PRINCIPIOS SOBRE EL USO DE SACRAMENTOS

 

[El original en inglés de la siguiente traducción puede verse abajo]

PRINCIPIOS SOBRE EL USO DE SACRAMENTOS

El Papa Juan Pablo II  estuvo en tratos con los arzobispos Thuc y Lefebvre

Principios  que han de aplicarse tratando con sacerdotes que quieren defender a la Iglesia Católica

[Editado por Rev. François Egregyi]

Las notas al pie se encuentran al final de este estudio.

Con el fin de demostrar a los fieles cuándo están obligados a huir de algún  sacerdote en particular sin que puedan, en ninguna circunstancia (1), recibir de él los sacramentos, es suficiente saber:

[1] Que el sacerdote reconoce a Juan Pablo II como Papa, o

[2] que apoya el arzobispo Marcel Lefebvre, o

[3] Que, incluso si se refiere a la Santa Sede como vacante y denuncia a Lefebvre, da los sacramentos a personas que aceptan a Juan Pablo II como Papa o a los partidarios de Lefebvre, o

[4] Da los sacramentos a personas que, incluso si denuncian a Juan Pablo II y Lefebvre, sin embargo, reciben los sacramentos de sacerdotes que, o bien los apoyan o se muestran ambiguos respecto de ellos, o

[5] Reconocen la autoridad del arzobispo vietnamita Ngo Dinh- Thuc, o

[6] Da los sacramentos a personas que también reciben los sacramentos de sacerdotes que reconocen la autoridad de Ngo Dinh Thuc-.

Probemos, por autoridades definitivas o con  argumentos irrefutables en última instancia, sobre la base de autoridades definitivas, que las proposiciones son correctas. Echemos un vistazo a cada caso .(2)

[1] El sacerdote reconoce Juan Pablo II como Papa. De él sólo es necesario decir:

[11] Un hombre, sacerdote o laico, que reconoce a un no católico como su líder religioso, es necesariamente un miembro de esa “iglesia” no católica o secta, porque es imposible que un miembro de una secta no católica sea también miembro de la Iglesia Católica. “Ninguno puede servir a dos señores” (3), a pesar de la gran número de personas que lo hagan.

[12] Quien reconoce Juan Pablo II como Papa, por tanto, se pone totalmente fuera de la Iglesia Católica de las siguientes maneras:

[121] Por lo menos cayendo en cisma, porque el delito proviene no sólo de no reconocer al Papa legítimo, sino también de la sumisión a un reclamante ilegítimo al papado.

[122] Por herejía implícita, ya que es imposible reconocer a un hereje como Papa sin que se niegue implícitamente la doctrina revelada e infalible de que un hereje no puede ser Papa, por un lado, o se niegue que sus herejías son verdaderas herejías, por el otro.

[13] Sin perjuicio de la excepción ya mencionada en la nota Nº (1), un católico no puede, en ningún caso, recibir los sacramentos de un sacerdote no católico, incluso si los sacramentos son válidos (4), y cualquiera que lo hiciere conscientemente comete pecado mortal.

Porque, si bien la ley permite que los fieles “por cualquier causa justa” reciban sacramentos de un sacerdote excomulgado (Canon 2261), este permiso no se extiende a un sacerdote excomulgado que no es católico. Sería participación activa en el culto con no católicos – communicatio in sacris cum acatholicis – y está inequívocamente prohibida por el Canon 1258/1: “Es ilícito que los fieles de cualquier manera activa presencien o participen en los servicios religiosos de los no católicos. “(5) No es necesario decir que no existen circunstancias en las que se pueda cometer pecado mortal, ni siquiera para recibir los sacramentos; sobre todo, cuando se trata de sacramentos.

[2] El sacerdote apoya al Arzobispo Lefebvre o se niega a denunciarlo.

 

[21] El sacerdote que apoya a Marcel Lefebvre y le presenta como un valiente defensor de la fe católica comete, como mínimo, los siguientes delitos, incluso si no es miembro de la Sociedad de San Pío X:

[211] Está apoyando a un hombre que ha suscrito públicamente, y nunca se retractó, notorias herejías, como lo hizo en la “Declaración” herética del Vaticano II sobre el Ecumenismo.

[212] Está apoyando a un hombre que reconoce públicamente, en virtud del reconocimiento de Juan Pablo II como su “Santo Padre,” ser miembro de la Iglesia conciliar” de Juan Pablo II.

[213] Por tanto, apoya, poniéndose de su mismo lado, a un enemigo de Cristo.

[214] Ya por esto está  condenado lo bastante, pero él también, hasta donde podemos ver, sólo por esto, se ha puesto fuera de la Iglesia Católica, porque si Lefebvre es un miembro de la iglesia de Juan Pablo II, ¿cómo se puede estar en el misma iglesia que Lefebvre, sin ser también de la misma iglesia que Juan Pablo II?

[22] “Pero suponiendo que lo que se dice en [214] no fuere verdad”, se puede objetar, “¿por qué no hemos de recibir los sacramentos de un tal sacerdote, con el permiso otorgado por la ley en virtud del Canon 2261, que permite a los fieles recibir los sacramentos por causa justa “de un sacerdote excomulgado?”  Pues porque  nadie puede exponerse al peligro de ser pervertido por  falsos maestros, ni puede  recibir los sacramentos de un sacerdote que da escándalo público. Refiriéndose a pecadores notorios (6) Santo Tomás de Aquino dice que,  siendo sacerdotes herejes y cismáticos, “sin embargo tienen el poder de consagrar la Eucaristía, aunque no hacen un uso adecuado de la misma, por lo que pecan al celebrarla. Ahora bien,  el que comunica con otro que está en pecado se convierte en partícipe de su pecado. De ahí que leemos en 2 Juan 11 que “el que le dice: Dios te salve, comunica con sus malas obras.” Por consiguiente, no es lícito recibir la comunión de él o asistir a su Misa

Por otra parte, el sacerdote que apoya Lefebvre con toda seguridad estaría dispuesto a dar los sacramentos a los demás que apoyan Lefebvre, incluidos los miembros de la Sociedad de San Pío X, y esto implica otro delito de sacrilegio público, como se explica en los números [3] y [4] de abajo.

