos tradicionalistas están divididos respecto de Juan Pablo II – luego de haber estado, por un tiempo, unidos contra Pablo VI – ya que por ciertas razones misteriosas estos tradicionalistas esperan hacer la paz con él y ser bien vistos por él. No comprendo bien por qué habríamos de hacer la paz con “una máscara religiosa detrás de la cual no hay nada”, como bien lo decía aquel joven vicario de Córdoba, en Méjico, a Mons. Lefebvre en ocasión de su visita a principios de este año. Porque eso es la nueva iglesia: es “una máscara religiosa detrás de la cual no hay nada”, todo se desmorona en esta iglesia: no hay más vocaciones, los sacerdotes y los religiosos abandonan su vocación.

Para terminar, hermanos, querría decirles que yo no estoy de ninguna manera prisionero de los “rexistas” o de los neo-nazis, de los guerardianos o de los barbaristas, porque también esto era parte de las habladurías absurdas que circulaban a propósito de mí. No soy prisionero sino de Nuestro Señor Jesucristo y de la doctrina de su Iglesia católica de siempre. No soy incondicional más que de Nuestro Señor Jesucristo, de nadie más, ¡métanse bien esto en sus cabezas!

Pienso poder, con la ayuda de Nuestro Señor y de su Santísima Madre, continuar ejerciendo mi ministerio en Bruselas en otro lugar. Oportunamente les informaré del mismo. Mientras tanto, me permito pedirles encarecidamente vuestras oraciones: primero y sobre todo, por la conversión de Juan Pablo II a la verdadera fe, por la salvación eterna de su alma, porque está en la vía de la perdición con esas doctrinas heréticas y heterodoxas que está enseñando públicamente; luego, por el fortalecimiento de Mons. Lefebvre; y finalmente, por mí mismo, que he tenido la responsabilidad de vuestras almas durante estos dos años.

Que Dios los bendiga por su fidelidad y por su generosidad en el curso de estos dos años, y que El los esclarezca con sus luces, para ver bien claro en esta abominable crisis de la Iglesia, y que los asista para obrar en consecuencia.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

Francois Egregyi, sacerdote.a

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