[23] ¿Pero qué pasa si un sacerdote da un apoyo meramente restrictivo a Lefebvre, manteniendo que ahora procede incompetentemente, por ejemplo, en defensa de la verdad y de la tradición católica- pero que al menos al comienzo acostumbraba a explicar la verdad?  Al decir que Lefebvre es absolutamente un obispo católico, el sacerdote está diciendo que Lefebvre es miembro de la misma Iglesia que él, lo que es lo mismo que decir que él (el sacerdote) es miembro de la misma iglesia de Lefebvre. Y como Lefebvre abierta y públicamente profesa que Juan Pablo II es su papa, al estar en la misma iglesia que Lefebvre, siguiendo estrictamente el argumento, profesa que se encuentra en la misma iglesia que Juan Pablo II y por tanto, fuera de la Iglesia Católica. Es cierto que es posible imaginar a alguien diciendo que él es miembro de la misma iglesia que Juan Pablo II – de hecho, en nuestros días, es posible imaginar a la gente decir prácticamente cualquier cosa – sin que tal afirmación tenga más sentido que el que tiene afirmar de que algo que es a la vez blanco y negro; pero el fiel que se expone a un sacerdote así es como si se expusiera a un loco.

Por otra parte, como se dijo en  [23] no existe ninguna posibilidad de que dicho sacerdote niegue los sacramentos a los Lefebvristas , crimen que se explica en los números [3] y [4] abajo.

[24] ¿Y si el sacerdote no apoya Lefebvre sino que simplemente se niega a denunciarlo cuando es justo que deba hacerlo? Un sacerdote, o cualquier otro, está obligado a hacer lo que pueda para evitar que los fieles bajo su influencia se expongan  a los herejes y participen en sacramentos sacrílegos, y su deber de decir a los fieles que se aparten  de Lefebvre y sus colaboradores es no menos grave que su deber de decirles que no tengan nada que ver con la Iglesia ortodoxa griega o los luteranos. En este caso, como Lefebvre sostiene que él es un obispo católico, no oponerse a él es darle apoyo tácito. Tampoco se trata de una teoría inventada por nosotros mismos para dar peso a nuestro posición. Por el contrario, se trata de una enseñanza de la Iglesia. “No oponerse a una doctrina errónea es aprobarla“, escribió el Papa Inocencio III, “y no defender la verdadera doctrina es suprimirla“. (7) Es difícil pensar en una doctrina más desastrosamente errónea  que la que sostiene que la Sede de Pedro está válidamente ocupada por Juan Pablo II, el cual  pudo ser descrito justamente como la personificación de la síntesis de las doctrinas erróneas que impregnan nuestra era.

Y, una vez más, si el sacerdote no denuncia a Lefebvre, no puede negar los sacramentos a las personas que también van a Lefebvre o a sus asociados para recibir los sacramentos, que ahora examinaremos en los siguientes dos números.

[3] El sacerdote se refiere a la Santa Sede como vacante y denuncia a Lefebvre, pero da los sacramentos a personas que consideran a Juan Pablo II como Papa y / o a los partidarios de Lefebvre.

[31] Los miembros de la “Iglesia conciliar” son, como se muestra en [1] y [2], no católicos. Lo mismo se aplica a los miembros y simpatizantes de la Sociedad de Lefebvre de San Pío X. Dado que la Sociedad es parte de la “Iglesia conciliar”, necesariamente, es un miembro de la misma.

[32] En su trato con los no católicos, los sacerdotes católicos están, por tanto, firmemente obligados por  el Canon 731, cuya segunda, y relevante frase dice lo siguiente: “Se prohíbe la administración de los sacramentos de la Iglesia a los herejes o cismáticos, aunque estén equivocados de buena fe y los pidan, a menos que hayan renunciado a  sus errores y se hayan reconciliado con la Iglesia “.

[33] El sacerdote que hace caso omiso de Canon 731 está cometiendo públicamente el delito de sacrilegio por profanar la Preciosa Sangre de Nuestro Señor, y el que recibe los sacramentos de un sacerdote de quien él sabe que hace eso, está asociado a su acción y debe compartir su castigo. [Ver 22] Y cualquiera que piense que no es adecuado para un lego  preocuparse de los dichos delitos, diciéndose a sí mismo que tal vez el sacerdote sólo lo hace por caridad, y que lo mejor es no ser duro en estos tiempos de confusión, simplemente está demostrando su ignorancia, muy frecuente en la actualidad, acerca de cuán terribles son hoy día los sacrilegios.  Los pecados directamente contra Dios son mucho peores que los pecados contra nuestros semejantes.

Quizás lo mejor que debe hacer una persona que desea ir a la misa de un sacerdote que acoge a todos los asistentes a la barandilla de la comunión, es preguntarse a sí mismo si él también iría a la misa de un sacerdote que, como parte de su actuación, escupe a Hostias consagradas y luego las arroja al suelo, porque el delito los dos casos es de la misma naturaleza.

[4] El sacerdote que da los sacramentos a personas que, a pesar de que  denuncian Juan Pablo II y a Lefebvre, sin embargo también reciben  los sacramentos de  sacerdotes que los apoyan o son equívocos acerca de ellos. Aunque la demostración de que tal sacerdote debe ser evitado es más complicada, no es menos irrefutable, como se muestra por una lectura cuidadosa de los argumentos siguientes

[41] Un sacerdote no puede administrar los sacramentos (aparte, por supuesto, del sacramento de la penitencia a un católico penitente) a los no católicos o católicos que notoriamente llevan  vidas en pecado mortal;  hacerlo es cometer un sacrilegio.

[42] Una persona que recibe consciente y públicamente los sacramentos de no católicos,  pública y escandalosamente comete el crimen sacrílego de “communicatio in sacris cum acatholicis“. Él también incurre en una “sospecha de herejía” (Canon 2316).

[43] El sacerdote que administra los sacramentos a una persona que comete el delito dicho en [42] – dar los sacramentos a alguien que escandalosa y notoriamente lleva una vida de pecado mortal-  de manera abierta y escandalosa comete sacrilegio. Al igual que en [33] supra, quien recibe los sacramentos de un sacerdote así “comunica con sus malas obras.” (8)

[5] El sacerdote reconoce la autoridad del arzobispo vietnamita Ngo Dinh Thuc.

[51] La lista de los delitos que ha cometido Thuc contra la Iglesia y contra Dios es larga, y nosotros mencionaremos sólo algunos de los más terribles.

[511] En el Vaticano II  cayó en la herejía, como todos los otros obispos y cardenales, y automáticamente perdió sus cargos eclesiásticos, incluyendo, por supuesto, el de obispo. Incluso, dicho sea de paso, suscribió la Declaración sobre la Libertad Religiosa que Lefebvre firmó también (a pesar de su negación ulterior). Como nunca se ha retractado de su firma en los documentos o renegado de sus herejías (¡a pesar de que ha acusado otros de herejía!) continuó siendo un no católico y un ex-obispo.(9)

[512] En enero de 1976 quebrantó el  Canon 953, y por lo tanto en virtud del Canon 237 quedó suspendido de todos sus cargos si todavía hubiera mantenido algún cargo para ser suspendido, al consagrar varios obispos sin mandato papal otorgado expresamente. (Uno de los obispos recién consagrados más tarde fundó la secta Palmar de Troya, que se nombró a sí mismo “Papa” y tomó el nombre de Gregorio XVII.)

[513] Él continuó  reconociendo la jurisdicción del  no católico “Papa” Pablo VI, cuando éste “levantó” la suspensión en que había incurrido (o más bien habría incurrido) en [512].

En 1983 publicó una proclamación declarando correctamente que la Santa Sede estaba vacante. Ello no obstante, no quedó restaurado en  su propio cargo, primero porque los cargos no se restauran automáticamente, sino que deben ser devueltos por la autoridad competente, es decir, por el Papa, en segundo lugar, porque, al no haberse retractado de sus herejías, y quedando por tanto fuera de la Iglesia, no podría de todos modos ser elegible para cualquier cargo en la Iglesia católica.

[515] Más o menos al mismo tiempo que él emitió la proclamación, se volvió a rebelar, contra el Canon 953, al consagrar obispos, y de nuevo  habría sido suspendido en virtud del Canon 2370, aunque en realidad no  había nada para ser suspendido. En virtud de  los mismos cánones también fueron suspendidos, los que él consagró, y todos los que participaron en las consagraciones.

[52] En este punto, es oportuno establecer los cánones 953 y 2370 en su totalidad:

Canon 953: “La consagración de los obispos está reservada al Romano Pontífice, de tal manera que no se permite a ningún obispo  consagrar como obispo a nadie a menos que primero hubiera tenido la certeza de tener  un mandato del Papa.”

Canon 2370: “Un obispo que consagra a otro obispo, y los obispos que asisten, o los sacerdotes que asisten a los obispos,  al consagrante y al obispo recién consagrado,  que hayan hecho la consagración sin mandato apostólico en violación del Canon 953, están todos suspendidos automáticamente (y excomulgados) hasta que la Sede Apostólica los haya relevado de la pena “.

Y, para que nadie opine que, en estos días de confusión sin esperanza y con prácticamente toda la jerarquía aniquilada (excepto, tal vez, unos 60 obispos romanos católicos clandestinos en China que ignoran la existencia del Concilio Vaticano II y la existencia de los cuatro últimos no papas de Roma), una modificación en las leyes de la Iglesia para rectificar la situación que fuera a la vez, “modificación” admisible y razonable significaría un  “cambio” o una “innovación”; lo cual -durante la vacancia de la Santa Sede, el legislador ha prohibido categóricamente. El Canon 436, el Canon más corto del Código de Derecho Canónico, de manera sucinta y concluyente dice: “nihil innovetur sede vacante.” “Durante la Sede vacante, no se permite ninguna innovación (o cambio)”.

[53] Los sacerdotes que apoyan Thuc y sus obispos se dividen en dos categorías:

[531] Los que han sido ordenados por uno de sus obispos recién consagrados.

Su caso es simple. Ellos han sido ordenados de manera ilegal y sacrílega por un obispo suspendido que fue consagrado ilegalmente por un hereje que también había usurpado la autoridad de la Santa Sede. Por otra parte, negar la necesidad de un mandato papal para consagrar es rechazar la autoridad del papado, lo cual es un acto de cisma. Así, todo sacerdote “descendiente de” Thuc, que afirma que puede funcionar como sacerdote, no es católico.

[532] Los que estaban ordenados en la Iglesia católica, pero han respondido a las exhortaciones de los obispos de Thuc a someterse a su jurisdicción y autoridad. (En los Estados Unidos un obispo Thucista, Obispo Vezelis, reclamó jurisdicción sobre la mitad de los EE.UU. al este del Mississippi, y el otro, el obispo Musey, sobre la mitad oeste del Mississippi, y también sobre  Florida.) Aunque Thuc no haya sido hereje y por lo tanto no católico – lo cual no  es verdad-  un sacerdote sometiéndose  a su organización aún estaría entrando en una secta cismática por dos razones.

En primer lugar, la ley establece claramente que un obispo sólo puede consagrar cuando se ha asegurado de tener  un mandato papal. Darse un mandato que sólo el Papa puede dar es  rechazar la autoridad del Papa o de usurpar la autoridad del papa, los cuales son actos de cisma. En segundo lugar, el Papa y sólo el Papa es, como Dom Guéranger dice, “la fuente de toda jurisdicción espiritual.” (11) A los obispos simplemente no se les permite darse a sí mismos o a  los demás territorios sobre los que puedan tener  jurisdicción episcopal, y nadie está autorizado a someterse a los que lo hacen. Ejercer un dominio que pertenece al papado supone la creación de la propia iglesia, y por tanto, incluso un sacerdote que no ha sido ordenado por uno de los obispos de Thuc entra en cisma en el momento en que se somete a su autoridad, y los fieles no pueden recibir los sacramentos de los cismáticos.

[6] El sacerdote da los sacramentos a  personas que también reciben los sacramentos de sacerdotes que reconocen la autoridad del Arzobispo Ngo Dinh-Thuc. Virtualmente se  aplican los mismos principios que los establecidos en el punto [4], en el que se dice que los sacerdotes que dan sacramentos a personas que en otras ocasiones los recibieron de los  Lefebvristas se considerarían como  tales. En resumen, a un sacerdote no se le permite dar los sacramentos a personas que también participan en servicios religiosos de sectas no católicas, y un católico que recibe los sacramentos de un sacerdote de quién sabe que actúa así, comparte su crimen.

***

Hay una pregunta que, junto con otras cuestiones que se derivan de ella, vale la pena hacer antes de abandonar el tratamiento general de este tema. ¿Qué hay de los sacerdotes que dan los sacramentos a personas que reconocen a Juan Pablo II, o que apoyan a Lefebvre, o que se someten a Thuc, o que los dan indiscriminadamente  sin darse cuenta? Si estos sacerdotes ven a alguien en la Misa por primera vez, por ejemplo, ¿cómo van a impedir el recibir la Sagrada Comunión, si él (o ella) se acerca a la barandilla de la comunión? Los sacerdotes nunca interrogaban a todos los que acudían a misa acerca de sus creencias religiosas antes de darles la comunión, así que ¿por qué deberían hacerlo ahora? Por otra parte, seguramente rechazar a alguien a la Comunión sería poco caritativo, y escandaloso, y probablemente se intimidaría a alguien nuevo que podría haber llegado a la verdad.

En primer lugar,  permitir cometer un sacrilegio sin duda no es caridad. El primer deber de un católico es amar a Dios, y por otra parte,  dar una mayor importancia a los sentimientos -o incluso a lo que él cree que son los mejores intereses- de su vecino- que cumplir con su deber para con Dios es cometer el pecado de respeto humano. La obligación principal de un sacerdote es no permitir que el Cuerpo de Nuestro Señor sea profanado, y los problemas derivados de cualquier sentimiento se deben dejar a Dios para su resolución.(12). El  Canon 731 es claro y definido, y expresamente incluye entre aquellos a los que se prohíben los sacramentos a los que incurren  en error de buena fe.

Y si bien es cierto que en otros tiempos los sacerdotes no preguntaban las creencias de los recién llegados antes de darles la Sagrada Comunión,  en esos días no había razón para hacerlo. Antes del “despegue” del ecumenismo en los últimos tres o cuatro décadas, casi ningún  no-católico quería recibir los sacramentos de un ministro católico – la Iglesia Católica, en general, era aborrecida por “el mundo” – por lo que que había una presunción razonable de que quien quisiera recibir los sacramentos tenía derecho a ellos, y esto era especialmente cierto dado que no había dificultad en determinar si alguien que decía ser católico lo era en realidad.

Hoy en día, por el contrario, cuando se trata de una cuestión del hecho obvio de que la verdad, por muy demostrable que pueda ser, es encontrada por tan pocos, (13) sin duda  la presunción de que cualquier particular recién llegado, tiene derecho a recibir los sacramentos, es por lo menos un asunto de seria duda. Suponer lo contrario sería un pecado contra la prudencia, un pecado, de hecho, de muy considerable temeridad. Por lo tanto es claro el deber de un sacerdote respecto de alguien de quien no sabe nada,  de no darle los sacramentos hasta que, si fuere necesario, se le haya preguntado cuidadosamente sobre sus creencias y sobre  si recibe los sacramentos en  otro lugar, para que se le puedan dar  instrucciones acerca de que se disponga (en lpalabras de Canon 731) a  “reconciliarse con la Iglesia.”

¿Y si el sacerdote no tiene tiempo para hablar con un recién llegado antes de que comience la Misa? Lo que se debe hacer, y entendemos que esto se hace a veces incluso por sacerdotes que son menos escrupulosos sobre obedecer otras leyes de la Iglesia, es, sin duda que el sacerdote mencione, en algún momento conveniente, tal como antes del comienzo de la Misa o antes de la distribución de la Sagrada Comunión, que él desearía que los recién llegados no se acerquen a recibir la Santa Comunión en esta ocasión, dando una breve explicación de la razón, y pidiéndoles  discutir el asunto con él después de la Misa. Un católico que tenga un sincero respeto de la Santísima Eucaristía no se opondrá a ser impedido a acercarse a ella, por el riesgo de profanación, incluso si eso significa que tiene que renunciar a la Santa Comunión en esta ocasión.

(1) Excepto  en condiciones restringidas, o en peligro de muerte, para la recepción del sacramento de la penitencia o, si está inconsciente, el sacramento de la extremaunción.

(2)  Podríamos haber añadido una séptima proposición “que el sacerdote no dice misa exclusivamente según el rito tridentino o uno de los otros ritos aprobados por el Papa San Pío V en la Bula Quo Primum, pero no hay necesidad de hacerlo, ya que cualquiera de estos sacerdotes, sin duda, también será afectado por lo menos por una de las seis proposiciones que hemos expuesto.

(3) Matt. 06:24.

(4) Con frecuencia hay confusión entre “validez” y “licitud” (o legalidad) en relación con los sacramentos. Cuando los sacramentos son inválidos no se han confeccionado en absoluto, y recibir los sacramentos inválidos siempre es ilícito. Sin embargo, también puede ser ilegal (que significa “prohibido por la Iglesia”)  recibir incluso sacramentos válidos, como por ejemplo cuando se administran por  no católicos, de lo cual hemos tratado  aquí. Recibir sacramentos válidos ilícitamente es cometer el pecado mortal de sacrilegio.

(5) El Canon 1258/2 continúa diciendo que la presencia pasiva es tolerada en ciertas circunstancias, siempre que ningún escándalo o peligro de pecado pudieran derivarse de ello.

(6) Pero sólo cuando son conocidos o bajo sentencia eclesiástica. Aunque siempre está prohibido recibir los sacramentos de los cismáticos y herejes, puede ser lícito recibirlos  de sacerdotes pecadores a menos que sean notorios “, ya sea después de haber sido declarado culpable y condenado, o por haber reconocido la culpabilidad en forma legal, o de que sea imposible ocultar la culpa por medio de subterfugios. “(Summa Theologica, parte III, q. 82,. art 9, responder a la objeción de 3)

(7) Dist. 85.

(8) 2 Juan 11.

(9) Véase [4]  más abajo.

(10) No debe decirse  que si se retractó  de sus herejías él  “de forma automática y sin declaración” recupera el cargo de obispo. Los obispos deben ser designados o re-nombrados, y esto sólo lo puede hacer  el Papa reinante, si es que existe. Véase [514].

(11) El año litúrgico de Dom Prosper Guéranger: Fiesta de Nuestra Señora, Auxilio de los Cristianos (24 de mayo).

(12) La principal excepción a la regla de que un sacerdote cometa un sacrilegio en la administración a sabiendas de la Sagrada Eucaristía a  receptores indignos, es cuando su negativa implicaría el riesgo de ruptura, aunque sólo sea implícitamente, del secreto de confesión.

(13) Esto no es debido a las dificultades intelectuales acerca de  cuál sea la verdad. El problema radica en la voluntad. “Porque habrá un tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina.” (2 Tm 4:03) No es que no puedan, es que no quieren.

 

 

 

 

URLhttp://giaodiemonline.com/thuvien/FotoNews/Pope_thuc.htm

Pope John Paul II had been in dealing with Archbishops Thuc and Lefebvre

Principles To Be Applied In Dealing With Priests Purporting To Defend the Catholic Church

[Edited by Rev. François Egregyi]

The footnotes are at the end of this study.

In order to prove that the Faithful are obliged to shun a particular priest and that they may under no circumstances1 receive the sacraments from him, it is sufficient to know:

[1] That the priest acknowledges John Paul II as pope; or

[2] That he supports Archbishop Marcel Lefebvre; or

[3] That, even if he regards the Holy See as vacant and denounces Lefebvre, he gives the sacraments to people who accept John Paul II as pope or to supporters of Lefebvre; or

[4] That he gives the sacraments to people who, even if they denounce John Paul II and Lefebvre, nevertheless receive sacraments from priests who either support them or equivocate about them; or

[5] That he acknowledges the authority of the Vietnamese Archbishop Ngo-Dinh-Thuc; or

[6] That he gives the sacraments to people who also receive the sacraments from priests who acknowledge the authority of Ngo-Dinh-Thuc.

Let us prove, either from definite authority or with irrefutable argument ultimately based on definite authority, that the propositions are correct. Let us look at each in turn.2

[1] The priest acknowledges John Paul II as pope. Of him it need only be said:

[11] A man, priest or layman, who acknowledges a non-Catholic as his religious leader, is necessarily a member of that non-Catholic “church” or sect, and it is impossible for a member of a non-Catholic sect to be a member of the Catholic Church as well. “No man can serve two masters”3, notwithstanding the vast number of people who try.

[12] A man who acknowledges John Paul II as pope therefore puts himself firmly outside the Catholic Church in the following ways:

[121] At the very least through schism, which crime embraces not only a refusal to acknowledge a legitimate pope but also submission to an illegitimate claimant to the papacy.

[122] Through implied heresy, for it is impossible to acknowledge a heretic as pope without either denying by implication the revealed and infallible doctrine that a heretic cannot be pope on the one hand, or denying that his heresies are heresies on the other.

[13] Subject to the exception already referred to in footnote no. 1, a Catholic may in no circumstances receive the sacraments from a non-Catholic priest, even if the sacraments are valid4, and any one who knowlingly does so commits mortal sin. For although the law permits the Faithful “for any just cause” to receive the sacraments from an excommunicated priest (Canon 2261), this permission does not extend to an excommunicated priest who is not a Catholic. This would be active religious participation with non-Catholics – communicatio in sacris cum acatholicis – and is unequivocally forbidden by Canon 1258/1: “It is unlawful for the Faithful in any way actively to be present at or take part in the religious services of non-Catholics.”5 It need hardly be said that there are no circumstances in which one may commit mortal sin, not even to receive the sacraments, indeed particularly where the sacraments are concerned.

[2] The priest supports Archbishop Lefebvre or refuses to denounce him.

[21] A priest who supports Marcel Lefebvre and represents him as being a valiant defender of the Catholic Faith commits as a minimum the following crimes, even if he is not a member of the Society of St. Pius X himself:

[211] He is supporting a man who has publicly subscribed to, and never recanted, clear heresies, such as the contents of the heretical Vatican II Declaration on Ecumenism.

[212] He is supporting a man who publicly acknowledges himself, by virtue of acknowledging John Paul II as his “Holy Father,” to be a member of John Paul II’s “Conciliar Church”.

[213] He is therefore supporting, and putting himself on the same side as, an enemy of Christ.

[214] He is sufficiently condemned already, but he has also, so far as we can see, on this count alone put himself outside the Catholic Church; for if Lefebvre is a member of John Paul II’s church, how can one be in the same church as Lefebvre without also being in the same church as John Paul II?

[22] “But supposing what you say in [214] is wrong,” it may be objected, “why may we not receive the sacraments from such a priest with permission granted by the law under Canon 2261, which permits the Fithful to receive the sacraments ‘for any just cause’ from an excommunicated priest?” One may never expose oneself to danger of perversion from false teachers, nor may one receive the sacraments from a priest who is giving public scandal. Where notorious sinners6 are concerned St. Thomas Aquinas says that, as with heretical and schismatical priests, “though they have the power to consecrate the Eucharist, yet they do not make a proper use of it; on the contrary they sin by using it. But whoever communicates with another who is in sin becomes a sharer in his sin. Hence we read in 2 John 11 that ‘he that saith unto him, God speed you, communicateth with his wicked works.’ Consequently it is not lawful to receive Communion from him or to assist at his Mass.”

Moreover, the priest who supports Lefebvre would quite certainly be prepared to give the sacraments to others who support Lefebvre, including members of the Society of St. Pius X, and this involves another crime of public sacrilege, explained in Nos. [3] and [4] below.

[23] What if the priest gives Lefebvre only qualified support – maintaining, for instance, that Lefebvre is acting with great incompetence in his defence of Catholic truth and tradition, but that at least he was accustomed to spell out the truth in earlier days? By saying that Lefebvre is a Catholic bishop at all, the priest is saying that Lefebvre is a member of the same Church as he is, which is the same as to say that he (the priest) is a member of the same church as Lefebvre is. And since Lefebvre openly and publicly professes that John Paul II is his pope, to be in the same church as Lefebvre is, by an unbreakable link in the chain of the argument, to profess that he is in the same church as John Paul II and thus outside the Catholic Church. True, it is possible to imagine someone saying that he is a member of the same church as John Paul II – indeed in our day it is possible to imagine people saying virtually anything – but such a statement has no more meaning than has an assertion that something is simultaneously black and white, and any member of the Faithful who exposes himself to such a priest is exposing himself to a madman.

Moreover, again as in [23] there is no possibility that such a priest will refuse the sacraments to Lefebvrites, a crime which is explained in Nos. [3] and [4] below.

[24] What if the priest gives no support to Lefebvre but merely refuses to denounce him when it is appropriate that he should do so? A priest, or anyone else, is bound to do what he can to prevent the Faithful under his influence from exposing themselves to heretics and from partaking in sacrilegious sacraments; and his duty to tell the Faithful to shun Lefebvre and his associates is no less grave than his duty to tell them to have nothing to do with the Greek Orthodox Church or the Lutherans. In this case, because Lefebvre holds himself out to be a Catholic bishop, not to oppose him is to give tacit support to him. Nor is this a theory invented by ourselves to lend weight to our case. On the contrary, it is a teaching of the Church. “Not to oppose erroneous doctrine is to approve of it,” wrote Pope Innocent III, “and not to defend true doctrine is to suppress it.”7 It is difficult to think of more disastrously erroneous doctrine than that the See of Peter is validly occupied by John Paul II, who could not unfairly be described as the personification of the very synthesis of the erroneous doctrines pervading our era.

And, once again, if the priest does not denounce Lefebvre, he cannot refuse the sacraments to people who also go to Lefebvre or his associates for the sacraments, which we shall now examine in the next two numbers.

[3] The priest regards the Holy See as vacant and denounces Lefebvre but gives the sacraments to people who regard John Paul II as pope and/or to supporters of Lefebvre.

[31] Members of the “Conciliar Church” are, as shown in [1] and [2] above, non-Catholics. The same applies to members and supporters of Lefebvre’s Society of St. Pius X. Since the Society is part of the “Conciliar Church” so, necessarily, is any member of it.

[32] In their dealings with non-Catholics, Catholic priests are therefore firmly bound by Canon 731, the second, and relevant, sentence of which reads: “It is forbidden to administer the sacraments of the Church to heretics or schismatics, even though they err in good faith and ask for them, unless they have first renounced their errors and been reconciled with the Church.”

[33] The priest who disregards Canon 731 is publicly committing the crime of sacrilege in defiling the Precious Blood of Our Lord, and anyone who receives the sacraments from a priest whom he knows to be doing this shares in his crime and must expect to share his punishment. [See 22] And anyone who thinks that it is not right for a layman to concern himself with such an offense, saying to himself perhaps that the priest is only doing it out of charity and that it is best not to be harsh in these confusing times, is simply demonstrating his ignorance, very prevalent today, of how appalling the sin of sacrilege is. Sins directly against God are vastly worse than sins against our fellow-men.

Perhaps the best thing a person who wishes to go to the Mass of a priest who welcomes all comers at the Communion rail should do, is to ask himself if he would also go to the Mass of a priest who, as part of the proceedings, spat on handfuls of consecrated Hosts and then threw them onto the floor; for the crime in each case is of the same nature.

[4] The priest gives the sacraments to people who, although they themselves denounce John Paul II and Lefebvre, yet also receive the sacraments from priests who support them or equivocate about them. Although the demonstration that such a priest must be shunned is more complicated, it is no less irrefutable, as a careful reading of the following arguments will show:

[41] A priest may not administer the sacraments (apart, of course, from the sacrament of penance to a penitent Catholic) to non-Catholics or to Catholics notoriously leading lives of mortal sin; to do so is to commit sacrilege.

[42] A person who knowlingly and publicly receives the sacraments from non-Catholics publicly and scandalously commits the sacrilegious crime of “communicatio in sacris cum acatholicis.” He also incurs “suspicion of heresy” (Canon 2316).

[43] A priest who administers the sacraments to a person committing the crime set out in [42] above is giving the sacraments to one scandalously and notoriously leading a life of mortal sin, and is thus openly and scandalously committing sacrilege himself. As in [33] above, one who receives the sacraments from such a priest “communicateth with his wicked works.”8

[5] The priest acknowledges the authority of the Vietnamese Archbishop Ngo- Dinh-Thuc.

[51] The list of the crimes that Thuc has committed against the Church and against God is a long one, and we shall mention merely some of the more horrifying ones.

[511] At Vatican II he fell into heresy like all the other bishops and cardinals, and automatically forfeited his ecclesiastical offices, including, of course, that of bishop. He even, incidentally, signed the Declaration on Religious Liberty which Lefebvre signed too (in spite of the latter’s ulterior denial). Since he has never retracted his signature to those documents or recanted heresies (even though he has accused others of heresy!) he is still a non-Catholic and an ex-bishop.9

[512] In January 1976 he broke Canon 953, and thus under Canon 237010 would have been suspended from all his offices if he had retained any offices to be suspended from, by consecrating several bishops without an expressly granted papal mandate. (One of the newly consecrated bishops later founded the Palmar de Troya sect, appointing himself “pope” and taking the title of Gregory XVII.)

[513] He continued to acknowledge the jurisdiction of non-Catholic non-pope Paul VI, when the latter “lifted” the suspension which he had incurred (or rather would have incurred) in [512] above.

In 1983 he issued a proclamation correctly declaring that the Holy See was vacant. This did not, however, restore his own office, first because offices do not become restored automatically but must be given back by competent authority, i.e. by the pope; secondly because, not having recanted his heresies, and thus remaining outside the Church, he could not possibly be eligible for any office in the Catholic Church anyway.

[515] At about the same time that he issued the proclamation, he again transgressed against Canon 953 by consecrating bishops, and again would have been suspended under Canon 2370 had there been anything to suspend him from. Under the same canons those whom he consecrated, and all who took part in the consecrations, were also suspended.

[52] At this point it is opportune to set out Canons 953 and 2370 in full:

Canon 953: “The consecration of bishops is reserved to the Roman Pontiff in such manner that no bishop is allowed to consecrate anyone as bishop unless he has first made certain that he has a mandate from the pope.”

Canon 2370: “A bishop who consecrates another bishop, the assisting bishops, or the priests who in place of assisting bishops assist the consecrator and the newly consecrated bishop who receives consecration without apostolic mandate in violation of Canon 953, are all automatically suspended (and excommunicated) until the Apostolic See shall have relieved them from the penalty.”

And, lest anyone opine that, in these days of hopeless confusion and with pratically the entire hierarchy wiped out (except, perhaps, for some 60 Roman Catholic clandestine bishops in China who ignore the existence of Vatican II and the four last non-popes in Rome), some modification in the laws of the Church to rectify the situation is both permissable and sensible, “modification” means “change” or “innovation,” which, during the vacancy of the Holy See, the legislator has emphatically banned. Canon 436, the shortest Canon in the Code of Canon Law, succinctly and conclusively says: “Sede vacante nihil innovetur.” “While the See is vacant, no innovation (or change) is permitted.”

[53] The priests who support Thuc and his bishops fall into two categories:

[531] Those who have been ordained by one of his newly consecrated bishops. Their case is simple. They have been ordained illegally and sacrilegiously by a suspended bishop who was illegally consecrated by a heretic who has also usurped the authority of the Holy See. Moreover, to deny the need of a papal mandate to consecrate is to reject the authority of the papacy, which is an act of schism. Thus no priest “descended from” Thuc who claims that he can function as a priest can be a Catholic.

[532] Those who were ordained in the Catholic Church but have responded to the exhortations of Thuc’s bishops to submit to their jurisdiction and authority. (In the United States one Thuc-ite bishop, Bishop Vezelis, claimed jurisdiction over the half of the U.S. east of the Mississippi; the other, Bishop Musey, over the half west of the Mississippi and also over Florida.) Even if Thuc were not a heretic and thus a non-Catholic – which he is – a priest who submitted to his organization would still be entering into a schismatic sect for two reasons.

First, the law clearly states that a bishop may only consecrate when he has made certain that he has a papal mandate. To give oneself a mandate which only the pope can give is either to reject the authority of the pope or to usurp the authority of the pope, both of which are acts of schism. Secondly, the pope and the pope alone, is, as Dom Gueranger puts it, “the source of all spiritual jurisdiction.”11 Bishops are simply not allowed to give themselves and others territories over which they have episcopal jurisdiction, and no one is allowed to submit himself to those who do. To usurp authority which belongs to the papacy is to set up one’s own church; and therefore even a priest who has not been ordained by one of Thuc’s bishops goes into schism the moment he submits to his authority; and the Faithful may not receive the sacraments from schismatics.

[6] The priest gives the sacraments to people who also receive the sacraments from priests who acknowledge the authority of Archbishop Ngo-Dinh-Thuc.Virtually the same principles apply as those set out in [4], in which priests who gave the sacraments to people who at other times received them from Lefebvrites were considered. In summary, a priest is not allowed to give the sacraments to people who also take part in the religious services of non-Catholic sects; and for a Catholic to receive the sacraments from a priest who knowingly does this is to share his crime.

* * *

One question, together with other questions which flow from it, is worth asking before leaving the general treatment of this subject. What of the priests who give the sacraments to people who acknowledge John Paul II, or who support Lefebvre, or who submit to Thuc, or who are undiscriminating about from whom they receive the sacraments, without realizing it? If such priests see someone at Mass for the first time, for instance, how can they prevent him (or her) from receiving Holy Communion if he (or she) comes up to the Communion rail? Priests never used to cross-question all who came to Mass about their religious beliefs before giving them Communion, so why should they do so now? Moreover, surely to refuse someone Communion would be uncharitable, and scandalous, and could be likely to put off someone new who might otherwise have come to the truth.

First, to commit sacrilege is most certainly not charitable. A Catholic’s first duty is to love God; and to give greater weight to the feelings, or even what he believes to be the best interests, of his neighbour than to his duty to God is to commit the sin of human respect. A priest’s primary obligation in the matter is not to allow the Body of Our Lord to be desecrated, and the problems arising from any feelings that might be bruised in the process must be left to God to solve12. Canon 731 is clear and definite; and expressly included among those whom it bans from the sacraments are those who err in good faith.

And while it is true that in former times priests did not inquire into the beliefs of newcomers before giving them Holy Communion, there was in those days no reason why they should. Before the “take-off” of ecumenism during the last three or four decades, scarcely any non-Catholics would have wanted to receive the sacraments from a Catholic minister – the Catholic Church, generally speaking, was abhorred by “the world” – so that a reasonable working presumption was that anyone who wanted the sacraments must be entitled to them; and this was especially true given that there was not the difficulty in assessing whether someone who claimed to be Catholic was a Catholic that there is today.

Today, by contrast, where it is a matter of obvious fact that the truth, however demonstrable it may be, is seen by so few,13 it must certainly be a working presumption that whether or not any particular newcomer is entitled to receive the sacraments is at least a matter of serious doubt. To assume otherwise would be a sin against prudence, a sin of very considerable rashness indeed. Therefore a priest’s clear duty with someone whom he does not know is not to give him the sacraments until, if necessary, he has carefully questioned him as to his beliefs and as to from where else he receives the sacraments, and until he has instructed him and arranged for him to be (in the words of Canon 731) “reconciled with the Church.”

What if the priest does not have time to talk to a newcomer before Mass starts? The correct thing to do, and we understand that this is sometimes done even by priests who are less scrupulous about obeying other laws of the Church, is surely for the priest to mention, at some convenient point such as before the beginning of Mass or before the distribution of Holy Communion, that he would be grateful if newcomers did not come up to receive Holy Communion on this occasion; to give a brief outline of the reason; and to ask them to discuss the matter with him after Mass. No Catholic who has a sincere respect for the love of the Blessed Eucharist will object to its being protected from the risk of desecration in this way, even if it means that he must forgo Holy Communion on this occasion.

(1) Except, under restricted conditions, in danger of death, for the reception of the sacrament of penance or, if unconscious, the sacrament of extreme unction.

(2) We could have added a seventh proposition “that the priest does not say Mass exclusively according to the Tridentine Rite or one of the other rites approved by Pope St. Pius V’s Bull Quo Primum; but there is no need to do so, since any such priest would certainly also be covered by at least one of the six propositions we have set out.

(3) Matt. 6:24.

(4) There is frequently confusion between “validity” and “liceity” (or legality) in connection with the sacraments. When sacraments are invalid they have not been confected at all, and to receive invalid sacraments is always illicit. However, it can also be illicit (which means “forbidden by the Church”) to receive even valid sacraments, as for instance when they are administered by non-Catholics as is being discussed here. To receive valid sacraments illicitly is to commit the mortal sin of sacrilege.

(5) Canon 1258/2 goes on to say that passive presence is tolerated in certain circumstances provided that no scandal or danger of perversion would arise from it.

(6) But only when they are notorious or under ecclesiastical sentence. Although it is always forbidden to receive the sacraments from schismatics and heretics, it can be lawful to receive them from sinful priests unless they are notorious “either from being convicted and sentenced, or from having acknowledged the guilt in legal form, or from it being impossible to conceal the guilt by subterfuge.” (Summa Theologica, part III, q. 82, art. 9, reply to objection 3)

(7)Dist. 85.

(8) 2 John 11.

(9) See [4] below.

(10) This is not to imply that if he did retract his heresies he would “automatically and without declaration” regain the office of bishop. Bishops must be appointed or re-appointed, and this can only be done by the reigning pope if there is one. See [514].

(11) The Liturgical Year by Dom Prosper Gueranger: Feast of Our Lady, Help of Christians (May 24).

(12) The main exception to the rule that a priest may not commit sacrilege in knowingly administering the Blessed Eucharist to unworthy recipients is when to refuse it would involve any risk of breaking, even by implication, the seal of the confessional.

(13) This is not because of intellectual difficulties in working out what the truth is. The problem lies in the will. “For there shall be a time when they will not endure sound doctrine.” (2 Tm 4:3) It is not that they can’t, but that they won’t.

 

 

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